miércoles, 10 de abril de 2024

Claroscuro veneciano

 

 

Ángel Crespo
Diario veneciano 1980-1983
Edición de Ignacio García Crespo y Jordi Doce
Fórcola. Madrid, 2024.

Cuarenta años después, se publican las páginas venecianas del diario de Ángel Crespo, un diario que quedó inédito a su muerte y del que, en 1999, apareció la primera parte, correspondiente a los años 1971-1979. Las que ahora se dan a conocer se escribieron entre 1980 y 1983, aunque la mayoría son de 1982.

La edición, a cargo de Ignacio García Crespo y Jordi Doce, es ejemplar, con todos los complementos necesarios, incluida la traducción de las citas, y sin ninguna erudición superflua. En la cubierta, aparece una fotografía del autor, ante el café Florian, acompañado de Pilar Gómez Bedate, autora también del epílogo y de la idea de publicar este volumen exento.

            Pilar Gómez Bedate fue algo más que la compañera del poeta durante la mayor parte de su vida. Intelectualmente no valía menos que él, pero quiso ponerse a su sombra en vida de Ángel Crespo y tras su muerte, organizando homenajes, jornadas de estudio y dando a conocer los abundantes inéditos. En este diario veneciano, es presencia casi constante. Cuando se ausenta unos pocos días, encontramos esta anotación: “No solo me aburro sin Pilar, sino que, a ratos, me siento inseguro sin ella, expuesto a no sé qué peligros, mientras que estando con ella me siento seguro porque estoy protegiéndola”.

            Ángel Crespo tenía una vida hecha en España cuando, en 1967, decidió dejarlo todo y marcharse a Puerto Rico. Era un poeta conocido, que había participado muy activamente en todas las aventuras literarias de entonces, del postismo a la poesía social. Casado y con un hijo, compatibilizaba su dedicación a la literatura y a la crítica de arte con el trabajo como abogado y en una compañía de seguros.

            Su reconversión en profesor universitario no habría sido posible sin Pilar. Era ella quien tenía la titulación correspondiente para ser profesora universitaria. Él se gradúa en Arte en 1970 y se doctora en 1973. El autoexilio americano siempre se ha presentado como una huida del asfixiante clima del franquismo. Pero fue eso y algo más: en España no existía el divorcio y la convivencia a plena luz con su nueva pareja –que era también la más eficaz colaboradora intelectual-- resultaba imposible.

            Ángel Crespo no se encontraba a gusto en Puerto Rico y aprovechó todas las invitaciones que se le presentaron para viajar a Europa como profesor visitante o a algún congreso. A Venecia, una de sus ciudades favoritas, viajó muchas veces y durante un curso fue profesor en su universidad, Ca’Foscari. Aspiró a quedarse como profesor permanente de acuerdo con una nueva ley que permitía nombrar catedráticos “per chiara fama”, al margen de los procedimientos habituales. Contó para ello con importantes apoyos, pero también con detractores que finalmente se salieron con la suya. De esas intrigas académicas se nos habla abundantemente en unas páginas que algo tienen de esbozada novela de campus. Otra novela familiar queda solo insinuada: se alude a la “absurda madre de mi hijo”, coprotagonista de una escena “digna de un esperpento sobre las hembras conservadoras de la Celtiberia”; le cuentan que su hijo “se ha ido a vivir a Madrid y que no trata a nadie de mi familia desde la salvajada que cometió en la Cuesta del Jaral”; nos indica que su “vieja y reaccionaria familia se va disolviendo lentamente”.

            No se olvida Crespo de anotar todos los elogios que recibe y sus éxitos en las clases y en las lecturas públicas, y no escatima los juicios desfavorables sobre sus coetáneos. Macrì le comenta “que Eugenio de Nora es un mal poeta”, algo con que está de acuerdo; “que el lenguaje de Valente es plano, sin emoción” (no como el del propio Crespo, añade, “en el que vibran a la par el presente y la mejor tradición occidental”); “que el principal responsable del estancamiento de la poesía de posguerra ha sido Vicente Aleixandre”, junto a “la ambigüedad de Gerardo Diego y la cobardía de Dámaso Alonso”. José Hierro resulta particularmente maltratado: su éxito se debería a que proyecta “la imagen tópica del poeta: vago, ignorante, dicharachero, etc.”, a que “sus versos se entienden muy bien y casi todos riman como es debido”. Lo considera un “desastre nacional” y se pregunta: “¿Cuántos años tendrán que pasar –o no pasarán—para que este y otros pequeños mitos caigan en el olvido?”

            Si no se le dan facilidades para incorporarse a la universidad española –lo conseguiría al final de la década de los ochenta--, es debido “a la escasa seriedad de nuestra crítica literaria, la inconsistencia del prestigio de muchos poetas y la relativa falta de preparación de escritores y profesores universitarios”. En el miedo a competir con gente como él se encontraría la causa de esa situación “tan fatal para la cultura española”.

            Subrayo algunos aspectos que Jordi Doce pasa por alto en su, por lo demás, atinado prólogo. Hay otros, que ponen algunas sombras en la figura de Ángel Crespo, polímata y polígrafo, que lo mismo se interesaba por los grandes nombres de la cultura occidental, como Dante, Petrarca o Pessoa, que por los casi invisibles que escribían en lenguas tan minoritarias como el aragonés o el friulano.

            Humano, demasiado humano, se nos muestra Ángel Crespo en estas páginas confidenciales, para bien unas veces, como cuando nos refiere sus descubrimientos gastronómicos, su gusto por la vida. En otras, no sale tan bien parado: considera “abyectos” a quienes siguen, sin entenderla del todo (la mayor parte del planeta), la civilización europea; muestra demasiado a las claras su vanidad herida o los tejemanejes en favor de la propia gloria.

            Pero aparte de estas sombras, que no añaden ni quitan nada a la valía del autor, queda, para goce y disfrute, lo que el diario tiene de libro de viajes, por Venecia principalmente, pero también por otras ciudades de Italia. Y el apéndice, “Plata en la laguna”, que reúne todos sus poemas venecianos: “La ciudad ya no es / sino acuarela de sí misma, / y vamos / como dos pinceladas / que no encontrasen sitio entre la niebla”.



             

martes, 2 de abril de 2024

La verdad y otras dudas

 

 

Pedro Corral
¡Detengan Paracuellos!
Héroes humanitarios en el Madrid de 1936
La Esfera de los Libros. Madrid, 2024.

¿Cuántos años tienen que pasar –pronto hará un siglo-- para que la barbarie de la guerra civil se nos cuente sin sesgos partidistas? La represión fue feroz en ambos bandos, pero según quien la cuente siempre será menos disculpable la infamia de unos que la de otros.

Pedro Corral vuelve a los primeros meses de la guerra en Madrid, los más caóticos, cuando a la sublevación militar se unió una revolución proletaria, con documentación inédita o poco tenida en cuenta. Se centra principalmente en la intervención de la Cruz Roja Internacional para atenuar los daños del conflicto. Toma como protagonista a un olvidado, el doctor Georges Henny, un joven suizo que solo estuvo tres meses en España, pero que participó muy activamente en hechos como la devolución a sus familias de los niños de vacaciones en colonias escolares que quedaron en la otra zona, en el intercambio de rehenes o en la protección de los presos. Georges Henny fue uno de los primeros en enterarse de las matanzas de Paracuellos e hizo todo lo posible por detenerlas. Junto a Henny, Pedro Corral nos habla de otros “héroes humanitarios” –así los denomina en el subtítulo del libro-- que tuvieron un importante papel en el heroico y sanguinario Madrid de entonces, unos bien conocidos, como el anarquista Melchor Rodríguez, el llamado “ángel rojo”, y otros poco tenidos en cuenta, como el abogado ovetense Luis Zubillaga, discípulo del rector Leopoldo Alas, obsesionado –como tantos otros republicanos-- por detener los traslados de presos que acababan en ejecución clandestina.

