viernes, 15 de septiembre de 2017

José Luis Piquero, enemigo íntimo

J

Tienes que irte
Isla de Siltolá. Sevilla, 2017.

De un poeta verdadero no se espera que nos sorprenda en cada nuevo libro con audaces cambios de rumbo y cotinuas novedades. A partir de Las ruinas, de 1989, José Luis Piquero ha ido construyendo una poesía de la marginalidad y el desencanto, a la vez muy confesional y muy apegada a la tradición literaria, de tan extremado realismo como sugerente simbolismo.
            Autopsia fue el título que dio a la primera recopilación de su poesía, pero lo que él hace es menos una autopsia que una vivisección. Su implacable bisturí se aplica sobre cuerpos vivos: el suyo propio, el de sus sucesivas parejas, el de sus amigos, y siempre sobre el de nosotros, los lectores. Por eso su obra es hiriente y breve, dolorida e inolvidable.
            Desde el principio, José Luis Piquero ha utilizado un procedimiento, el monólogo dramático, que aprendió de Luis Cernuda. Como él, y al contrario que Robert Browning, lo ha utilizado más como una máscara que transparenta su verdadero rostro que como un modo de contar otras vidas, de ver la vida con otros ojos.
            Sus máscaras suelen proceder de la tradición cristiana y de la tradición clásica. “Respuesta de Lázaro” se titula el primer poema. Ya Cernuda hizo hablar al Lázaro resucitado en un poema de Las nubes. Resulta muy ilustrativo releer ese poema junto al de Piquero. La retórica cernudiana, tan artificiosa a ratos, ha sido sustituida por un acentuado coloquialismo. “No merece la pena, no te empeñes. / Yo ya he cumplido e iba a disolverme, tan contento”, comienza. A pesar del cambio de tono, hay una referencia directa a versos de Cernuda. “La gente es tan extraña… / Años llevo intentado comprenderla”, leemos en Piquero; “No comprendo a los hombres. Años llevo / de buscarles y huirles sin remedio”, escribe Cernuda en “A un poeta futuro”.
            El uso de las expresiones coloquiales, vulgarismos incluidos, es una de las características de la poesía de Piquero, que puede parecer próxima a lo que se ha dado en llamar “realismo sucio”, a la de los herederos de Carver y Bukowski. Pero él añade algo que esos otros poetas realistas desdeñan: la métrica tradicional. Sus poemas están escritos en el mismo verso libre impar (heptasílabos, endecasílabos, alejandrinos, algún pentasílabo) que introdujo en la poesía española, ahora hace un siglo, Juan Ramón Jiménez con su Diario de un poeta recién casado. Los encabalgamientos, las elipsis, los cambios de registro hacen, sin embargo, que estos versos nos suenen de otra manera: la música va por dentro, elude el sonsonete de la versificación tradicional.
            Contrasta también el lenguaje directo con el hermetismo de muchos de estos poemas, a veces tenemos que leer más de una vez para saber de qué se nos habla. El autor ha querido darnos algunas indicaciones en la nota final, que quizá orienta tanto como desorienta: no parece que haya mucha relación, al contrario de lo que él dice, entre “El día libre del diablo” y “Lázaro otro”, del libro anterior, Un fin de semana perdido.
            Hay humor, abundante humor, en un libro que no desdeña los efectos patéticos. Un ejemplo, “Insectos”, esa personal variante de uno de los más conocidos poemas de Hijos de la ira; otro, “Matrimonio”, con su manifestación de Dios, o el misterio del mundo, en la ducha.
            El poema titulado escuetamente “Él” utiliza un procedimiento que toma de Felipe Benítez Reyes, a quien está dedicado. Poco a poco adivinamos que está hablando de Dios, un personaje del que “mejor no preguntar / a los curas: son parte. / De las beatas y de los poetas / no sacaremos nada. / Y todos esos libros, / bueno, son divertidos, con tanto asesinato”. Esta alusión a la Biblia ilustra bien el desenfado oral, con sus anacolutos, que José Luis Piquero utiliza en sus poemas.
            Junto a la historia sagrada y las referencias clásicas (hay una “Carta del Cíclope” dirigida a Ulises, un Cíclope, por cierto, que más parece Dido), recurre Piquero a la cultura popular: el mito de Elvis Presley, las abducciones alienígenas, las desapariciones en el triángulo de las Bermudas. A propósito de “El abducido” nos indica que tiene que ver con un poema de Monstruos perfectos, “Noches a solas con los amigos de antes”, mucho más explicito y divagatorio: “Te juro que de noche vienen a verme todos / aquellos que he engañado a lo largo del tiempo”.
            A los cuentos tradicionales remiten “Hansel & Hansel”, una amarga revisión del tema del doble, y “La despedida del fantasma” (Juan Lamillar tiene un poema con el mismo título), punto y aparte en una historia de amor que forma un díptico con “La visita”.
            En ocasiones, José Luis Piquero da una vuelta de tuerca al protagonista de sus poemas y lo convierte en psicópata o sociópata; él dice que algunos de sus poemas “simplemente le dan miedo”, también a nosotros, miedo y una cierta repulsión (“Postmortem”, “Quemaduras”).
            A veces, le basta una anécdota banal y cotidiana (el arreglo de un electrodoméstico) para conseguir un espléndido poema sobre la inutilidad de la cultura, de cierta cultura (es lo que ocurre en “Noli me tangere”).
            El monólogo que caracteriza a estos poemas se hace diálogo en “La oscuridad”, pero no por eso deja de ser un monólogo del autor consigo mismo, como los mejores poemas de un libro que no se puede leer de un tirón, que parece atraer y repeler con igual fuerza, un libro intenso y áspero y quizá no apto para todos los paladares. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

Ignacio Agustí y los colaboracionistas catalanes


Ningún día sin línea
Artículos y crónicas literarias
Ignacio Agustí
Edición de Irene Donate
Fórcola. Madrid, 2017.

La primera edición de Ningún día sin línea, aparecida en 2013, cuando se cumplía el centenario del nacimiento de su autor, Ignacio Agustí, llevaba el subtítulo de “El catalanismo español”. Ahora, que parece más necesario que nunca, ha desaparecido. No resulta demasiado difícil encontrar la razón.
            A Ignacio Agustí, hoy olvidado, se le debe uno de los grandes éxitos de la novela de postguerra, Mariona Rebull, éxito pronto multiplicado por la versión cinematográfica. Azorín le dedicó un resonante artículo en el que anunciaba: “Por fin tenemos un novelista”.
            Ignacio Agustí, como tantos otros representantes de la burguesía catalana, en la hora crucial de 1936, prefirió dejar de lado sus sentimientos catalanistas y ponerse al lado de quienes pretendían mantener el orden tradicional. Tras abandonar Barcelona en un barco alemán, volvió por Lisboa a la zona rebelde y en Burgos, junto con otros catalanes, fundó la revista Destino, patrocinada por la Falange.
            La historia de esa revista, una de las más significativas de la época, es bien conocida. Pronto se apartó de sus orígenes para defender un liberalismo y un catalanismo templados. Ignacio Agustí, tras contribuir decisivamente a la creación de la editorial Destino y del premio Nadal, se apartó de ella, por discrepancias con Josep Vergés, otro de los fundadores.
            Desde muy pronto, creyó en la solución monárquica. Tras una inicial aproximación a don Juan de Borbón, fue un decidido partidario de la monarquía franquista representada por el príncipe Juan Carlos. Él es el autor de uno de los primeros reportajes laudatorios del todavía tácito heredero, muy cuestionado por los medios falangistas, “Don Juan Carlos besa la bandera”, obligatoriamente inserto, el 25 de enero de 1956, en prácticamente toda la prensa nacional.
            En 1962, Manuel Fraga Iribarne, flamante ministro de Información y Turismo que pretende darle un nuevo aire al régimen, se fija en Ignacio Agustí y decide hacerle su hombre en Cataluña. Han cenado juntos, han congeniado y el ministro le pide que le escriba un informe sobre lo que se podría hacer en una región que, en buena medida, no dejaba de sentirse “ocupada”, no “liberada”, por el régimen del 18 de julio. Agustí le expuso la necesidad de crear en Cataluña un periódico oficioso del gobierno.  El ministro le hizo caso y, tras probarle como director del semanario El Español, creación de Juan Aparicio, le concede la autorización (y en parte la financiación) para lanzar un nuevo diario en Barcelona, el primero que aparecía en España desde 1940. El nombre del periódico, Tele/eXprés, ya expresaba su intención de ser distinto, más moderno y atractivo (incorporaba el color), de no parecerse a la prensa del Movimiento, de llegar a la juventud. Ignacio Agustí –quien, en principio, no figura como director– publica una columna diaria, bien representada en esta antología.
            No habla en ella de política, pero cuando lo hace en seguida se nota “la voz de su amo”. En mayo de 1966, un grupo de sacerdotes redacta una carta de protesta por las torturas infligidas a un estudiante y pretende entregarla en mano, tras marchar pacíficamente por la Via Layetana, en la Jefatura de Policía. Una violenta marcha policial les impidió hacerlo. Ignacio Agustí se burla de los manifestantes en un artículo, “La procesión política”, en el que los llama “bonzos incordiantes” y otras lindezas. Ese artículo desencadena un movimiento de protesta contra el periódico.
            Como compensación a su papel de defensor de la España oficial, a Ignacio Agustí se le concede permiso para publicar un semanario en catalán, Tele-Estel, el primero que se autoriza tras la guerra civil. Pocos años antes, en un violento artículo de El Español, había arremetido contra quienes pedían la enseñanza del catalán y periódicos en catalán porque los quieren para poder decir cosas como “democracia” o “situación real de dictadura”. Ahora con Tele-Estel pretende demostrar que la lengua catalana puede usarse también para otros fines (aunque él dejó de usarla literariamente en 1936).
            Ingacio Austí, más que un representante del catalanismo español, que lo hay, y con figuras muy destacadas, puede ser considerado como un “colaboracionista”, en el sentido que ese término adquirió en la Francia de Vichy.
            Irene Donate estudia su trayectoria vital y literaria en el amplio prólogo de Ni un día sin línea, más de cien páginas, que tiene todas las virtudes y las limitaciones de la crítica académica. A la hora de seleccionar sus artículos no acierta a distinguir entre los que siguen vivos y aquellos otros que solo son un documento de época. En la sección que ella denomina “Intimismo” se encuentra lo más valioso del volumen (habría que añadir el que inicia “Costumbrismo”). Los años de la censura, del control político de la prensa, son paradójicamente los mejores para un cierto tipo de periodismo, el que representan González-Ruano, Sánchez-Mazas y tantos colaboradores de la tercera de ABC.
            Irene Donate podía haberse limitado a darnos una muestra de ese periodismo literario, intimista y lírico, costumbrista y evocador. Su minuciosidad académica la lleva a incluir una muestra de los que son simple papel mojado, perecedera palabrería (toda la breve primera sección). El interés de otros no es literario, sino sociológico. En 1962, y en la revista Triunfo, nos habla de “la liberación de unos pueblos que seguirán marcados durante años, o quizá siglos, por el signo de su inferioridad natural”. Y en 1964, en un artículo titulado “Nicotina”, se alegra de que, tras un informe del Gobierno de Estados Unidos que ponía de relieve los peligros del tabaco, no solo no haya disminuido su consumo, sino que la industria tabaquera “sea más próspera que nunca”. Le produce “satisfacción y tranquilidad íntima” el hecho de que “en la disyuntiva de una vida apacible y moderada, sin infarto de miocardio, pero sin tabaco, y aquella otra con tabaco, aun a riesgo del infarto” la mayoría de las personas elijan esta última. Prefiere una propaganda “portadora de la vida, vehículo de ella” –la de las tabacaleras–  a “la que preconiza y anuncia la muerte”, la de las autoridades sanitarias, como prefirió siempre la España del 18 de julio a la del 14 de abril.
            Flaco favor le ha hecho Irene Donato a Ignacio Agustí rescatando algunos de estos artículos. Pero al lector curioso le permiten ver de dónde venimos y le ayudan a entender la España de hoy.