            En ¡Detengan Paracuellos! hay mucha información novedosa, muchos pequeños detalles exactos y escalofriantes sobre esa barbarie, pero el autor no resulta demasiado convincente en su intento hacer responsable de ella al gobierno republicano y muy especialmente a Largo Caballero, entonces jefe del Gobierno. En el epílogo, contrapone su figura a la del delegado de la Cruz Roja Internacional: “Nadie reconoció nunca al doctor Henny su decisión de vivir peligrosamente en España en el otoño de 1936 para intentar salvar las vidas de indefensas personas desconocidas y atenuar su sufrimiento en el peor de los conflictos bélicos como es una guerra civil. Por el contrario, Francisco Largo Caballero disfruta del homenaje público en forma de gran escultura situada en una avenida principal de la capital española, a pesar de que desoyó en noviembre de 1936, tres días antes de que comenzaran las matanzas el llamamiento de Cruz Roja Internacional para proteger la vida de los prisioneros bajo su responsabilidad como jefe del Gobierno republicano”.

            Sin embargo, el propio Pedro Corral recoge testimonios que van en contra de esa tesis, como un informe del embajador de Chile en el que se lee: “El gobierno no tiene autoridad alguna sobre las masas armadas y, lo que es igualmente anárquico, cada partido entre los ultrarrevolucionarios opera por su cuenta sin hacer el menor caso de las órdenes del Gobierno”. Son numerosas las referencias al respecto: “A mediados de octubre, el Gobierno aprueba nuevas medidas para intentar controlar la violencia desatada contra los considerados desafectos, sobre todo en las horas nocturnas”.

            Una de las justificaciones de la matanza de presos fue la necesidad de acabar con la “quinta columna”. Pedro Corral duda de que Mola le diera nombre –piensa que fue un invento de la Pasionaria-- y niega que existiera antes de los primeros meses de 1937, como si solo entonces los partidarios de los golpistas descubrieron que podían ayudarlos desde dentro. Pero hubo quinta columna, y muy activa, y sus integrantes así lo proclamaron al terminar la guerra para conseguir los honores correspondientes. Participaron en ella también algunos de los diplomáticos que ofrecieron asilo a miles de contrarios al gobierno republicano: “A la labor humanitaria del representante noruego se le suele contraponer, para desacreditarla, sus vinculaciones con la ‘quinta columna’, que él mismo reconoció, al admitir que llegó a advertir a los franquistas de un ataque por las fuerzas gubernamentales al Cerro Garabitas en abril de 1937 a través de una radio clandestina de Falange”.

            Insiste Pedro Corral en culpabilizar a Largo Caballero --más que a Manuel Muñoz Martínez, responsable de la Dirección General de Seguridad, a Santiago Carrillo, delegado de Orden Público en la Junta de Defensa, o a Serrano Poncela, que firmó la mayor parte de las falsas órdenes de traslado o libertad, de los asesinatos de Paracuellos, considerándolo el principal responsable, pero él mismo se desmiente al afirmar que Melchor Rodríguez pone en marcha, “bajo el amparo del Gobierno de Largo Caballero, las medidas a favor de los presos”. Y entre esas medidas, según señala el responsable de la cárcel de Ventas y cita Pedro Corral, estaba el nombramiento de jefes políticos “que eran por su significación sindical y de partido quienes podían oponerse a los desmanes que la chusma intentase realizar en las Prisiones, quedando los directores funcionarios en calidad de técnicos administrativos”.

            No puede evitar Pedro Corral la tentación revisionista de utilizar la represión republicana para atenuar la del otro bando. Se basa para ello en un estudio de Miguel Platón que reduce “a menos de quince mil personas” el número de ejecutados durante la posguerra, con lo que resulta que “las víctimas de la represión en el Madrid republicano en apenas cuatro meses representaron el 76 por ciento de las víctimas de la represión de los vencedores en toda España durante seis años de posguerra”. No vamos a entrar en la fiabilidad de las cifras, pero sí subrayar lo inadecuado de la comparación. ¿Cuántas ejecuciones con o sin formación de causa hubo en la zona en que triunfó la sublevación durante los primeros meses de la guerra civil? ¿Fue mayor o menor el tanto por ciento de asesinados en Granada, donde no había ninguna embajada en que refugiarse, que en Madrid? Esas son las comparaciones que podrían ser de alguna utilidad si se quiere hacer comparaciones sin hacer trampa.

            Afortunadamente, Pedro Corral no insiste demasiado en el sesgo ideológico y nos ofrece, por lo general, un relato bastante fiel de aquel tiempo sombrío y una memorable colección de vidas. En cuanto a la documentación, resulta incomprensible que ignore una de las obras fundamentales para entender ese periodo. Se trata del segundo tomo del diario de Carlos Morla Lynch, España sufre, donde incluso se alude al polémico incidente con el avión en que regresaba a Ginebra el delegado de la Cruz Roja, minuciosamente analizado por Pedro Corral en los últimos capítulos de su libro: “Los periódicos publican que el avión de Air France que volvía a Francia con la valija diplomática de ese país –que, por cierto, llevaba un sobre con cartas mías-- ha sido atacado por los facciosos y se ha venido al suelo. Pero dicen que no hay muertos y eso me parece imposible. Después, en la Embajada, parece cierto que el avión ha sido derribado por los de aquí, en vista de que iba en él el Dr. Henny –jefe de la Cruz Roja Internacional-- que llevaba consigo los detalles y pormenores de los fusilamientos ocurridos en Alcalá de Henares”.



jueves, 28 de marzo de 2024

La educación sentimental

 

Ángeles Mora
Quién anda aquí
(Poesía reunida 1982-2024)
Tusquets. Barcelona, 2024.

El tiempo juega unas veces a favor de las obras literarias y otras en contra. En el caso de Ángeles Mora, ha jugado a favor. Sus primeros libros, publicados en los años ochenta, apenas si fueron tenidos en cuenta en la algarada polémica que causó el grupo granadino de “la otra sentimentalidad”, capitaneado en un principio por Álvaro Salvador y muy pronto por Luis García Montero, que fue quien se alzó con el santo y la limosna de las revueltas poéticas de entonces. El mentor intelectual del grupo era Juan Carlos Rodríguez, catedrático y teórico marxista de literatura que hizo hincapié en la historicidad, no solo de la poesía, sino muy especialmente de los sentimientos, considerados eternos, que suelen expresarse en ella.

            La importancia de Juan Carlos Rodríguez en Ángeles Mora fue algo más que intelectual. A él se le dedica “Un largo adiós”, la sección final de Soñar con bicicletas, su último libro, y es el protagonista, explícito o implícito, de buena parte de su poesía, fundamentalmente amorosa.

            En los ochenta, Ángeles Mora parecía una poeta menor, con las características atribuidas tradicionalmente a la poesía femenina: sentimentalismo, delicadeza, arte menor. “Fue entonces / cuando te posaste llorando / en la mejilla-rosa del parque”, leemos en los versos finales de su primer libro, Pensando que el camino iba derecho. Pero ya desde sus comienzos, lo que parecía convencional confesionalismo, iba acompañado de un rasgo culturalista –la abundancia de citas explícitas e implícitas-- que la emparentaba con la renovación novísima. Esas referencias procedían tanto de la llamada alta cultura como de la cultura popular. Si el libro inicial tomaba su título de un verso de Garcilaso, el segundo lo hacía de una zarzuela: La canción del olvido. Y a las referencias literarias y musicales se añaden las cinematográficas, que le ayudan –según ha declarado en reciente entrevista-- “a decir más con menos y a crear un clima emocional, una complicidad con el lector”.

En el poema “Casa de citas” se ha referido Ángeles Mora a esa costumbre suya de apoyarse en textos previos: “Durante algunos años / padecí ‘mal de citas’. / Mis poemas / iban acompañados de ilustres firmas (casi siempre varones: / ellos son más famosos / y saben fatigar las librerías)”. Poco a poco fueron apareciendo también escritoras (Emily Dickinson es una presencia constante) y desaparecieron las dudas sobre si esos apoyos obedecían a “complejos de mujer”. Eran solo un intento “de no borrar las huellas”.

            El tiempo ha jugado a favor de Ángeles Mora y ya no tiene que pedir disculpas, como parecía antes, por escribir como mujer. Todo lo contrario, ese es hoy uno de sus principales atractivos. Consciente de ello, acentúa el carácter reivindicativo de sus versos. Lo hace a veces con sutileza, como en “Vivir en tercera persona”, y otras con mayor explicitud, como en “La soledad del ama de casa” o en los versos de “Noche y día”: “Nunca quise hacer ganchillo, / prefería leer el periódico / o escribir garabatos a la luz de la lámpara. / Los hombres no barrían la casa, / mis hermanos entraban poco en la cocina”. Resulta preferible la primera opción.