               

sábado, 2 de septiembre de 2017

La Venezia de José María Álvarez


El vaho de dios (Poemas venezianos)
Edición de Alfredo Rodríguez
Renacimiento. Sevilla, 2017.

A los poetas de la generación de José María Álvarez, nacido en 1942, se les llamó, un tanto despectivamente, “venecianos”. Uno de ellos, Pere Gimferrer, había dedicado una “Oda a Venecia ante el mar de los teatros” en el más destacado de sus libros, Arde el mar, y de ahí quizá el nombre, con el que se quería subrayar, no tanto que dedicaran poemas a esa ciudad, como su decadentismo y su refinamiento trasnochados.
            José María Álvarez comenzó cultivando la poesía social. Entró, un tanto a regañadientes, en la antología de Castellet Nueve novísimos, que pronto ingenuos y virulentos detractores harían famosa; quiso en un primer momento distanciarse de ella: él, autor del inacabado e inacabable Museo de cera, era un poeta de vanguardia frente a tanto conservadurismo estético. El éxito del libro le hizo convertirse, ya en los ochenta, en el representante por excelencia de todos los tópicos de su generación, casi en un “novísimo” profesional.
            En 1985 organizó un polémico viaje a Venecia para llevarle flores a la tumba de Ezra Pound. Primero pretendió que corriera a cargo de la fundación Juan March, luego del ministerio de Cultura, más tarde de no sé qué bancos o cajas de Ahorro; finalmente corrió con los gastos la Autonomía de Murcia, convertida a partir de entonces en el mecenas que financió los encuentros de poesía –Ardentissima se denominaron– que permitieron a José María Álvarez acentuar su proyección internacional.
            Poeta, y solo poeta, a la manera antigua, Álvarez necesitó siempre un mecenas, Primero fueron las administraciones públicas de la reciente democracia española; luego, a la vez que se fue acentuando su rechazo de la sociedad contemporánea, ciertas aristocráticas amistades. En el prólogo a El vaho de Dios, Alfredo Rodríguez, nos informa de dónde han sido escritos estos poemas: “Un viejo amigo suyo, un noble veneciano, Gianfranco Ivancich, le pudo facilitar durante años todo lo necesario para que un gran poeta pudiese hacer lo mejor que sabe hacer: escribir poesía. Y para estos menesteres le reservó un ala de uno de sus palacios en la ciudad. Un palacio en la calle del Remedio, justo detrás de San Marco”.
            A esa generosidad, José María Álvarez corresponde con un poema, “Ante las ruinas de Villa Ivancich”, el más convencional de los antologados, cuyo verso final agradece “al último Príncipe su hospitalidad y su amistad”.
            En El vaho de Dios (Poemas venezianos) están todos los manierismos de José María Álvarez, comenzando por esa zeta conservada en el nombre de la ciudad: títulos en otros idiomas, citas variopintas y superfluas, un personaje que mira al resto del mundo (salvo a sus aristocráticos protectores) por encima del hombro y juega a lo política incorrecto, ese deporte tan común entre los españoles. Pero están también el amor a Venecia y las muestras del excelente poeta que es, quizá a pesar de sí mismo.
            En una antología universal de poemas sobre Venecia –quizá la ciudad a la que más se le han dedicado– no podrán faltar algunos de estos poemas. Los que yo prefiero son los más sencillos, como “Niños jugando en el campo de San Zan Degolà”. Hay otras admirables estampas impresionistas, que inciden y escapan al tópico –la luna brillando sobre la laguna– y que tienen títulos tan gratuitos como característicos del autor: “Nox ruit et fuscis tellurem amplectitur alis”, “Lover come back to me” o “Désespoir d’une beatuté qui s’en va vers la mort”.
            Gratuito es también el título, tomado de Conrad, “”Heart of Darkness”, de un poema que puede servir de guía para un ilustrado paseo por la ciudad. La plaza de San Marcos después de la lluvia, atardecer, los edificios reflejados en los charcos, una copa en un bar de la Piazzeta con una jovencita recién llegada de España, la explicación, como un aplicado guía de todo lo que tiene ante sus ojos (aparecen los nombres de Petrarca, Vivaldi, Marco Polo y tantos otros), seguida de un consejo: “No visite museos. Pasee / sin rumbo, contemple. Sentirá que es cierto / aquello de la plus / triumphante cité. Véala / cómo muere. Como un animal. / Es la mejor metáfora / del destino de nuestra Cultura, / de los mejores de nosotros”. Luego, ya solo, el lento regreso al palacio en que habita, en la calle del Remedio, haciéndonos ver, con poética precisión, lo que encuentra a su paso: “La Salute / va desdibujándose como / en el óleo de Monet”.
            Es difícil, sin embargo, no sentir un poco de vergüenza ajena al leer alguno de los poemas de este libro, o de cualquier otro de José María Álvarez, un poeta que gusta de caricaturizarse a sí mismo y que parece considerarse como el último representante de una estirpe gloriosa a punto de extinción. Un ejemplo, “Astarnuz”. Poema con anécdota, de los que se pueden contar: el poeta entra en la habitación de un hotel, enciende el televisor y “aparece en pantalla un rostro único / admirable, perfecto, inteligente, / cómplice”. El rostro de Sharon Stone. Y luego nos enumera lo que supone el placer de “gozar a una mujer así”: como escuchar a Bach en Chartres, acariciar el crepúsculo en Istambul, leer a Píndaro en voz alta, a Shakespeare, a Borges o a Nabokov, comprender el Partenón, etc, etc. Y habla de “la cantidad de excitantes pensamientos / a que después diera lugar” esa contemplación de la actriz en una mala película, a lo que “ha enriquecido” su vida y su memoria. Termina diciendo que ver a Sharon Stone en el televisor aquella noche fue como para Mozart, o los santos, “ver a Dios”. Sin comentarios.
            Sin comentarios tampoco cuando repite en un poema lo que ya dijo en otro, que las palabras más hermosas que una mujer le puede decir a un hombre son: “Déjame ser tu puta”.
            Mejor quedarse con el poeta sabio, que sabe gozar de los libros y de la vida, y que termina un poema con esta variación del “carpe diem”: “Saborea / tu copa, aspira el humo / de tu cigarro, / agradece algunos seres que has amado, / y el mar, los árboles, Venezia, / los perros, / los crepúsculos, / la música, / la Luna”.

sábado, 26 de agosto de 2017

Monumento de amor


Milena
Margarete Buber-Neumann
Traducción de M. A. Gray
Tusquets. Barcelona, 2017.