            Ángeles Mora es poeta del amor y de la memoria más que de la reivindicación feminista o política. Para ella “el poema no es un juego, / no es un jeroglífico”, pero tampoco un directo desahogo del corazón: “hay que darle la vuelta / a las palabras, saber / que viven entrelíneas, / que se muerden la lengua”. Por eso titula “Ficciones para una autobiografía” su libro más memorialístico. La verdad notarial no es siempre, en literatura casi nunca, la verdad más verdadera.

            Quien anda aquí reúne más de cuarenta años de dedicación poética. A pesar de un progresivo enriquecimiento formal y temático, sorprende la coherencia: el volumen se puede abrir por cualquier página y muy pronto nos seduce su música, su dolorido sentir, la sabiduría con que va entrelazando con los propios versos ajenos o tomándolos como punto de partida, sea en la cita preliminar o en el título: “Todo más claro”, “Sombra del paraíso”, “Huésped eterno del abril florido”, “El tercer hombre”.

            Hay en sus versos música de tango (“Un tango arrastra / mi corazón / amor / sin mirar si hace daño”) o de bolero: “Comentaste / (no es reproche, es elogio, / me advertías) / que aquellos versos míos / arrastraban un aire de bolero”.

            También hay onirismo, compromiso (“Imágenes para una exposición”), atmósferas cinematográficas (“El tren de la noche o El desino se divierte”), estampas de posguerra y una invitación a vivir con plenitud el instante que pasa y que no vuelve. Entre tantos adioses y lúcidas melancolías, destaca un poema como “El rincón del gourmet”, tan próximo a las odas elementales nerudianas: “Una pizca de sal. / un poco de vinagre / balsámico, / un toque alegre / de pimienta. / El tacto / cuenta y el color / anima. / Basta un guiño / agridulce, / una roja / granada / desgranándose / sobre el verde / lecho de la vida. / No olvides / el dorado aceite / que todo lo liga y despierta / las buenas sensaciones, / oscuras, / luminosas. / Apaga la ventana, / amor, / cierra la luz, / abre la boca”.



             

martes, 19 de marzo de 2024

Baile y revolución

 

 

Janet Riesenfeld
Bailarina en Madrid
Edición de Amparo Martínez Herranz
Traducción de Aurora Rice.
Espuela de Plata / Prensas de la Universidad de Zaragoza. Sevilla, 2024.

Con un “Prólogo de obligada lectura” –así se titula-- comienza Janet Riesenfeld su libro Bailarina en Madrid, publicado en 1938 y ahora por primera vez reeditado y traducido al español. Preceden a ese prólogo tres ensayos de Julián Casanova, Agustín Sánchez Vidal y Amparo Martínez Herranz que a pesar de su interés constituyen, como las palabras preliminares de la autora, otros tantos escollos antes de adentrarnos en una historia verdadera que no ha perdido nada de la gracia ni de la frescura con que fue escrita. Conviene empezar a leer por la página 77, con el relato de cómo pierde, por pocos minutos, el último tren de París para Madrid. Es la mañana del 19 de julio de 1936. Comienza así su odisea para llegar a la capital de España, donde está contratada por una compañía de baile flamenco y la espera su prometido.

            Janet Riesenfeld tenía veintidós años cuando empieza su aventura española. Nacida en Nueva York, hija de una ilustre familia de músicos, a esa edad ya había tenido tiempo de viajar por Europa, aprender cuatro idiomas, ejercitarse en el baile, enamorarse apasionadamente de un joven español que había ido a Hollywood a probar fortuna en el cine, de olvidarse de él, de casarse con otro, de reencontrarlo en México y volverse a enamorar, de iniciar los trámites de divorcio. La razón de su viaje a España en ese año que pronto pasaría a la historia es doble: por un lado, ha sido contratada por Miguel Albaicín para bailar en su compañía; por otro, pretende casarse con su primer amor, Jaime Castanys, que ahora, abandonadas las ambiciones como actor, se ha convertido en empresario.

            El tren la deja en Hendaya y allí fallan todos sus intentos de cruzar la frontera, aunque en uno de ellos logra pisar tierra española en Vera del Bidasoa: “Para llegar había que subir una montaña, en cuya cima se encontraba el primer puesto fronterizo de la zona. Aquí, en la mismísima cumbre, había una taberna con un balcón desde donde se contemplaba la belleza sombría y primitiva de los valles vascos”. Los aburridos guardias, que estaban allí como olvidados del mundo, los permitieron pasar, pero en Vera la recepción fue muy distinta: “Dos guardias jugueteando con sus pistolas nos dejaron bien clarito que teníamos que marcharnos y deprisa”. Al volver a la taberna fronteriza, comprueban que no son los únicos que abandonan España: “Mientras bebíamos sidra helada, nos sorprendió el sonido de un coche que subía la cuesta a toda velocidad. Debía de ser conocido o esperado, porque en seguida salieron todos a ponerse junto a la carretera, puño en alto, gritando emocionados”. Se trataba de Pío Baroja, a quien la autora define como “el gran autor radical español”.

            Bailarina en Madrid pretende ser un alegato en favor de la República, que todavía no había sido derrotada cuando el libro se publica, pero eso es lo que menos importa al lector actual. Resulta fácil encontrar algunas ingenuidades en la descripción de la situación política de entonces. Al llegar a Barcelona, le pregunta a uno de los jóvenes que la han traído desde Portbou si no querría quedarse unos días para conocer la ciudad. Dijo que no, que llevaba dos meses casado y quería regresar pronto. “¿Su mujer es española?”, “Oh, no, señorita. Prefiero casarme con una de cualquier nacionalidad antes que española”, “¿Pues qué nacionalidad tiene?”, “Es catalana”. Pero la guerra, según la joven bailarina, había acabado con esas diferencias y todos los pueblos de España habían olvidado sus diferencias para luchar contra el fascismo, del mismo modo que todos los partidos demócratas –de la FAI al Partido Socialista-- “unieron sus manos en un objetivo común y un frente único”. 

            Al simplismo del análisis político, se contrapone la fidelidad con que nos refleja el ambiente de los primeros meses de la guerra, primero en Barcelona, luego en Madrid, que por un tiempo sigue siendo “la ciudad alegre y confiada”, para decirlo con el título de Benavente. Son los días en que la revolución, con su caótica mezcla de heroísmo y barbarie, se adueña de las calles, cuando incluso los republicanos moderados sienten que sus vidas están en peligro y abandonan el país. Janet, que para entrar en España ha tenido que hacerse pasar por corresponsal de guerra, tarda en percatarse del riesgo. Sus amigos son destacados militantes republicanos mientras que su novio, aunque ella tarda en enterarse, es un activo integrante de la quinta columna. Y la familia de Miguel Albaicín, cuya madre es famosa por haber sido modelo de Zuloaga y aparecer en los billetes, la adopta como una más. Su fascinación por el mundo gitano es semejante a la de los viajeros románticos.

            Terminado el relato, es el momento de completar la lectura con los ensayos preliminares. “Madrid 1936”, de Julián Casanova, sintetiza muy bien como fueron los primeros meses de la guerra en la capital de España, cuando las distintas milicias camparon sin control, los meses de los paseos y de los asesinatos de Paracuellos, pero también los de los bombardeos indiscriminados y el heroísmo revolucionario, que impidió a los sublevados tomar la ciudad a pesar de que contaban, dentro de ella, con buen número de simpatizantes, la llamada quinta columna. Agustín Sánchez Vidal, en “Locuras españolas”, nos habla de la fascinación por lo hispano que caracteriza a los Estados Unidos de principios de siglo XX y que explica tanto la fundación de la Hispanic Society como el que una adolescente neoyorquina se convirtiera en una bailarina flamenca. Amparo Martínez Herranz nos cuenta la continuación de la fascinante novela que fue la vida de Janet en los muchos años que le quedaban por vivir (nacida en 1914, no moriría hasta 1998). Trabajó en México como actriz y bailarina, pero su verdadero camino lo encontró como guionista de cine. Se casó con Luis Alcoriza, actor, guionista, director, y colaboró con Buñuel y García Márquez. Ella se dedicó a los trabajos más alimenticios mientras permitía brillar a su marido en producciones cinematográficas más arriesgadas. Lo común en las mujeres de su tiempo.