Milena Jesenská, nacida en Praga en 1896, muerta en el campo de concentración de Ravensbrück en 1944, ha pasado a la historia por ser la destinataria de una peculiar correspondencia amorosa, las Cartas a Milena, de Frank Kafka. Pero la apasionada biografía que le dedica Margarete Buber-Neumann demuestra que fue algo más, mucho más, que una figura secundaria que toma su luz del escritor checo.
            Ambas mujeres se conocieron en el campo de concentración. Margarete ya traía experiencia del cautiverio. Militante del Partido Comunista alemán, trabajó para la Internacional Comunista en Francia y España. Durante las purgas de los años treinta, fue acusada de contrarrevolucionaria e internada en el gulag. El pacto entre Hitler y Stalin motivó su entrega a la Gestapo y el encuentro con Milena. Al contrario que ella, sobrevivió al campo y tuvo tiempo (murió en 1989) de cumplir la promesa que le había hecho: dejar testimonio de su vida, no permitir que desaparecieran su nombre y su historia en el olvido.
            Su nombre no iba a desaparecer en cualquier caso, gracias a la relación con Kafka, pero el libro de Buber-Neumann nos la rescata entera con sus luces y sus sombras.
            Milena es muchas cosas, entre ellas uno de los más veraces y matizados testimonios de un campo de concentración que se hayan escrito nunca, pero esencialmente es una historia de amor entre dos mujeres contada sin afán reivindicativo ni exhibicionismo alguno, con desarmante naturalidad.
            Milena Jesenská se casó pronto y mal, tuvo varios amantes, una hija. No  resultaron fáciles sus relaciones de pareja: “Por lo visto –le confesó a Margarete–, mi destino fue siempre amar a hombres débiles. Nadie, en realidad, se ocupó de mí o intentó al menos tratarme bien. Para una mujer, tener demasiadas iniciativas es un castigo. Los hombres, incluso los débiles, solo la toleran con agrado durante un corto período de tiempo. Luego se buscan otra mujer, una frágil muñequita de boquita redonda que se siente en el sofá con las manos en el regazo y los contemple con admiración”.
            Margarete fue el último amor de Milena, un amor correspondido y quizá el único verdaderamente feliz, a pesar de transcurrir en el más hostil de los escenarios posibles. El más hostil, pero no el menos propicio: “La pérdida de libertad no implica la pérdida de la necesidad de amor. El deseo de ternura y de consoladora proximidad de un ser querido es incluso mucho más fuerte en cautividad”. Entre las presas políticas, las “amistades apasionadas” solían quedarse en platónicas, mientras que entre las asociales y delincuentes “adquirían un carácter marcadamente lesbiano”.
            Un carácter lesbiano, hubiera o no relación física, adquiere desde el principio la relación entre Margarete y Milena, quienes no dudan en afrontar los peores castigos con tal de estar, aunque solo sea unos instantes, juntas y a solas. “Más fuerte que todas las barbaries” se titula el capítulo dedicado a ese amor. “Habíamos llegado ya a finales de noviembre cuando nos atrevimos, por primera vea, a cogernos de la mano, cosa que estaba severamente prohibida”. Milena la cita para más tarde en un rincón del campo: “A la hora convenida, me arrastré fuera de mi barracón repleto de gente. Ni se me ocurrió que eso podría acarrearme una paliza, llevarme a la celda de castigo o incluso a la muerte”. El relato de esa primera cita termina con unas palabras reveladoras: “Con la prisa, la excitación y la oscuridad, tropecé con una manta y caí en brazos de Milena”. Luego una elipsis elegante, como en las novelas de Stendhal, y el comienzo de otro párrafo: “A la mañana siguiente...”
            Bastaría esa historia de amor para hacer inolvidable este libro. Pero en él está también la infancia de Milena, su adolescencia rebelde, la conflictiva relación con el padre autoritario y distante (tan similar al de Kafka), la Viena y la Praga de los cafés, las infinitas tertulias, la efervescente vanguardia cultural.
            Entre 1918 y 1938, Praga se convierte en una de las capitales culturales de Europa y Milena en una de sus figuras más destacadas: primero periodista de moda, luego comentarista política, siempre la mujer fuerte que sabe hacer escuchar su voz en un mundo de hombres.
            El panorama comienza a ensombrecerse con la llegada de Hitler al poder. Milena participa activamente en la oposición al fascismo y en la protección de los judíos. Finalmente será detenida y enviada al campo de concentración para mujeres de Ravensbrück. No saldría viva, pero los cuatro años que en él pasó no lograron doblegarla, humillarla, hacerle bajar ni un instante la cabeza, y allí encontró por fin el amor que tanto había buscado en vano a lo largo de su vida.
            Una mujer excepcional y un libro digno de ella. Milena es la crónica de un tiempo sombrío y un monumento de amor. 

sábado, 19 de agosto de 2017

Vidas de hotel


Vidas de hotel
Selección, prólogo y notas de Eduardo Berti
Adriana Hidalgo. Madrid, 2017.

Los hoteles, como el tren, pueden considerarse en sí mismos un género literario. Los grandes hoteles, los hoteles de lujo, constituyen el escenario preferido de la literatura más cosmopolita, de la que hace soñar al lector común con una vida fuera de su alcance; la literatura costumbrista del siglo diecinueve y principios del XX, prefería las pequeñas pensiones galdosianas (el adjetivo lo dice todo), donde se alojaban los jóvenes ambiciosos que iban a la conquista de la capital.
            La antología que ha reunido Eduardo Bertí es, como la mayor parte de las antologías, un tanto caprichosa. Hay obras maestras del relato e insignificantes naderías, aunque una de ellas, venga firmada nada menos que por Chéjov (su relato humorístico, de caducada comicidad, “Los extraviados”, ni siquiera transcurre en un hotel), y otras, “Cuentos de la habitación 211”, por destacados representantes del microrrelato, ese subgénero tan propicio a simple juego de ingenio y a los ejercicios de taller.
            De la literatura española, tan pródiga en ellos como cualquier otra, solo se selecciona un cuento, si bien espléndido: esa historia de amor imposible, apenas entresoñado, que es “El dúo de la tos”, de Clarín.
            Si yo tuviera que hacer una selección de esta selección, comenzaría por William Trevor y su “Hotel de la Luna Holgazana”, un relato policíaco –sin policías– que es también una alegoría de la vejez; seguiría con Roald Dalh, que sabe crear misterio y tensión a través de los hechos más cotidianos.
            El tiempo resulta inmisericorde con algunos de estos cuentos: al arrugarse nos dejan ver sus trucos y costuras. Julio Cortázar, en “La puerta condenada”, reescribe un relato de medio siglo antes que encontramos unas páginas más allá, “El número 13”, de M. R. James: en los dos hay una puerta que da a una habitación que no existe, pero en la que se escuchan ruidos y gemidos.
            Hay relatos de una página, apenas una ocurrencia o un apunte en el cuaderno de un escritor, como el de Somerset Maugham, y otros que se desarrollan morosamente y requieren del lector un ejercicio de paciencia. Es el caso de “En Isella”, de Henry James, primero solo la crónica de un viaje a pie entre Suiza e Italia y luego el retrato de una mujer apasionada, como las que aparecen en las Crónicas italianas de Stendhal y en el imaginario de los viajeros del grand tour.
            O. Henry sigue conservando su encanto, el de la Nueva York de otro tiempo y la sorpresa final. Nos defrauda Dino Buzzati, con su banal costumbrismo kafkiano; también Katherine Mansfield y esa historia de quienes creen adular a la hermana de una baronesa cuando se trata de la hija de una costurera. Un cuento se la juega en el final. Con un poco de habilidad, es fácil captar la atención del lector, como la de un niño, pero luego hay que saber mantenerla y no terminar de cualquier manera, con un chiste sin gracia, dejándole la sensación de que ha perdido el tiempo.
            Ocurre ello, con más frecuencia de la necesaria, en estos relatos unidos por el escenario y la casualidad. El prólogo y el epílogo del compilador se encuentran así entre lo más interesante del volumen, con su recuento erudito y su compendio de anécdotas sobre algunos hoteles famosos (aunque sitúa en el Ritz de Nueva York (hay dos Ritz-Carlton en Nueva York: uno reciente en Central Park y otro en Battery Park) una anécdota que se suele contar referida al Waldorf Astoria.
            Hoteles literarios se titula un libro de Nathalie de Saint Phalle que Eduardo Bertí cita en algún momento. Menos que las historias anodinas que un escritor de hace un siglo, famoso o no, ha situado en un hotel nos seducen las historias de gente famosa que se ha alojado en ellos: Nabokov en el Palace Hotel de Montreux, junto al lago Leman, Agatha Christie en el Pera Palas de Estambul; Marina Tvietaieva preparando las maletas en el Hotel Innova de París, donde ha vivido los dos últimos años, para regresar a la URSS y enfrentarse con su destino; Julio Camba en el Hotel Pensilvania, una ciudad dentro de la ciudad; Hemingway redactando Por quien doblan las campanas en el hotel Ambos Mundos, entre las calles Obispo y Mercader de La Habana; Pedro Salinas encontrándose con su amante, Katherine Whitmore en la cafetería del St. Moritz frente al Central Park (hoy Ritz-Carlton); Rainer María Rilke escribiendo desde al Hotel des Bergues, en Ginebra, a la princesa Marie von Thurn und Taxis; Gustav von Aschenbach en el Hotel des Bains, en el Lido veneciano.
            ¿Por qué los libros de cuentos se venden menos que las novelas? Una novela tiene un principio y un final, un libro de cuentos docenas de principios y finales, cada pocas páginas debe volver a conquistar nuestra atención. Y sin son cuentos de varios autores, las distintas calidades y texturas provocan a menudo el rechazo del lector.
            Las referencias, centrales o muy secundarias, a esos lugares de paso que son los hoteles no bastan para unificar los capítulos de Vidas de hotel. El resultado no es sino una heterogénea, caprichosa colectánea, con alguna pieza excepcional y bastantes prescindibles o intercambiables.

sábado, 12 de agosto de 2017

Denise Levertov, poesía y pensamiento


Pausa versal (Ensayos escogidos)
Denise Levertov
Traducción de José Luis Piquero
Vaso Roto. Madrid, 2017.

Como “testimonios de vida vivida” define Denise Lavertov a los poemas. Por eso Pausa versal, sus ensayos escogidos, es un libro de crítica lleno de referencias autobiográficas. Uno de sus capítulos, sin embargo, nos previene contra los excesos del autobiografismo en literatura.
            Denise Levertov (1923-1997) nació en Gran Bretaña, pero lo mayor parte de su obra la desarrolló en Estados Unidos, siguiendo un camino contrario al de Eliot y similar al de Auden.
            En el “Esbozo autobiográfico” que cierra el volumen nos informa que su padre fue un judío converso ruso, primero profesor en la Universidad de Leipzig y luego, tras establecerse en Inglaterra, sacerdote de la iglesia anglicana; su madre era galesa, miembro de la Iglesia de Escocia. Apenas recibió una educación formal; se educó en casa, sin el sentimiento de pertenecer a una comunidad: “Para los judíos, gentil; para los gentiles (laicos o cristianos), judía, o al menos medio judía (lo que era bueno o mano según su grado de antisemitismo); para los anglosajones, celta; en Gales, una londinense que no solo no hablaba galés, sino que no estaba imbuida de las costumbres galesas”.
            Sus notas autobiográficas se limitan a la infancia. “Todo lo que ha sucedido en mi vida desde entonces –quiere decirse, todo lo que tiene alguna relación con mi vida como poeta– estaba de algún modo prefigurado en esa época”.
            La exhibición pública de la intimidad le parece deplorable. En el capítulo “La biografía y el poeta” glosa algunos poemas de Sharon Olds (sin citar su nombre) muy significativos al respecto. Para ella, el desahogo, el vómito confesional, el confundir al lector con el psiquiatra es lo contrario de la literatura. Lo mismo ocurriría con los poemas de amor: “una sensualidad evocada de un modo restringidamente anecdótico es menos erótica que aquella menos explícita, más estilizada, más misteriosa”.
            El capitulo dedicado a Anne Sexton nos advierte contra la tendencia (cada día más frecuente) de considerar los problemas mentales de un autor (y en el caso de Sexton, el suicidio final) como condición de su arte: “Reconocer que, durante unos pocos años de su vida, Anne Sexton fue una artista a pesar de su dura lucha contra su deseo de muerte es honrar como es debido su memoria. Identificar su amor por la muerte con su amor por la poesía es insultar a esa lucha”.
            Buena parte de estos ensayos se dedican a defender la poesía política (Levertov estuvo muy ligada a los movimientos contra la guerra del Vietnam) o la poesía religiosa. Sus argumentos, en el primero de esos casos, nos recuerdan las polémicas que tuvieron lugar en España durante los años cincuenta y sesenta en torno a la poesía social.
            Mayor interés presentan sus reflexiones sobre fe y poesía, entreveradas de elementos autobiográficos (como lo mejor de este libro). De un inicial escepticismo (a pesar del ambiente familiar: su padre fue un destacado teólogo) pasó gradualmente “a una postura de creyente cristiana”, sin ninguna conversión “dramática y repentina”. Un cristianismo ecléctico el suyo, “hasta un grado sin duda escandaloso para los más ortodoxos”: “Ya sea en Saint-Merri en París, en una iglesia presbiteriana en Palo Alto o en las iglesias anglicanas de Londres o Boston, si descubro fraternidad espiritual y un compromiso activo con mis valores políticos, allí me quedo. Y si la liturgia y la música son de primer orden, mejor que mejor (aunque si me obligan a escoger entre la belleza litúrgica y una conciencia social manifiesta, mi lealtad estaría con esta última: obras son amores)”.
            Aunque opuesta “a su estructura piramidal y a sus rígidos dogmas”, en sus últimos años se sintió atraída por la iglesia católica debido a los movimientos relacionados con la teología de la liberación, sin por eso dejar de sentirse a gusto “en esas iglesias episcopalianas individuales que combinan una fuerte conciencia social con música decente y algo de gracia litúrgica”.
            Otro de los núcleos del libro se ocupa de definir y defender las formas abiertas (propias del siglo XX) frente a las tradicionales. Su análisis de la pausa versal (que muchos poetas tienden a hacer desaparecer cuando leen en voz alta) resulta particularmente ilustrativo. En el verso libre, o en las formas abiertas, como ella prefiere llamarlas, el verso sigue existiendo, conservando su identidad, no es solo una caprichosa disposición tipográfica, ya que “el despliegue del poema en la página puede considerarse una partitura”, esto es, un conjunto “de instrucciones visuales para los efectos auditivos”.
            A William Carlos Williams, a quien siempre consideró su maestro, se le dedican varios capítulos, que insisten especialmente en precisar su lección frente a los numerosos discípulos (la reciente película Patterson lo demuestra) que solo vieron en él una excusa para la facilidad y la trivialidad.
            De la mitología y de su relación con la poesía trata “Caballos alados”. A su correspondencia con el poeta Robert Duncan, que fue su mentor y con quien discutió punto por punto muchos de sus poemas, dedica abundantes páginas y un emocionante epílogo que algo tiene de historia de fantasmas.
            Los poemas –propios y ajenos– incluidos casi en cada capítulo del libro, muy bien traducido por José Luis Piquero, contribuyen al interés de Pausa versal, una reflexión sobre la poesía que, al contrario que la más habitual crítica académica, interesa a todos aquellos a quienes les interesa la poesía, no solo a profesores e investigadores.

sábado, 5 de agosto de 2017

Amélie Nothomb y el crimen de Lord Arthur Savile


El crimen del conde Neville
Amélie Nothomb
Anagrama. Barcelona, 2017.


Desde el mismo título, no oculta Amélie Nothomb el punto de partida de su obra. El crimen del conde Neville remite a El crimen de Lord Arthur Savile, una de las más conocidas y divertidas narraciones de Oscar Wilde.
            Por si esa referencia no fuera suficiente, el protagonista se acuerda, ya en las primeras páginas, de un relato “que cuenta una historia parecida”. Va a la librería del pueblo, compra un ejemplar y lo lee –lo relee, mejor– de un tirón. Incluso nos ofrece un resumen: “A punto de casarse con la hermosa Sybil, de la que estaba locamente enamorado, y en el transcurso de una fiesta en Londres, Lord Arthur Savile hizo que un famoso quiromántico le leyera la mano, y este le anunció que iba a cometer un crimen. Víctima de la desesperación, Lord Arthur se pasó toda la noche dándole vueltas antes de suspender su boda. Tenía que librarse del trabajo sucio antes de unir su destino al de la mujer que amaba”.
            Suspende ahí su resumen el narrador “para preservar el placer de la lectura de los más que probables numerosos interesados”. Acierta al hacerlo. Pocos serán los lectores que no sientan la tentación de buscar y devorar el relato de Oscar Wilde antes de seguir con la novela, o nada más terminarla.
            No quiere eso decir que la historia que nos cuenta Amélie Nothomb sea solo un parasitario homenaje. Vale por sí misma: ágil, llena de quiebros sorprendentes, se lee de un tirón, a ratos con una sonrisa en los labios y a menudo con una sensación de irrealidad y angustia.
            Los personajes tienen algo de figuras de guiñol, parecen seres de otro tiempo aunque la acción transcurre en época actual. Hay un castillo, un noble que pronto se verá obligado a venderlo y que prepara su última recepción, una adolescente desventurada, una adivina impertinente, dos hermanos que se llaman Orestes y Electra, ambos igualmente de rara perfección y hermosura.
            Entre el cuento de hadas y la fábula dieciochesca, El crimen del conde Neville es, como toda literatura que merece la pena, un homenaje a la literatura. Estamos acostumbrados a que, con cierta frecuencia y con revuelo mediático, se nos desvele un nuevo plagio, esto es, un atentado a la propiedad literaria.
            Pero la literatura que vale la pena es siempre un trabajo colectivo. ¿Nos imaginamos al creador del soneto patentando la estrofa y denunciando a todos los que la utilizaran? ¿Es menos grande Shakespeare por tomar de acá y de allá los argumentos de sus obras? ¿Góngora por volver a contar en la “Fábula de Polifemo y Galatea” una historia cien veces contada antes? ¿O Blas de Otero por entretejer tantos versos ajenos entre los suyos propios?
            El crimen del conde Neville recoge los principales elementos del relato de Wilde: hay una recepción, un aristócrata, una profecía, una sorpresa final. Pero todo ello se combina de distinta manera, llegando a un resultado que no desmerece ante el punto de partida.  
            Podríamos encontrarnos solo ante un brillante ejercicio de ingenio, que no sería poco, pero hay algo más. Lo que le da peso a la novela de Amélie Nothomb, lo que impida que pueda considerarse únicamente como un divertido juguete, son los dos personajes enfrentados del conde Neville y de su hija Sérieuse. El primero es un aristócrata empobrecido que no renuncia a cumplir con los deberes que considera inherentes a su clase, aunque para ello deba sacrificarse y sacrificar a su familia.
            Esos deberes se han reducido a una fiesta anual en los jardines que su castillo, una “garden party” convertida en el mayor acontecimiento social de la “remota región de las Ardenas belgas” en que trascurre la historia.
            Sérieuse fue una niña ocurrente y feliz que, al llegar a la adolescencia, como si hubiera recibido una maldición, se transforma en un ser apático al que “vivir le duele como una postura incómoda”. Cuando sabe que su padre ha de cometer un asesinato, se ofrece voluntariamente para ser sacrificada como la Ifigenia de la leyenda de los Atridas (no en vano sus hermanos se llaman Orestes y Electra).
            Una novela dialogada y sucinta, sin un átomo de grasa, que remite al cuento de hadas y al mito, que nos reconcilia con la ambigüedad y la magia de una literatura solo aparentemente menor .