            Este libro la rescata como una figura excepcional, tan seductora para los lectores de hoy como lo fue en el Madrid todavía esperanzado de los primeros meses de la guerra civil.

jueves, 14 de marzo de 2024

La escritura del tiempo

 

Ana María Moix
Conversaciones en el tiempo
Amarillo Editora. Madrid, 2024.

El tiempo, gran escultor titula Marguerite Yourcenar uno de sus libros. También podríamos decir “gran escritor”, un escritor que nunca se cansa de dar nuevos retoques a las obras literarias. Por eso, muy acertadamente, se ha titulado Conversaciones en el tiempo la recopilación –aumentada-- de Veinticuatro por veinticuatro, la recopilación de entrevistas que Ana María Moix publicó en 1973. Entonces constituían el mejor reflejo de aquella Barcelona del final del franquismo que se había convertido en capital modernidad. Eran los años del boom, de la irrupción novísima, del combate contra el acartonado realismo de posguerra o la literatura de “la berza” (ese calificativo despectivo se emplea varias veces, en especial contra Alfonso Grosso).

            Parafraseando a Stefan Zweig (y a Fernando Vela), estas entrevistas llevaban el título de “Un día en la vida de…” y pretendían seguir a un personaje conocido durante veinticuatro horas. No solo figuran escritores, pero los escritores son mayoría. Hay un maestro, Josep María Castellet (inicia el libro una humorística crónica social cuando se le concede un lucrativo premio de ensayo), y un empresario, Oriol Regàs (creador de Bocaccio, el lugar de encuentro de la que se llamó la gauche divine), que fue algo más que un empresario, el ideólogo de una nueva manera de entender el ocio y la cultura.

            Pero el tiempo --ha pasado más de medio siglo desde que fueron escritas-- le ha dado un nuevo sentido a estas crónicas que no desdeñan el humor naíf ni cierta frivolidad. En una de ellas, acompaña la autora a José Donoso, a su mujer y a su hija hasta la casa que se está construyendo en Calaceite. A medio camino, la niña “coge el volante con sus pequeñitas manos y casi termina ahí este reportaje. Frenazos. Insultos del conductor que venía de frente y que por lo visto es de la opinión de que los niños de tres años no deben conducir por la carretera”. Más adelante, otra anécdota sorprendente: “La niña, que se quedó jugando en el pueblo, ha desaparecido. Los Donoso no se inquietan. Ya la traerán”. Esa niña, a la que permiten cualquier peligroso capricho y que no les inquieta se pierde, es Pilar Donoso, que se suicidó a los cuarenta y cuatro años después de publicar un único libro, Correr el tupido velo, donde desvelaba toda la turbiedad de una vida familiar que desde fuera parecía idílica.

            Ana María Matute, en 1971, nos habla largamente de un libro que está a punto de terminar y que considera su obra maestra, Olvidado rey Gudú. Ni ella ni los lectores de entonces podían suponer que no aparecería hasta 1996 porque antes tendría ella que atravesar un largo tiempo fuera del tiempo.

            Jaime Gil de Biedma y Ángel González son los únicos autores que se salvan de la crítica feroz a la poesía social por parte de los nuevos poetas, según Ana María Moix. Gil de Biedma no parece tener, en cambio, muy buena opinión de los novísimos, a pesar de que la entrevistadora fuera uno de ellos: “La antología está presentada como un intento de renovación, y la verdad, es una continuación lamentable. No rompe con nada anterior, la poesía de los novísimos sigue siendo tan provinciana como antes”. Cuenta “con humor y teatralidad” divertidas anécdotas de su vida en Filipinas. Hoy, después de leer el diario póstumo, esas anécdotas no nos parece que fueran tan divertidas.

            De la entrevista con Ángel González, nos sorprende su repetida alusión “al cura que lleva dentro”, a su mala conciencia tras una noche de juerga. No falta algún dato autobiográfico al que luego evitaría referirse, En Barcelona, “vivía de mala manera, pero muy feliz, hasta que me enamoré de una chica que vivía en Madrid y la seguí y allí me quedé hasta que me marché a América”.

            La bulimia era una enfermedad que aún no se había inventado y Monserrat Caballé no tiene inconveniente en declarar que, tras los ensayos, siente “un apetito atroz”: “Como y revivo. ¿Cómo voy a privarme de una buena comida?”

            A veces la editora, Ester Vallejo, se siente obligada a hacer algunas aclaraciones en nota. “Cuando a una familia pobre le salía un hijo subnormal, lo ponía a vender cupones en una esquina”, afirma el pintor Joan Ponç, y Ester Vallejo trata de justificar tales palabras indicando que “ese término que hoy nos resulta tan fuera de lugar es el que se empleaba de forma habitual en los años setenta”. No anota, en cambio, la curiosa observación de que Rosa Chacel “habla en perfecto castellano, a pesar de haber vivido tantos años en Sudamérica”. Parece que todavía en 1970, como en tiempos de Clarín, se pensaba que los españoles eran los dueños de un idioma que en América se habría corrompido.

            A Max Aub le entrevista el 1 de julio de 1972. Su obra es extensísima, nos dice, y “si continúa con la vitalidad que demuestra tener hoy, a los setenta años, será interminable”. Antes de acabar ese mes, moría el escritor. Con melancolía y una sonrisa leemos las que quizá fueran sus últimas palabras: “Hoy a la gente le gusta demasiado el fútbol, la televisión, ya no hay tertulias, no se toma café. Sí, sí, tomar café, hacer tertulia, hablar. Hoy solo hay diversión, drugstores. ¿Quién lee hoy los poemas de los demás? Hoy la gente baila, bebe, mira la televisión: no hay tiempo para escribir. Cuesta menos esfuerzo vivir, todo es más fácil, muchas distracciones. Con tantas cosas, ¡quién se sienta a trabajar durante horas y horas, meses y meses, en un libro? Pocos, muy pocos. Con tanta televisión y tanto fútbol, bailes, etc., ¿quién se sienta luego a leerlos?, menos, todavía menos”. O sea, les diríamos a los agoreros de hoy, que no hacía falta que se inventaran las redes sociales para la “decadencia” de la cultura.

           

           

           

 

 

jueves, 7 de marzo de 2024

Misterio sin resolver

 

Roger Chartier
Libro, lectura y cultura escrita
Trama Editorial. Madrid, 2024.

Roger Chartier, leemos en la solapa de este volumen, es profesor emérito en el Collège de France y director de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales, además de uno los más reconocidos historiadores del libro, la lectura y la cultura escrita. En el prólogo se nos presenta como “uno de los principales representantes de la Escuela de los Annales” y como “un viajero consumado, un académico que imparte cursos y conferencias en universidades de diversos continentes”, uno de los más cualificados representantes de la “cultura historiográfica francesa”, que demuestra además “un interés voraz por las historiografías de otros países, por las novedades editoriales que aparecen por aquí y por allá, estando al tanto de lo que otros hacen”. No solo un erudito, también un sabio.

            Pero comenzamos a leer Libro, lectura y cultura escrita y apenas si nos encontramos con un capítulo que no contenga una inexactitud o un disparate. En el titulado “Biblioteca”, se la define así: “Tradicionalmente, la biblioteca es una colección de libros y otros textos escritos o impresos que el lector lee en el mismo sitio”, Eso cambiaría con la aparición de la edición digital. Pero cambió mucho antes, con el servicio de préstamo. Del recinto de la biblioteca, solo no pueden salir aquellos libros de especial valor.

Sigamos leyendo: al ser los libros accesibles de forma digital, “la biblioteca podía reutilizar sus espacios, liberándose de sus colecciones, y ya algunas bibliotecas han transferido sus colecciones impresas a almacenes fuera de sus edificios. Evidentemente, se puede pedir un libro, pero ya no está más en la colección dentro de la biblioteca”. Pero toda gran biblioteca, cuyos fondos se amplían continuamente, ha de recurrir a depósitos fuera del edificio primitivo, sin que ello tenga que ver con la edición digital. ¿Puede ignorar eso uno de los más ilustres estudiosos del libro?

Trata luego de explicar “a las instituciones, a los poderes, a los lectores, a los estudiantes” por qué es necesario leer en la biblioteca. Y lo hace señalando que “un texto no es solamente un contenido semántico, sino que siempre fue encarnado, ha recibido un cuerpo”. Traduzco esa obviedad: que una obra literaria la leemos siempre en una determinada edición y que la edición en que la leamos condiciona de alguna manera su contenido. Cierto, ¿pero importa algo que leamos el libro en casa o en la biblioteca?

            No distingue Chartier entre los diversos tipos de bibliotecas –particulares, municipales, provinciales, nacionales, universitarias-- y por eso las defiende como “espacios de sociabilidad, gracias a la lectura de sus obras por los autores, gracias a las conversaciones y debates después de la presentación de un libro”. Se opondría así la lectura en la biblioteca a la “comunicación desmaterializada y ‘descorporalizada’ del mundo digital”. Confunde una biblioteca pública con un centro cultural (pueden coincidir en algún caso) o una librería. Y no solo eso: piensa que los autores que publican sus libros en edición digital, los poetas que difunden sus versos en las redes sociales no pueden leer sus obras en público y charlar con los lectores.

            En el capítulo dedicado a Borges, nos encontramos con una más que peculiar defensa de la “forma material de la obra” frente a su “desmaterialización”, o dicho más correctamente, de la edición impresa frente a la edición digital. Resulta que el más famoso pasaje del Hamlet, no se lee de la misma manera en la edición de 1603 (“To be, or not to be, I there’s the point”) que en la de 1604 (“To be, or not to be, that is the question”), lo que hace que la lógica del monólogo sea “profundamente diferente”. Esas diferencias se borran cuando la obra se “desmaterializa” en la edición digital. Pero también desaparecen en cualquier edición impresa, ya que la forma que adopta como definitiva es la segunda. Solo si se trata de una edición anotada podemos ser consciente de esa versión anterior y resulta que las notas pueden aparecer igual en una edición impresa que digital (incluso puede ser la misma edición escaneada página a página). ¿Acaso cree Chartier que los lectores, cuando leen Hamlet, van a una biblioteca y piden la edición de 1603 y luego la de 1604 para comparar?

            Apenas hay capítulo que no contenga una imprecisión o un disparate, repito. En el titulado “Traducción”, se nos dice que la traducción fue “la primera forma de profesionalización de la escritura”. Durante siglos, los traductores cobraban por su trabajo, pero los autores no. Los autores recibirían ejemplares de su libro, no dinero, ejemplares que podían dedicar a cambio de protección. Confunde Chartier la dedicatoria impresa a un mecenas con las dedicatorias manuscritas de los autores en los libros que reciben del editor. Y aunque para considerar la traducción como la primera profesionalización de la escritura se basa en el Quijote, ignora que Cervantes –como hacían los autores de su tiempo-- vendió el privilegio de editar su obra (parece que por 1400 maravedíes) y que obtuvo un diez por ciento de los beneficios, más o menos lo mismo que un autor actual.

            Libro, lectura y cultura escrita lleva el subtítulo de “Breve diccionario oral”. Invitado por una universidad de Chile, a Roger Chartier se le pidió un libro y él ofreció resumir sus saberes de manera verbal y en forma de diccionario. Los encargados de recoger y transcribir sus palabras fueron Pedro Araya y Yanko González, antropólogos. ¿Explica ese carácter improvisado los desatinos del breve volumen? No debería. Las diversas entrevistas que están en su origen fueron cuidadosamente revisadas y editadas, según se nos explica en el minucioso prólogo. La razón de tales continuos desajustes con la realidad en un universitario del prestigio de Roger Chartier –sus publicaciones están traducidas a muy diversos idiomas, también al español-- constituyen un misterio que yo no soy capaz de resolver.



martes, 27 de febrero de 2024

El misterio de lo cotidiano


Lola Mascarell
Préstame tu voz
Tusquets. Barcelona, 2024.

La poesía contemporánea adopta muchas formas, a menudo incompatibles. Quienes gustan de una de ellas suelen desdeñar, o aborrecer, las otras. Lola Mascarell opta por una poesía de la cotidianidad, escrita en un lenguaje aparentemente directo y sin enigmas por resolver. La cita inicial, de la exitosa Irene Vallejo, e incluso la viñeta de la cubierta (la silueta de una madre que juega con su hijo), ya nos indican que no busca al lector especializado que desdeña “el sentimentalismo primario”, tan denostado por poetas como Guillermo Carnero.

            “Normalidad”, “Lo pequeño”, “Un día cualquiera” son los títulos, bien significativos, de algunos de los poemas. Pero, como todos sabemos, no hay mayor misterio que el de la normalidad, el de un día cualquiera en que aparentemente no pasa nada, salvo el tiempo.

            La línea clara en la que se incluye Lola Mascarell tiene como referente principal, no a Luis Alberto de Cuenca, el poeta al que suele aplicársele esa etiqueta, más urbano y juguetonamente culturalista, sino a Eloy Sánchez Rosillo, pero no tanto al elegíaco de su primera época, como al de la etapa final, hímnico y celebrativo de lo cotidiano.

            Todas las maneras de entender la poesía tienen sus riesgos, en las que a veces incurren también los nombres mayores, no solo los epígonos. Al vacuo hermetismo de unos, se contrapone la banalidad de otros. Nos dejan fríos ciertos jugueteos de la vanguardia o confusas elucubraciones más o menos metapoéticas, pero también el consabido sonsonete de la tradición; y, por otra parte, la emoción que nos contagian los poetas que escriben con el corazón en la mano no siempre es de buena ley.

             Difícil resulta leer sin conmoverse un poema como “Marcha”, pero la contagiosa emoción proviene más bien de la historia que se nos cuenta: “En los últimos días / mi abuela siempre estaba / queriéndose escapar / y había que cerrar todas las puertas”. Quizá no nos habría conmovido menos si la escuchamos en una conversación. Y digo quizá, porque, basta releerlo, para darse cuenta de la maestría de la autora.

            Pero los mejores poemas de Lola Mascarell son los que no bordean, o incurren, en la falacia patética. “Creación del mundo”, por ejemplo: “Vio que el mundo era bueno y fue poniendo / cada cosa en su sitio: / las huertas ordenadas con sus líneas / de sembrados en fila, / las montañas al fondo, su recorte / con tijera en la mano de algún niño”. Destaca igualmente “Ojalá”, que acierta a trascender la frase hecha con la que comienza: “Sea lo que Dios quiera”.

            En algunos casos, el poema hace explícita su conclusión sapiencial en forma casi aforística. “Recorro con los dedos / el brote de geranio / que plantamos ayer en la maceta” comienza el poema “Amor”. Termina con unos versos que pueden leerse de manera independiente: “Amar es escuchar / que en el otro resuena y se amplifica / lo mejor de uno mismo”.

Algo similar ocurre en “El jardín”: “Escribir poesía / es cuidar un jardín / donde solo germina lo que muere”. Pero a veces, como ocurre en “Atención”, lo que podría ser la síntesis final es el punto de partida. “No se puede explicar la poesía”, leemos en el primer verso.

            La cita inicial, tomada de El infinito en un junco, aclara el título del libro, que es también el del último poema: “En las inscripciones funerarias tempranas, los muertos rogaban al paseante ‘préstame tu voz’ para revivir y anunciar quién yacía en el sepulcro”. El poema final comienza de la cotidiana manera, tan cercana a la prosa, que es habitual en Lola Mascarell: “El murmullo del bar / donde apuro otro quinto de cerveza / me sume en un extraño aturdimiento”. Pero en ese murmullo se entremezclan los vivos y los muertos: “Son las voces de hombres y mujeres / que ya no están aquí, pero que hablan / a través de los vivos con sus juegos, / sus formas de reír o de marcharse”. Una anécdota trivial, tomarse una cerveza en el bar del pueblo, se convierte en algo muy distinto: “Estamos en el bar / esos muertos y yo / y un tubo de neón anula el tiempo”.

            Los “juegos con el tiempo” son propios de esta poesía, como de la de Sánchez Rosillo o Francisco Brines, otro de sus referentes. “Tiempos superpuestos” (de “superposición temporal” habló Carlos Bousoño en su Teoría de la expresión poética) se titula uno de los poemas más significativos del libro: “La luz que cruza ahora la ventana / y llega hasta tu pie / y atraviesa la cuna / y avanza por el suelo del salón / no procede del cielo / que custodia la escena desde atrás: / esa luz que ahora toca / el milagro minúsculo del dedo / meñique de tu pie / procede de mi infancia / y avanza sin retorno / hacia ese lugar / donde yo ya no estoy, / pero te espero”. Aquí, al contrario que en el primero de los Cuatro cuartetos de Eliot, son el tiempo pasado y el tiempo futuro los que se contienen en el momento actual.