            

sábado, 29 de julio de 2017

José Luis Cancho, memorias de un subversivo


Los refugios de la memoria
José Luis Cancho
Papeles mínimos ediciones. Madrid, 2017.

Antes de publicar su primer libro, El viajero junto al mar, en 1999, José Luis Cancho ya era un personaje literario. Militante antifranquista desde los diecisiete años, en enero de 1974 cayó desde las ventanas del tercer piso de la comisaría de Valladolid, tras ser minuciosamente torturado. Los disturbios subsiguientes llevaron al cierre de la Universidad.
            Compañero de militancia, y entonces también estudiante en Valladolid, era Andrés Trapiello, quien en su premiada novela El buque fantasma, de 1991, evocó aquellos años de oposición al franquismo desde una perspectiva ridiculizadora y revisionista: “Al final la historia, esa que muchos aún escriben con mayúscula, ha demostrado que más por los pobres y parias del mundo han hecho las Hermanas de la Caridad, incluso las malignas y avinagradas, que todos los comités revolucionarios. Y con menos ruido”.
            La novela de Andrés Trapiello tiene mucho de ajuste de cuentas. De uno de los antifranquistas de entonces, al que llama Gaztelu, dice que “llegó a hacerse famoso por una delación”. En la página 105, es consecuencia del interrogatorio de Billy el Niño, quien “de un guantazo en la boca” le tiró al suelo y le dejó sangrando; en la página 128, en cambio, al volver a esa delación, se nos indica que “en la comisaría Gaztelu, sin que nadie le hubiera puesto la mano encima, cantaba el pobre como su rana hegeliana”. Son las licencias de un novelista cervantino.
            José Luis Cancho en Los refugios de la memoria no se toma ninguna licencia con los hechos. Lento proceso, su última novela, ya convirtió su vida en ficción. Ahora quiere contarla sin literatura. ¿Sin literatura? Digamos mejor sin invenciones, porque el resultado es literatura, espléndida literatura.
            ¿Pero es posible contar sin más la vida? El propio autor lo duda: “Mi intención en este proyecto ha sido escribir una prosa sin filtros, sin disfraces, sin retórica, pero una vez más he vuelto a constatar que no hay escritura posible sin que intervengan algunos de esos elementos”. Y por eso, a pesar de su empeño de que el yo que describe en Los refugios de la memoria “se corresponda en todo al yo real”, finalmente “no es más que una sombra que se me escapa de las manos”. La memoria, por mucho que nos empeñemos en lo contrario, actúa como un novelista.
            No idealiza José Luis Cancho sus tiempos de militante, primero en el Partido Comunista de España (internacional), luego en el Partido de los Trabajadores y en la Joven Guardia Roja. Incluso el acontecimiento que le hizo famoso, la caída desde la ventana de una comisaría, lo refiere sin decidirse por su versión de entonces (lo arrojaron creyéndole muerto) o por la que dio la policía (trató de escapar en un descuido de quienes le custodiaban): “Escribo ‘caí’ y no ‘me tiraron’ porque no recuerdo que alguien me agarrase y me arrojase por la ventana. Lo que sí recuerdo es que pasé de estar toda una tarde con su correspondiente noche siendo golpeados por cuatro miembros de la denominada brigada político-social a estar ingresado en la unidad de cuidados intensivos del hospital de Valladolid”.
            Cuando fue liberado, quiso ir de inmediato a saludar a sus compañeros de la Universidad, pero sus jefes políticos se lo impidieron: le estaban preparando un gran recibimiento, en un mitin multitudinario, y no podía vérsele antes para no atenuar el efecto. La “revolución” tenía también mucho de teatro.
            No insiste José Luis Cancho en los aspectos más melodramáticos de su trayectoria biográfica, no trata de convertirse en un héroe ni en una víctima. Escribe desde la sequedad y la extrañeza. Ya nos lo advierte desde las primeras líneas: “A medida que envejezco mi lengua se empobrece. Me siento en mi propia lengua como el aprendiz de una lengua extranjera”.
            En una tradición literaria tendente al barroquismo y las florituras verbales, se agradece una contención, una sintaxis telegráfica y enumerativa que, paradójicamente, aproximan más de un fragmento al poema en prosa. Samuel Beckett resulta su maestro: “El alcohol y el amor me producen dolor de cabeza. El amor es empalagoso, como un vino demasiado dulce. Mi única pasión es la indiferencia. Escribir desde la perspectiva de un muerto, ese es mi propósito”.
            Menos de cien páginas le bastan para dejar constancia de una vida hecha de renuncias sucesivas: “Había renunciado a militar en el partido. Había renunciado a vivir en mi ciudad natal. Había renunciado a la profesión de maestro. Había renunciado a la vida de nómada. Cada seis o siete años se producía un cambio radical en mi vida”. El último cambio (tras los escarceos en revistas como Los Infolios, junto a Miguel Casado) lo convirtió en novelista autobiográfico en busca de sí mismo.
            Los refugios de la memoria culmina, de impactante manera, su trayectoria de escritor y, si hemos de creerle, será seguido de una nueva renuncia, emulando tardíamente a Rimbaud: “Sueño con desaparecer en un país donde nadie me conozca”.
             
           

            

sábado, 22 de julio de 2017

Luis Bello, una vida española


Luis Bello, cronista de la Edad de Plata
José Miguel González Soriano
Universidad de Salamanca, 2017.

Deja un poso de tristeza la lectura de la vida de Luis Bello (1872-1935), minuciosa y ejemplarmente reconstruida por José Miguel González Soriano. Coetáneo de Azorín y de Baroja, participante en todas las empresas periodísticas y regeneracionista de Ortega, fue un hombre casi siempre desventurado y en segundo plano.
            La efímera fama le llegó cuando comenzó a publicar en El Sol una serie de artículos dedicados a contar sus visitas a las escuelas españolas. Esos artículos, pronto reunidos en libro, siguen sustentando su reconocimiento póstuma. Varias veces reeditados, se inspiran en el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza: la revolución debe empezar desde abajo con la mejora de la educación.
            Los cuatro tomos de Viaje por las escuelas de España se publicaron entre 1926 y 1929, en los últimos años de la dictadura y supusieron un decisivo apoyo al estado de ánimo que pronto traería la república, en la que Luis Bello participaría activamente.
            Había nacido en Alba de Tormes, donde su padre desempeñaba funciones judiciales. Pronto sería trasladado a Cangas de Narcea (entonces Cangas de Tineo) y luego a Luarca, localidad en que el niño asistiría a su primera escuela. Seguirían los traslados paternos, pero Luis Bello se trasladó a vivir a Madrid con unos parientes, y madrileño se consideraría.
            Su iniciación política y periodística tienen lugar de la mano de Canalejas. En 1898, es redactor de El Heraldo de Madrid y encargado de la información parlamentaria; asiste así desde dentro a la gestión de la humillante derrota. Desde entonces la historia de su vida se entrelaza con la historia de España, testigo en primera línea de todos los ilusionados empeños de las primeras décadas del siglo XX y de los sucesivos fracasos.
            El libro de González Soriano (con abundante documentación inédita y solo un ligero lapsus: en la página 150 confunde la primera y la segunda edición de La Regenta) supone así un recorrido por la historia y la intrahistoria de España. Nos muestra todas las martingalas del sistema electoral de la Restauración, reconstruye acontecimientos que no han pasado a la gran historia, pero que definen la fisonomía de un tiempo. Los disturbios de Salamanca en 1903, por ejemplo, anticipo de tantos otros posteriores. Años después, en un capítulo de Viaje por las escuelas de España, recordará Luis Bello su primera visita a Salamanca: “Habían matado miserablemente a dos alumnos dentro de la Universidad, y llegue, como periodista, a tiempo de ver sus cadáveres atravesados a balazos”. En la protesta por esas muertes, los estudiantes se reunieron y fueron a apedrear el edificio del gobierno civil; el rector, Miguel de Unamuno, para evitar más muertes, se subió a las gradas para calmarles, sin miedo a las piedras (alguna le rozó). Uno de los estudiantes muertos a balazos por la guardia civil se llamaba premonitoriamente Federico García y se había asomado a una ventana del aula para ver lo que pasaba.
            Testigo fue también Luis Bello del rescate de los prisioneros que habían quedado en manos de Abd-el-Krim tras el desastre de Annual. Acompañó al empresario vasco Echevarrieta hasta la playa de Axdir para informar del acontecimiento. Enterado de lo que se había tenido que pagar a cambio de aquellos maltratados y humillados soldados españoles, cuentan que Alfonso XIII (accionista de sustanciosas empresas en el Protectorado) exclamó: “¡Qué cara está la carne de gallina!”
            Esta vida de Luis Bello puede considerarse como una sintética enciclopedia de la vida española durante el primer tercio del siglo XX, a la vez tan lejana y tan cercana a nosotros.
            A Luis Bello, en agradecimiento a su Viaje por las escuelas de España, a su elogio del magisterio y a su empeño por mejorar la educación de los pueblos más remotos, se le regalaría una casa por suscripción popular. Tenía siete hijos, vivía precariamente, aunque era uno de los primeros periodistas de España. Cuando murió, muy pocos años después, esa casa ya no era suya: había tenido que venderla para pagar los gastos de una campaña electoral, con el partido de Azaña, en la que no había sido elegido. Lo sería poco después, al quedar una vacante en Madrid, y como diputado por Madrid presidió la comisión del Estatuto de Cataluña. Su actuación le valió toda clase de insultos por parte de la derecha. Las discusiones de entonces todavía resultan ilustrativas hoy.
            La aprobación de ese Estatuto fue el mayor momento de gloria para Luis Bello, que acompañó a Manuel Azaña en el recibimiento apoteósico que tendría lugar en Barcelona. Muy poco después, tras los acontecimientos del 34, ambos serían encarcelados.
            No tuvo tiempo de ver la catástrofe del 36. Murió, esperanzado, pocos días después de asistir al mitin de octubre de 1935 en el campo de Comillas, donde Azaña logró reunir a cientos de miles de personas. El triunfo estaba cerca, pero él no lo vería. Ni, afortunadamente, lo que vendría después.
            Pero aunque participó en política, Luis Bello fue sobre todo periodista: colaboró en toda la prensa importante de su tiempo, de El Imparcial a El Sol, dirigió durante dos años El Liberal, de Bilbao (donde coincidió con Indalecio Prieto), fue uno de los principales redactores de La Esfera, fundó la Revista de Libros, Europa, Política y otras publicaciones de gran ambición intelectual pero de muy corta vida por motivos económicos.
            El fracaso de Luis Bello –un hombre de quijotesca apariencia que no duró en arremeter contra todos los gigantes o molinos de viento que se le aparecían en el camino– fue el fracaso de una generación y de la manera más noble de ejercer política y periodismo.   