            Poesía sin aparente artificio, pero con secreta maestría, la de Lola Mascarell, que no quiere ser renovadora ni reivindicativa, que se conforma con ser verdadera.

miércoles, 21 de febrero de 2024

El rector detective


Luis García Jambrina
El primer caso de Unamuno
Alfaguara. Barcelona, 2024.

Luis García Jambrina, después de convertir a Fernando de Rojas, el autor de La Celestina, en protagonista de una serie de enigmas policiales en la Salamanca del Renacimiento, inicia un nuevo ciclo con Miguel de Unamuno convertido en émulo de Sherlock Holmes.

            Profesor de la Universidad de Salamanca, autor de numerosas publicaciones académicas, director de la revista Cuadernos de la Cátedra Miguel de Unamuno, García Jambrina es un buen conocedor del escritor que convierte en protagonista de un relato de ficción y de la ciudad que sirve de escenario.

Aunque en la primera línea del capítulo inicial, nos encontramos con un implícito homenaje a La Regenta (“La levítica ciudad dormía el sueño de los justos”), no hay ningún exceso de pedantesca erudición en el texto. A Unamuno le sentimos revivir en estas páginas que tienen el acierto de comenzar con una polémica real, la que en 1905 le enfrentó con Ramiro de Maeztu cuando los habitantes de un pueblo salmantino expresaron su deseo de emigrar colectivamente a Argentina. El descontento de los campesinos con la expropiación y venta de los bienes comunales, la crisis de la España rural, que viene de lejos está muy bien recogido en estas páginas. Y el crimen que resolverá Unamuno, inspirado en otro que tuvo lugar en un pueblo cercano, Matilla de los Caños, resulta adecuadamente intrigante.

            Un acierto el personaje de la anarquista catalana, vagamente inspirada en la protagonista del libro de Unamuno que lleva su mismo nombre, Teresa, quizá el menos valorado de los suyos, rimas de amor, al modo becqueriano, publicadas en 1924 como un modo de contrarrestar el vanguardismo de la nueva literatura. Más interesante que los poemas resultan la introducción, las notas finales y el epílogo, donde Unamuno divaga a su manera sobre esto y lo otro y termina arremetiendo –el libro se concluyó en septiembre de 1923-- contra la recién instaurada dictadura militar. El presunto autor de los poemas de Teresa, Rafael, es un exfuturo de Unamuno, alguien que habría podido ser él si la vida no le hubiera llevado por otro camino. La Teresa de los años veinte sería, en una no demasiado forzada hipótesis de García Jambrina, la transfiguración de la Teresa que Unamuno conoció en 1905 y por la que a punto estuvo de romper su militante monogamia. Es un personaje de ficción, como nos aclara la nota final, pero eso no impide que resulte atractivamente verdadero.

            El primer caso de Unamuno habría sido mejor novela si García Jambrina hubiera resistido la tentación de acercarse demasiado en algunos pasajes a la literatura popular o a las series televisivas. Un poco forzada resulta la comparación con Sherlock Holmes, del que el propio Unamuno se declara secreto admirador. Al tratar de descubrir a los autores de un crimen para salvar a unos campesinos acusados injustamente, sin importarle los problemas que eso le acarrea, Unamuno se comporta más como don Quijote que como el detective inglés. La acción transcurre además en 1905, el año del centenario, el de la publicación de Vida de don Quijote y Sancho, y es un buen momento para iniciar las aventuras de Unamuno como caballero andante, algo que de alguna manera siempre fue.

            Pero ese es un reparo menor comparado con la liberación de Unamuno y Teresa, secuestrados por un empresario que pretende asesinarlos fingiendo un crimen pasional: “De repente, se oyó cómo la puerta de metal que daba a la calle se abría con gran estrépito y dejaba libre el paso a varios agentes de policía, que en seguida tomaron posiciones en el interior de la nave sin que Daniel Llorente ni sus hombres tuvieran tiempo de reaccionar”. Es esa una escena que seguramente habrá visto García Jambrina en muchos telefilmes de sobremesa, pero que resulta completamente inverosímil en la Salamanca de 1905, sobre todo si tenemos en cuenta las circunstancias en que se produjo el secuestro y la denuncia (las dos cosas, por cierto, en la misma mañana del día de la liberación: eso es eficacia policial).

            La detención del asesino también nos hace sonreír y es como un descosido, incluso estilístico, en esta por lo demás bien urdida historia. Unamuno le persigue “a grandes zancadas”, le disparan y “no le quedó más remedido que arrojarse al suelo mientras el otro emprendía la huida”. Luego se pone en pie y corre con más energía: “Una vez que lo tuvo a su alcance, le lanzó el bastón a los pies para que tropezara y rodara por el fango. A continuación, se enzarzaron en un forcejeo cuerpo a cuerpo y, tras varios intercambios de golpes, Unamuno logró inmovilizarlo en el suelo. Con cuidado, se quitó el cinturón y le ató las manos por detrás de la espalda”. Y mientras llega la Guardia Civil convence con buenas palabras al asesino para que le cuente todo (aunque luego quien termine de contarlo, rompiendo la lógica narrativa, sea un narrador en tercera persona): “Yo no soy agente ni juez; de modo que su declaración no servirá para inculparlo ni tendrá ningún valor jurídico si no hay pruebas materiales de ello. Tan solo quiero saber lo que pasó; creo que me lo merezco –argumentó don Miguel jadeando”.

            Lo que nos merecemos los lectores, después de un comienzo tan prometedor y de un protagonista tan fascinante, es que García Jambrina no termine su historia como una apresurada novela de quiosco, incluso en la simplona redacción. En las siguientes entregas de la serie debería tener claro a qué tipo de público se dirige y esforzarse por no defraudar a ese lector ilustrado de principio a fin.



miércoles, 14 de febrero de 2024

Verso y reverso


Eduardo Jordá
Doce lunas
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2024.

Eduardo Jordá, narrador, ensayista, traductor, además de poeta, ha reunido lo más significativo de su obra poética en Doce lunas, un libro de versos que no se parece a ningún otro libro, que se lee en buena parte como un libro de viajes. Cada poema va acompañado de un relato sobre las circunstancias en que se escribió. Y esas páginas en prosa muy a menudo no desmerecen junto a los poemas e incluso en ocasiones los opacan.

            Cuando cuenta –en prosa o verso--, en las viñetas viajeras o en las evocaciones biográficas o autobiográficas, Eduardo Jordá es un maestro. Más discutible resulta en los poemas más “poéticos” o en las reflexiones sobre la poesía. “Un poema ocurre, de golpe, sin previo aviso”, al contrario que un relato que implicaría “un lento proceso de aproximación”. Pero lo que se indica para el relato vale para la poesía, o al menos, para su poesía: “De repente, uno empieza a oír conversaciones que no sabe de dónde llegan, o percibe una extraña luz en un lugar que no sabría situar en ningún sitio concreto, o recuerda el momento en que su abuelo levantó el bastón, señaló una cerca de piedra y dijo: Hasta aquí llegaron los rojos”.

            Nunca aburrido –al contrario de lo que suelen ser la mayor parte de los correctos y convencionales libros de versos--, a menudo emocionante, casi siempre memorable, Eduardo Jordá gusta de afirmaciones contundentes que resultan muy discutibles. Y no nos referimos solo al ejemplo de “poesía cívica” –dice detestarla-- que incluye el libro, “Doctor Fedriani”. Independientemente de cuáles sean las ideas políticas de cada cual, el poema resulta poco creíble. Así comienza: “Fue en el peor momento, / en lo peor de todo, / cuando tu vida se iba a la mierda / y cuando tu país se iba a la mierda: / en octubre del año diecisiete, / recuérdalo tú y recuérdalo a otros”. Y continúa: “Fue cuando se reían de tu patria, / cuando todos mentían sobre tu patria, / cuando arrastraban a tu patria por el suelo”. Un poco exagerado nos parece eso –solo se trataba de si se permitía o no hacer una consulta a los ciudadanos de una determinada autonomía--, pero en un fanático patriota podemos aceptarlo como verosímil. Lo que suena a falso, a radicalmente falso, es que recupere la esperanza porque en un barrio de Sevilla vea expuesta una bandera española junto a una dominicana. En la prosa que acompaña al poema, leemos: “Algún día me gustaría encontrarme a aquella persona de origen dominicano que colgó las dos banderas en su ventana y simplemente darle las gracias”. Si las hubiera colgado en un barrio de Barcelona, se entendería que tuviera algún mérito; el mérito en Sevilla sería colgar la estelada.

            Considera Jordá el poema “Pero sucede”, que inicia el libro y es una especie de poética, como el mejor que ha escrito. El prodigio, lo inexplicable, ocurre algunas veces. Tras enumerar algunos casos, termina así: “Y una familia entera, en la cámara / de gas, se abraza y da gracias a Dios”. ¿En la cámara de gas? ¿Y quién pudo informar de ese abrazo y de ese acto de gratitud? No hubo testigos en ese acto final de la barbarie.

            Con cierta frecuencia, el texto en prosa vuelve prescindible el poema. Es el caso de “Tres fresnos”, con su evocación de una estancia en un lugar perdido de Irlanda. Las páginas viajeras –además de Irlanda, Chile, Portugal, Filipinas-- son abundantes en el libro y confirman que el autor es un maestro en el género.

            Abundan también los monólogos dramáticos –hablan Ofelia, el poeta Edward Thomas, los músicos Charlie Parker y Brian Wilson-- y en estos casos el poema suele ser tan interesante como la prosa que viene a continuación y que nos cuenta la misma historia en tercera persona. No ocurre así en un poema como “Halcón en el poste”. La prosa tiene toda la magia de las estampas viajeras de Eduardo Jordá, pero el poema, puesto en boca del halcón, no se sostiene junto a ella. Esto es lo que piensa el halcón, muy cernudianamente, mientras no se mueve del poste: “Es domingo. Ya tocan las campanas. / El diente de león, las mariposas, / el murmullo del agua en el arroyo: / todo es bello, lo sé, pero lo bello / ya no me dice nada. / Y ahora también las nubes me susurran: / ‘Síguenos ya’. Y las hojas se retuercen / en una especie de éxtasis / que es principio y final, como el amor / que no se sacia nunca, / y que no es suficiente”.

            “Tonto y yo” es otro sugerente relato, en prosa y verso, sobre un gato vagabundo. Pero en el poema, en los versos finales, tras disfrutar de los últimos rayos de sol, el gato mira al narrador y le pregunta: “¿Por qué no me dijiste / que esta felicidad / iba a durar tan poco?”.  Que el gato pregunte, o parezca preguntar, entra dentro de la lógica del poema, pero no la pregunta tan humana y tan poco acorde con lo que de él se nos ha contado.

            No beneficia a la poesía de Eduardo Jordá la compañía que les ha dado en Doce lunas. Ni tampoco el que, acá y allá, nos vaya dando sus ideas sobre el trabajo poético, con las que no siempre es fácil estar de acuerdo. En la prosa que acompaña a “Nubes” confunde el verso libre con los versículos y dice que los primeros versículos que leyó fueron los de Borges en Fervor de Buenos Aires, donde no se utilizan.

Pero es un poeta, un poeta de verdad, tanto más poeta cuando menos se deja llevar por el énfasis melodramático de poemas como “Consejo”. Y quien lo dude que lea “Corazón”, “Cementerio indio”, “Doce lunas”, por citar solo unos pocos ejemplos de los que incluye este libro, no por discutible, o más que discutible, a ratos, menos admirable.

            Eduardo Jordá es poeta en prosa –sin necesidad de escribir poemas en prosa, o lo que habitualmente se entiende por tales-- tanto como en verso.  Y no solo en sus relatos, también en su artículos. Léase la recopilación Fuera, en la oscuridad –el título es el de un poema de su admirado Edward Thomas-- y se verá como de casi cada uno de esos artículos se puede extraer, sin demasiado esfuerzo, el poema que está parafraseado en él.



martes, 6 de febrero de 2024

De la piara de Epicuro

 

Fernando Savater
Carne gobernada
Ariel. Barcelona, 2024.

Los admiradores de Fernando Savater encontrarán en Carne gobernada buenas razones para seguir admirándole, y quienes le detestan otras no menos buenas para justificar su poco aprecio o su claro menosprecio.

            Lo que de pequeño quería ser Savater, lo que siempre ha querido ser, afirma en estas páginas, es escritor, no filósofo ni profesor ni, desde luego, “intelectual”. Y escritor, gran escritor, lo ha sido siempre, o casi siempre: podíamos no estar de acuerdo con lo que decía, pero nunca dejaba de decirlo con gracia, con la cita precisa, con la anécdota pertinente e ilustrativa. Quizá no fue nunca un pensador original, pero siempre fue un seductor.

            Pocas veces se han escrito páginas tan desoladoras sobre la vejez, y a la vez tan llenas de amor a la vida, como las que encontramos en Carne gobernada. ¿Fue Horacio quien se definió como “un cerdo de la piara de Epicuro”? También a Fernando Savater, eliminando todas las connotaciones negativas del primer sustantivo, podría calificársele así. Siempre ha sido un vividor, en el mejor sentido de la palabra, y lo sigue siendo en el manriqueño arrabal de senectud. Tras perder al gran amor de su vida, encuentra pronto consuelo en otra relación que, si no puede comparársele –nada puede compararse al amor que tuvo por quien nombra con el hipocorístico de Pelo Cohete--, le ofrece cuando pueda desear en materia erótica.

            De los placeres del cuerpo, a los que es tan aficionado, Savater nos habla en este libro con desarmante sinceridad. Le gusta comer, le gusta beber, incluso más de la cuenta (y está orgulloso de ello), le gusta follar. No tiene inconveniente en entrar en detalles que podrían considerarse prescindibles, pero también sabe ironizar sobre sí mismo, y el lector se lo agradece. Sigue siendo uno de los escritores –no de los filósofos-- fundamentales de su generación, aunque Carne gobernada sea un libro escrito un poco, o un mucho, a la diabla, a la buena de Dios, como quien ya no tiene ningún respeto que guardar a los convencionalismos, si es que alguna vez lo ha tenido.

            Pero el libro no es solo eso, ojalá lo fuera, una espléndida pieza autobiográfica sobre la edad más inhóspita del ser humano, en la cual Savater acierta a encontrar algún que otro oasis. Es también un alegato contra el momento político actual, contra el gobierno de Pedro Sánchez, y contra el periódico en el que colaboró desde su fundación y que se ha vuelto, en su opinión, gubernamental e irreconocible, manipulado por los socialistas catalanes, “un elemento cancerígeno allí donde se implanta” (no nos aclara si por socialistas o por catalanes).

            Fernando Savater tiene todo el derecho del mundo a abominar de la izquierda, de la que pareció formar parte durante muchos años, y a entonar un  apasionado canto a la derecha y a sus líderes naturales, Isabel Díaz Ayuso y Santiago Abascal. Pero debe hacerlo razonadamente, no con insultos, juegos de palabras –los nacionalismos son necionalismos-- o sofismas que no resisten el más mínimo análisis.

            Quienes escuchan ciertas tertulias o leen cierta prensa estarán al cabo de la calle de los calificativos que Savater dedica a Pedro Sánchez, la presidenta del Congreso o los dirigentes y votantes de Podemos (“cuatro millones de bobos”). Y no digamos nada de los nacionalistas y separatistas, la bestia negra que le hacer perder cualquier atisbo de racionalidad.

            A veces, más que reírnos con él, nos reímos de él. Le invitan a un encuentro sobre teatro y política en Módena. La intérprete que le adjudica la organización no es capaz de traducir sus palabras y ha de hacerlo, como puede, él mismo. Trata de disculparse al final: “Es que usted habla un español muy raro”. Y aquí viene la divertida anécdota: “Después me explicó que ella había aprendido nuestro idioma en Barcelona, con un novio cariñoso y fugaz que había tenido allí. Entonces comprendí el malentendido lingüístico. Lo que aquel envidiado mozo le había enseñado en circunstancias seguramente gratas no era la lengua de Antonio Machado sino la de Josep Pla. Como consejo vital y en tono paterno, le recomendé que nunca se fiase de un novio y mucho menos si era catalán”. Gracioso, sin duda (es lo más amable que Savater dice de los catalanes), pero poco verosímil. ¿Una intérprete de español que trabaja en un congreso y que no distingue el español del catalán? Sin comentarios.