sábado, 15 de julio de 2017

Poesía, devoción y mixtificación


¿En qué estabas pensando?
Antología de la poesía devocional de la India, siglos V-XIX
Jesús Aguado
Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2017.

De la poesía devocional India lleva el poeta Jesús Aguado ocupándose desde hace de treinta años. En 2007, le dedicó ya una espléndida antología, que ahora corrige y amplía. La anterior selección reunía a cincuenta poetas de entre los siglos V y XIX; la nueva, a casi un centenar.
            Varios de esos autores son considerados santos en sus respectivas comunidades religiosas y sus poemas siguen siendo rezados o cantados y alcanzan hoy una insólita difusión gracias a Internet. La mayoría de ellos profesan el hinduismo, pero hay también musulmanes, budistas y jainistas, como muestra de la pluralidad religiosa de la India.
            Los textos originales están escritos en decenas de lenguas y muchas veces en una variante arcaica. Jesús Aguado, a pesar de haber vivido en la India (es autor de La astucia del vacío, un diario de su estancia en Benarés), traduce los poemas fundamentalmente del inglés, aunque también del francés o del italiano.
            ¿Le quita eso valor a su libro? Quizá para los especialistas, pero no para los lectores de poesía. ¿En qué estabas pensando? (título quizá poco afortunado) es, antes que ninguna otra cosa, literatura, espléndida literatura. Para leerlo con provecho, como para leer a San Juan de la Cruz, no es necesario participar de las creencias de sus autores, ni siquiera en su ecléctica versión contemporánea que tantos adeptos cuenta en el mundo occidental: “La tierra destrozada / por sus pies retumbantes. / Su corona hace añicos las estrellas. / Cuando extiende sus manos / ruedan mundos. / Desfallece la Tierra. / Los molinetes de sus brazos / dejan contusionados los planetas. / Y con la punta del cabello roza / el último rincón del Universo. / Cuando, como este día, / decides proteger el mundo, / oh Señor de los Ríos que se Encuentran, / te pones a danzar” (Basavanna).
            Muchos de estos textos nos sorprenden por su modernidad: podrían haber sido escritos hoy mismo. Y eso nos hace dudar de si son traducciones, aunque indirectas, o libérrimas recreaciones y de si no se habrá deslizado entre ellos algún apócrifo.
            Las notas biográficas, tan imprecisas como sugerentes, acentúan esa impresión. Del poeta Dhiro se nos dice: “Siglo XVIII. Escribió en gujarati. Tenía una manera curiosa de dar a conocer sus poemas: una vez terminados los introducía en el hueco de una caña de bambú y luego lanzaba esta al río que conectaba su aldea con otras vecinas. Sus obras ofrecen una síntesis de la filosofía vedanta”. Copio uno de sus poemas: “Una brizna de hierba: / detrás una montaña, / pero nadie la ve”. Otro ejemplo: “Si intentas navegar / en un barco de piedra, / sin importar que seas / un remero excelente, / os hundiréis los dos / hasta lo más profundo”.     
            Jesús Aguado nos ofrece al final del libro una extensa bibliografía, pero sirve de poco cuando dudamos de la existencia de un autor o de la autoría de un determinado poema. Al final de cada ficha biográfica debería aparecer una referencia bibliográfica precisa que nos indicara dónde podemos encontrar los textos originales.
            Generalmente, Aguado prefiere no dar fechas concretas de los autores y se limita a situarlos en un siglo. Cuando las da, como en el caso de la poeta Tarigonda Venkamamba (sus canciones pueden escucharse en youtube), las suyas, 1800-1866, no coinciden con las que encontramos en otras fuentes: 1730-1817.
            Aunque haya mucha erudición detrás, este libro no deber ser leído como obra de erudición y las biografías de algunos autores deben leerse con la misma suspensión de la incredulidad que las vidas de los santos milagreros. Ramalinga Swamy (1823-1874) “forzado a casarse, se pasó la noche de bodas leyéndole a su mujer un texto religioso. Curaba leprosos y ciegos con cenizas consagradas. Se dice que su cuerpo resplandecía tanto (poseer un cuerpo dorado es uno de los atributos de los siddhas) que nunca pudo ser fotografiado, algo que se intentó hasta en ocho ocasiones. El treinta de enero de 1874 anunció, en el que sería su último discurso, que ese día entraría en samadhi. Se introdujo en su cuarto, se tendió en una alfombra y pidió que cerraran la puerta por fuera. Como había anunciado, nunca más fue visto. Porque, a pesar de que se inició una investigación policial, de la que se derivaron varios informes, su cadáver desapareció para siempre”.
            Un misterio digno de Sherlock Holmes, ciertamente, y sin embargo no se trata de ninguna ficción, como pudiera pensarse; al lector curioso le resultará fácil encontrar más datos sobre Ramalinga.
            Algo de libro de autoayuda tiene también este libro fascinante: “Si sabes que estás vivo / saca jugo a tu vida. / La vida es de esa clase de invitados / que nunca le visita a uno dos veces” (Kabir).
            ¿En qué estabas pensando? entremezcla devoción y mixtificación, rezos de ayer e inquietudes de siempre. Teología como una rama de la literatura fantástica y erudición como un disfraz de la literatura.

            

sábado, 8 de julio de 2017

María Belmonte, la mirada ilustrada


María Belmonte
Los senderos del mar
Acantilado. Barcelona, 2017.