            Pocos comentarios requiere también una de las razones que da para que los españoles pierdan el miedo a Vox, que fue, en su opinión, la causa de que la izquierda tuviera los votos que tuvo en las últimas elecciones. Habría insistido la izquierda en que Vox pretendía acabar con el Estado autonómico e ilegalizar los partidos nacionalistas (en realidad quien lo ha afirmado reiteradamente es su amigo –así le califica-- Abascal), pero Savater lo rebate subrayando que “en los lugares en que Vox ha entrado a formar parte de los gobiernos regionales ni las autonomías ni los gobiernos regionales han sufrido el menor menoscabo”. Hombre, Savater, que el no pensar también tiene un límite. ¿Cómo iba a suprimir las autonomías o ilegalizar al PNV, por muchas ganas que tuviera de ello, el consejero de Cultura o el vicepresidente de la Junta de Castilla y León?

            Con idéntico rigor, habla Savater del feminismo y de la nefasta ley del “solo sí es sí”. Él, en cuestiones de sexo, nos informa al comienzo de uno de los capítulos, ha sido siempre como un taxi: solo va donde le llaman. Pues qué bien. Pero no dejará de entender que si alguien se sube a su taxi y luego, por la razón que sea, quiera bajar antes de llegar al destino final el taxista comete un delito si sigue la marcha. Un delito frecuente e impune hasta hace poco, y que para algunos debería haber seguido impune: ¡que no se hubiera subido al taxi!, ¡que no hubiera invitado a su piso al conocido en la discoteca!, ¡que no hubiera aceptado una cita en Tinder!

            No entro en más detalles del Savater tan felizmente converso a la derecha porque sería ensañarse. Pero no me resisto a citar lo que de ningún modo “esta dispuesto a admitir ni por un momento”: que la Pasionaria fuera mejor persona que su madre (la de Savater, claro). La Pasionaria, ojo, no Pilar Primo de Rivera o Cayetana Álvarez de Toledo, que quizá podrían plantearle algunas dudas. Sospecho que ni siquiera el español más fervorosamente patriótico consideraría mejor persona que su madre a ninguna figura de la historia, aunque fuera Isabel la Católica o Agustina de Aragón.

            Es fácil admirar a Savater cuando nos habla de su pasión por la vida, de su vocación por ser feliz a pesar de los estragos de la edad, e igualmente fácil, o más fácil aún, rebatirle cuando nos habla del periódico que fue su casa o de sus obsesiones políticas. Escribe como un genio, ya un poquito aturullado; razona como un niño que aún no ha llegado al uso de razón. Y quien piense que exagero que se tome la molestia de leer Carne gobernada.

 

 

           

jueves, 1 de febrero de 2024

Así se escribe la historia literaria

 

Álvaro Salvador
Los trabajos del outsider
(Notas acerca de la llamada Otra Sentimentalidad)
Centro Cultural de la Generación del 27. Málaga, 2023.

La historia que se cuenta en los manuales es siempre una simplificación, cuando no una falsificación, de la realidad. Ocurre con la historia en general y con la historia literaria en particular.

Los años ochenta, en la literatura española, han pasado a ser los de la “poesía de la experiencia”, realista y comprometida, escrita con el lenguaje del hombre de la calle, opuesta al hermetismo y al experimentalismo de la década anterior. Y un nombre se ha convertido en el más representativo de esa tendencia, Luis García Montero (“nuestro Garcilaso” le llamó Jon Juaristi en uno de sus poemas generacionales).

            Para Álvaro Salvador, la llamada “poesía de la experiencia” no es más que un malentendido de las teorías de Robert Langbaum, popularizadas en España por Jaime Gil de Biedma, y una versión light de “la otra sentimentalidad”, la propuesta teórica y práctica de un grupo surgido en Granada a principios de los ochenta. A explicar cuál era la poética de “la otra sentimentalidad” y a reivindicar su papel central en ella dedica la mayor parte de Los trabajos del outsider, recopilación de trabajos dispersos escritos a lo largo de las últimas décadas.

            El maestro, el mentor teórico, fue Juan Carlos Rodríguez, profesor de la Universidad de Granada que trataba de aplicar las teorías de Althuser y de Lacan a los estudios literarios, pero fue Álvaro Salvador quien reunió en torno suyo a los jóvenes aprendices de poeta. En 1980, le hablaron de un chico que acababa de ganar el premio García Lorca con Y ahora ya eres dueño del puente de Brooklyn: “El libro apareció en la primavera de ese mismo curso, aunque yo ya lo había leído en copia mecanografiada que tuvo la cortesía de prestarme el interesado. Luis no era solamente un buen poeta, sino que era un chico encantador y servicial, dispuesto a adelantarse a los deseos de todo el mundo”. También sería el primero en corregir y promocionar los poemas de Antonio Jiménez Millán, Javier Egea o Ángeles Mora, los otros integrantes del grupo.

            Pero muy pronto, a partir de 1983 con El jardín extranjero, premio Adonáis, Luis García Montero, aquel chico “encantador y servicial”, se convertiría en la cabeza del grupo, opacando al resto y ampliándolo más allá de los límites provinciales con la incorporación de poetas como Benjamín Prado o Felipe Benítez Reyes.

Las no siempre precisas teorías de la “otra sensibilidad” (que algunos se empeñaban en llamar “nueva sensibilidad”) partían de conceptos expuestos por Antonio Machado y hacían hincapié en la historicidad de los sentimientos. Serían sustituidas por una poética que hablaba de poesía escrita por personas normales para personas normales, de musas con vaqueros y del hombre de la calle. Se reivindicó la generación del 50, que había sido arrumbada por los novísimos, y Ángel González y, sobre todo, Jaime Gil de Biedma se convirtieron en los más cercanos maestros. Antes Rafael Alberti, que había regresado a España con la democracia, sería el principal referente, el enlace con el esplendor cultural republicano tras la oscuridad franquista.

            Álvaro Salvador dedica varios capítulos a explicarnos lo que debe entenderse por “poesía de la experiencia”, una etiqueta que se popularizó sin que la mayoría de los que la empleaban hubieran leído el libro de Langbaum del que procedía. Pero ese libro, que trataba de caracterizar a la poesía del romanticismo (“la poesía moderna”) frente a la de la ilustración, tenía en realidad poco que ver con los debates de la poesía española contemporánea, salvo en la reinterpretación –muy personal, no sabemos hasta qué punto Langbaum se reconocería en ella-- que hizo Gil de Biedma y que parece más bien una explicación a posteriori de sus poemas (como hizo Poe con alguno de los suyos) que el punto de partida de los mismos.

            Los detractores, abundantes en los ochenta y los noventa, contribuyeron a popularizar esa etiqueta, que al final triunfó, como a principios de siglo la de modernismo. El libro Habitaciones separadas, de Luis García Montero, publicado en 1994, acabaría convertido en un nuevo clásico escolar.

            Las teorías envejecen mal, a veces peor que los poemas que tratan de explicar. Hoy nos preocupa poco saber lo que en verdad fue, o sus promotores querían que fuera, “la otra sentimentalidad” o “la poesía de la experiencia”. Nos interesan los poetas y los poemas que han sobrevivido de aquel tiempo.

A la manera de Cernuda, Álvaro Salvador titula “Historial de un libro” las páginas dedicadas a contarnos la intrahistoria de Ahora, todavía, de 2001, que considera una de sus obras más significativas. Las consideraciones literarias se entremezclan con apuntes confesionales: “De otra parte, mi vida personal se había precipitado en esos primeros años de la década por los despeñaderos de una ruptura sentimental, de una separación física de mis hijos, una decepción política, un accidente gravísimo y un desprecio profesional”.

            Emocionantes resultan las páginas dedicadas a Javier Egea, cuya vida bohemia y su suicidio final contribuirían a mitificar una figura pronto utilizada como ariete contra los poetas del grupo que se habían dejado seducir por el poder traicionando sus orígenes revolucionarios. Un equívoco más de los que abundan en la historia literaria.

            La historia literaria carece de piedad, es una historia cruel --muchos son los llamados y pocos los escogidos-- que deja en la cuneta a unos para encumbrar a otros, quizá con menos méritos. Álvaro Salvador reivindica en este libro su principal papel en los cambios poéticos que tuvieron lugar a comienzos de los ochenta, un tiempo en que la poesía aspiraba a ser una forma de lucha contra la “ideología burguesa”.