Desde el Viaje alrededor de mi cuarto, de Xavier de Maistre, sabemos que el interés de un viaje –y de un libro de viajes– no depende del número de kilómetros ni del exotismos de los países que se visiten. María Belmonte, nacida en Bilbao, recorre a pie los ciento cincuenta kilómetros que separan su ciudad natal de Biarritz, y ni siquiera lo hace de un tirón, sino en varias jornadas separadas en el tiempo. Sin embargo, el libro en que nos lo cuenta es una pequeña obra maestra que no podemos dejar de leer, que nos enseña a mirar el mundo de otra manera.
            ¿Cómo lo consigue? Camina por la orilla del mar (el mar es el gran protagonista del libro), pero no se limita a describir lo que ve y a narrarnos las anécdotas del camino. La suya es una mirada ilustrada. En un grano de arena –como quería Blake– sabe ver un mundo; las rocas le cuentan la historia del universo.
            María Belmonte, antes de emprender el viaje, se ha pertrechado bien intelectualmente. Una breve historia de casi todo es el título de un libro de Bill Bryson que cita a menudo; podía ser también el título de su obra, en la que nos encontramos con fascinantes biografías de los pioneros de la geología, con la historia del surf o de los baños de mar, con páginas dedicadas a la fascinación de los faros o a los viajes de los balleneros vascos por las aguas del Mar del Norte.
            Algo de sintética enciclopedia tiene este libro, de corte didácticamente dieciochesco, pero el arte de la autora hace que nunca canse: nos da una lección como quien cuenta un cuento, su curiosidad insaciable lo convierte todo en aventura personal.
            Los senderos del mar nos descubre la poesía de la ciencia, pero María Belmonte nunca incurre en empalagosos lirismos y eso hace más emocionantes sus reflexiones. Tras recorrer la playa de Itzurun, escribe: “A modo de despedida, deslicé mi mano por los estratos, eones de tiempo comprimidos en centímetros de tiempo por las fraguas internas de la Tierra. Y mientras me alejaba de aquel majestuoso escenario se me ocurrió pensar que dentro de millones de años –casi un parpadeo a escala de tiempo geológico– todo lo que constituye nuestro mundo, incluidos nosotros los humanos, los sonetos de Shakespeare, los rascacielos de Manhattan, las pirámides, Santa María del Fiore, los teléfonos móviles, los residuos nucleares, los tigres y las ballenas, las luciérnagas…, todo estará reducido a unos estratos de roca de unos centímetros de espesor como lo está ahora la apacible época jurásica en la que medraron los dinosaurios”.
            Geología y elegía, costumbrismo y magia. María Belmonte no tiene inconveniente en hacer excepciones en su viaje a pie (a veces se sube a un autobús) o en desviarse de su camino para conocer a un personaje que la interesa especialmente, como cuando se acerca a Leitza, en las laderas de la sierra de Aralar. Va hasta allí para encontrarse con Iñaki Perurena, levantador de piedras, que ha creado un museo dedicado a ese peculiar deporte. Y reproduce un poema suyo, “Hablando con la piedra”, que es un fascinante poema de amor: “Cuántas horas, días y años / pensando en ti, unido a ti. / He oído que no estás viva, / que eres fría, pesada, oscura… / Pero mi contacto te despierta, mis caricias te avivan, / te vuelves ligera entre mis brazos y te elevas sobre mis hombros. / Mi piedra querida”.
            Los territorios que recorre María Belmonte no solo guardan ecos de la historia del mundo, también de su propia historia: en ellos transcurrieron su infancia y su adolescencia. Por eso este libro tiene también mucho de autobiografía y de autorretrato, aunque sin ningún exceso narcisista. No ignora que el secreto de aburrir, según las repetidas palabras de Voltaire, es contarlo todo. Ella, que tanto gusta de hablar de tantas cosas, de sí misma solo da los datos imprescindibles para que la sintamos como una acompañante cercana.
            Nada extraordinario sucede en este viaje, que no pretende establecer ningún record, que parece estar al alcance de cualquiera, pero a cada instante ocurren maravillas: “No llevaba ni cinco minutos cómodamente instalada y dispuesta a disfrutar plácidamente del resto de la tarde cuando un arcoíris se desplegó, inmenso, desde la costa hasta perderse en el fondo del mar. Un semicírculo perfecto de vivos colores con ese misterioso contraste entre un espacio interior luminoso y una franja exterior oscura. La lucha entre la luz y las tinieblas. Por muchas veces que uno haya visto un arcoíris, el espectáculo siempre le pilla desprevenido. Aunque más o menos sepamos la explicación científica, su visión nunca deja de cautivarnos. Si avanzamos hacia él, se alejará de nosotros. Tampoco podemos tocarlo, ni olerlo, ni colocarnos debajo de él, ni alcanzar sus extremos”.
            La mitología, la etimología, la botánica, la literatura, la pintura, los recuerdos familiares: de todo echa mano María Belmonte para enseñarnos a ver, porque los ojos "no ven, saben", como afirmó Jorge Guillén; de ahí que “nuestra respuesta al paisaje está determinada por la cultura y ha ido cambiando a lo largo de los siglos".
            Los senderos del mar nos hace más sabios y nos anima a preparar la mochila y salir al camino para descubrir nuestro entorno más cercano, no menos enigmático que las antípodas. ¿Qué más se puede pedir a un libro de viajes?

sábado, 1 de julio de 2017

Spender, Isherwood, Auden: los ingleses en el extranjero


Diario de Sintra
S. Spender, C. Isherwood, W. H. Auden
Edición de Matthew Spender
Traducción de David Paradela
Gallo Nero. Madrid, 2017.

Lo que parece más natural en el ser humano, como formar una pareja, es también una cuestión cultural. Las relaciones homosexuales son tan antiguas como la humanidad, pero las parejas estables entre personas del mismo sexo son un invento del siglo XX, aunque, como en todo, puedan encontrarse antecedentes.
            Los hombres que amaban a otros hombres, si querían formar una familia, buscaban una mujer, y no solo por presión social (o no solo por presión externa: para ellos mismos parecía imposible una relación sentimental estable –un matrimonio, tuviera reconocimiento legal o no– entre personas del mismo sexo).
            Los escritores ingleses de los años treinta que protagonizan Diario de Sintra, un volumen preparado por el hijo de uno de ellos, Mattheu Spender, ejemplifican muy adecuadamente estas cuestiones.
            Adelantemos que, si el título resulta engañoso, la nota de la contraportada es errónea. Dice así: “En 1935, W. H. Auden, Christopher Isherwood y Stephen Spender, los tres escritores ingleses más importantes de su generación, llegan a Sintra, antigua capital de Portugal. Su idea es alquilar una casa grande donde poder vivir todos juntos para siempre. En la localidad lusa se dedican a escribir y a conversar, y mantienen un diario común de diciembre de 1935 a agosto de 1936 en el cual todos son responsables de contar historias y anotar sus observaciones”.
            Pero quienes se embarcan en Amberes con destino a Portugal son Isherwood y Spender, acompañados de sus amantes, Tony Hyndman y Heinz Neddermayer. Han vivido en la liberal república de Weimar, de la que los expulsó el nazismo, y la puritana y convencional Inglaterra se les hace insoportable. En el barco comienzan a escribir un diario a tres manos (Heinz, un chico de la calle, carece de conocimientos literarios). Ese diario termina en enero del 36.
            Pero el diario común, que permanecería inédito, es solo una parte de este Diario de Sintra, en el que también encontramos fragmentos de los diarios privados de Isherwood y Spender, junto con los de otros personajes que conocieron en Portugal, y abundantes fragmentos de su correspondencia. De Auden, quien llegó posteriormente a Sintra, solo se incluye una posdata de línea y media y una carta de poco más de diez, a pesar de que figura como autor en la portada. Tampoco Sintra fue nunca la capital de Portugal y las notas, tomadas de la edición italiana según se nos indica, dejan a veces mucho que desear: “El dictador Salazar, llegado hacía poco al poder –leemos en la página 79–, se mantuvo en el cargo hasta su muerte, en 1962”. Pero ni en 1935 hacía poco que Salazar había llegado al poder, ni se mantuvo en el cargo hasta su muerte (le sucedió Marcelo Caetano) ni murió en 1962, sino en 1970.
            El error de la contraportada resulta, sin embargo, útil: al repetirlo los suplementos que hablan del libro –Babelia, por ejemplo– nos advierte del poco caso que debemos hacer a las recomendaciones de los suplementos culturales, que en buena medida siguen practicando la “crítica solapada”, el corta y pega de la publicidad editorial.
            Diario de Sintra resulta apasionante por muchos conceptos. Los ingleses en el extranjero, aunque sean escritores progresistas, adoptan una posición de superioridad. Se relacionan fundamentalmente con otros compatriotas. De Portugal, a estos jóvenes escritores progresistas, solo les interesa el paisaje, el clima y lo barato que está todo. Algún mayor interés mostrará Spender por la realidad española: viajará a Barcelona, conocerá a Marià Manent, tendrá noticia de la poesía de Lorca. En abril de 1936 le escribe a Isherwod: “Aquí hasta los políticos son interesantes, se parecen a los irlandeses, por aquello de la perpetua pugna entre castellanos y catalanes. Ayer conocimos a Companys y a varios miembros del parlamento, que parecían buena gente. Acaban de salir de la cárcel, donde han pasado dieciocho meses”. La colonia inglesa “habla de los españoles, y sobre todo de los catalanes, como los colonizadores de los indígenas”.
            Las relaciones de Spender e Isherwood con sus amantes son muy diversas. El primero trata de poner a Tony Hyndman a su nivel: dirige sus lecturas, le hace escribir en el diario común (Hyndman participa en la guerra civil española y es autor de algún poema no enteramente desdeñable); el segundo, en cambio, no intenta nunca integrar a Heinz en la conversación común y lo trata “como a un perro al que quiere, pero que debe quedarse junto al fuego y no dar problemas”.
            De Tony Hyndman (aunque ocultando su verdadero nombre) habla ampliamente Spender en sus memorias, Un mundo dentro del mundo, quizá lo que menos ha envejecido de su obra. Al lector actual –se publicaron en 1951– le sorprende la mezcla de franqueza y veladuras sobre las relaciones homosexuales: “No quería vivir solo ni pensaba en casarme. Mi ánimo era el de las personas que ponen un anuncio en el periódico para pedir compañía. Solía preguntar a mis amigos si tenían algún amigo que me conviniera. De modo que cuando conocí por azar a un joven desempleado que se llamaba Jimmy Younger, le pedí que se fuera a mi piso y trabajara para mí”. Las prestaciones sexuales parece que iban incluidas en ese contrato de trabajo, como las de los señoritos con las criadas. Medio en broma, medio en serio, Auden se quejaba en 1947 de que en Estados Unidos no hubiera “una tradición feudal” como en Europa: “Yo pienso que, si le pido a un miembro de una clase inferior que se vaya a la cama conmigo, este tiene el deber de hacerlo”.
            Matthew Spender ha armado, con material disperso, una novela psicológica tan sugerente por lo que calla como por lo que dice. Buena parte de las tensiones del siglo XX se encuentran reunidas en estas páginas de no ficción como en un microcosmos.

sábado, 24 de junio de 2017

Arthur Koestler: una vida, cien novelas


Arthur Koestler. Nuestro hombre en España
Jorge Freire
Editorial Alrevés. Barcelona, 2017.

El siglo XX cuanta con pocos personajes tan apasionantes como Arthur Koestler. Su vida da, no para una, sino para muchas novelas. Jorge Freire se centra en el episodio de su detención en Málaga el año 1937, su traslado a Sevilla, su condena a muerte, la imprevista liberación final al ser intercambiado por la mujer del capitán Carlos Haya, una de las figuras más destacadas de los sublevados. Antes de esa aventura, Koestler ya había sido protagonista de otra durante la guerra civil. A poco de comenzada, logró disimular su militancia comunista y entrevistar en Sevilla a Queipo de Llano haciéndose pasar por corresponsal de un diario británico conservador.
            Con criterio muy cinematográfico, Jorge Freire alterna en cada capítulo el episodio de 1937, reconstruido casi hora a hora, con amplios resúmenes de los antecedentes.
            A sus treinta y dos años, Arthur Koestler había tenido tiempo para conocer de primera mano el derrumbe del imperio austrohúngaro –había nacido en Budapest, de familia judía–, participar en la revolución comunista de Béla Kun, abandonar sus estudios de ingeniería para ir a Palestina a trabajar en un kibutz, renunciar pronto para llevar allí una vida casi de mendigo, ser nombrado corresponsal en Oriente Medio de la más importante cadena de periódicos alemanes, convertirse luego en director de la sección científica de la más importante cadena de periódicos alemana, cambiar el sionismo por el comunismo, ser un activo agente del konmintern, apasionarse con incontables aventuras amorosas… Esto último sería, la causa de que empezara “a escribir novelas mucho más tarde que lo normal” si hemos de hacer caso a sus palabras: “Mis amores durante estos años fueron tantos y tan intensos que mataron el ansia creadora. Las calorías que gasté en ellos habrían bastado para escribir media docena de novelas. Pero habrían sido malas novelas, y en cambio como vida fue excelente”.
            Con su primera novela, Oscuridad a mediodía (en España titulada El cero y el infinito), de 1941, alcanzó de inmediato un éxito mundial. Al denunciar los procesos de Moscú, Koestler sabía bien de qué hablaba: ahora defendía a las víctimas, pero poco antes había sido uno de los fanáticos inquisidores.
            El libro de Jorge Freire nos deja con ganas de saber más cosas de este personaje fascinante. Lo cerramos y abrimos de inmediato el primer tomo de la autobiografía de Koestler, Flecha en el azul. Arthur Koestler no fue solo un fue solo un incansable aventurero en busca de una fe a la que servir ciegamente; fue, además, un escritor excepcional: hablara de lo que hablara, sabía cómo atrapar al lector desde las primeras líneas.
            Tras releer las obras de Koestler que Jorge Freire resume y a ratos rebate, la valoración de su libro no puede ser la misma. A ratos da la impresión de no haberse enterado del todo.
            Koestler comienza su autobiografía con un “horóscopo secular”, con un comentario a las noticias del día de su nacimiento. Ese espléndido capítulo, Jorge Freire lo resume así: “Bastaba una copia del Times londinense del 6 de septiembre de 1905 para apreciar los movimientos telúricos que animaban entonces el mundo: pogromos antijudíos, ataques a obreros, editoriales sobre el acuerdo que ponía fin a la guerra ruso-japonesa, encomios al laissez-faire…
            ¿Encomios al laissez-faire? Exactamente lo contrario es lo que se deduce del editorial del Times que contrapone “la subordinación del individuo a la tribu y al Estado” que manifestaron los japoneses victoriosos al “excesivo individualismo” de Occidente. Lo que marcaba la hora de su nacimiento, indica Koestler, era “el fin de la era del liberalismo y del individualismo”.
            Se entretiene luego Freire subrayando los errores de Koestler. Pero esos presuntos errores se deben solo a lecturas apresuradas. Un ejemplo: “Koestler afirmaba que su abuelo era un social-revolucionario que había desertado del ejército ruso después de la guerra de Crimea. No cabe duda de que un abuelo eserista le habría conferido un blasón de quijotismo, algo apremiante para alguien que, como él, buscaba enderezar los renglones torcidos de su vida con un relato congruente. Sin embargo, los eseristas surgieron varios años después de la guerra de Crimea, lo que hace de su explicación una sencilla patraña”.
            ¿Una sencilla patraña? Veamos lo que dice Koestler de su abuelo: “Por qué huyó de Rusia, no se sabe. Tal vez fuera desertor del ejército, o tal vez se viera complicado en el movimiento Social-Revolucionario, o quizá, después de todo, haya cometido un crimen. Naturalmente, prefiero creer que era un revolucionario socialista”.
            Koestler escribe con cautela e inteligencia (“no se sabe”, “tal vez”, “prefiero creer”), Freire con juvenil desparpajo y algún descuido: afirma que en 1896 se construyó en Hungría el primer ferrocarril de Europa (p. 24), cita equivocadamente a Machado (“por qué llamamos caminos a los surcos del azar”, p. 80), etc.
            El mayor mérito de Arthur Koestler. Nuestro hombre en España es que, tras su rápida y amena lectura, nos deja con ganas de saber más del escritor. Buscamos entonces sus libros y descubrimos que fue, además de un singular personaje, un lúcido ensayista y un maestro de la narración autobiográfica. La comparación entre cómo cuenta un pasaje de su vida el propio protagonista y cómo lo parafrasea Jorge Freire convierte al segundo en un algo apresurado, aunque no por eso desdeñable, divulgador.

domingo, 18 de junio de 2017

De Ulrica a Javier Otárola


Homenaje a Borges
María Kodama
Lumen. Barcelona, 2016.

Sobre la relación entre María Kodama y Jorge Luis Borges hay una leyenda negra y otra rosa; ambas, aunque en apariencia incompatibles, son probablemente verdaderas.
            Quizá las más hermosas dedicatorias que un poeta haya escrito nunca se encuentran en La moneda de hierro, La cifra y Los conjurados, los tres últimos libros de versos de Jorge Luis Borges. Son otros tantos poemas en prosa y están dedicados a María Kodama, alumna primero, colaboradora después, con quien se casaría en Ginebra poco antes de su fallecimiento.
            Tras la muerte de Borges, en 1986, María Kodama, discutida heredera de los derechos de autor, se dedicó a promocionar muy eficazmente su obra por todo el mundo. Homenaje a Borges recopila una amplia muestra de las conferencias que dio en los más diversos lugares (no suelen indicarse).
            La edición es descuidada (carece de editor en el sentido intelectual del término, como viene siendo habitual en los grandes grupos editoriales) y no escasea en errores, fruto de una corrección mecánica: se habla varias veces de la “avidez” de Kant (para referirse a la aridez de su prosa), se confunde la fecha de la cita final con la de la conferencia “Borges y el Oriente”, se titula “Juan Goytisolo nos presenta” (son sus primeras palabras) un texto en el que Goytisolo no presenta a nadie… Esos descuidos (fácilmente subsanables con un editor profesional), aunque irritantes, no limitan el interés del conjunto.
            María Kodama se muestra en estas páginas como una excelente conocedora del universo borgiano y se ocupa, con inteligencia y erudición, de sus obsesiones fundamentales: la memoria, las bibliotecas, el tiempo, el Oriente, el Golem, los sueños. Son páginas divulgativas, con algún apunte autobiográfico, que es quizá lo que más agradecerán muchos de los lectores.
            Nos habla del desagrado que Borges sentía ante uno de sus poemas más famosos, el soneto “El remordimiento” (“He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer…), escrito  tres días después de haber muerto su madre. “Consideraba a este poema –señala Kodama– espantosamente sentimental y carente de la distancia que éticamente debe mediar entre experiencia y realización”.
            En ese rechazo debía haber algo de coquetería: Borges no podía ignorar que el sorprendente comienzo (considerar la infelicidad como un pecado) ya lo alejaba de un mero desahogo sentimental.
            Acá y allá nos va dejando pistas de su relación con Borges, que a ratos parece un tanto fantaseada. Tenía cinco años cuando le leyeron el primer texto de Borges, uno de sus poemas ingleses, y ella quedó impresionada para siempre, especialmente por los dos versos finales: “Puedo darte mi soledad, mis sombras, la angustia de mi corazón; / estoy intentando sobornarte con la incertidumbre, el peligro, el fracaso”.
            A los doce años lo escuchó por primera vez en una conferencia; a los dieciséis comenzó a ser su alumna. Tras la muerte de la madre de Borges (en 1975) se convirtió en su acompañante exclusiva en los viajes al extranjero. Esa relación iría pasando por distintas fases hasta culminar “en el amor que nos habitaba, mucho antes de que usted me lo dijera, mucho antes de que yo tuviera conciencia de mis sentimientos”.
            La revelación de ese amor tuvo lugar en Islandia y se cuenta secretamente en el cuento “Ulrica”, de El libro de arena. Por eso, en la estela funeraria de Ginebra, aparece la inscripción “De Ulrica a Javier Otárola” y la cita de la Völsunga saga que Borges puso al frente de ese cuento.
            Un psicoanalista tendría mucho que decir de esa historia de amor. La traducción de la cita dice así: “Tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos”. Extraña inscripción como resumen de una historia amorosa. En el cuento desaparece esa espada, pero no parece que eso suponga la realización física del amor: “No había una espada entre los dos. Como la arena se iba el tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica”.
            Por si no quedara claro, en el epílogo Borges señala la “afinidad” de “Ulrica” con “El otro”, donde relata un fantasmagórico encuentro consigo mismo. La fría espada que separaba a estos amantes –que siempre se trataron de usted, que en la intimidad, si hemos de creer a Kodama, se daban los nombres cariñosos de Ulrica y Javier Otárola (así, con apellido)– solo desapareció en un vago sueño erótico que tuvo lugar en Irlanda, no en la realidad.
            Extraña historia de amor, ya digo. “Su padre la educó para mí”, indica Kodama que le repetía a menudo Borges. Y en la “Inscripción” al frente de Historia de la noche, uno de los mejores ejemplos del recurso de la enumeración caótica, tan característicamente suyo, entre las razones de la dedicatoria (“Por los mares azules de los atlas… Por Venecia de cristal y crepúsculo”) se encuentra “Por la memoria de Leonor Acevedo”, la madre de Borges.
            También hay lugar en estas páginas para el haiku, ciertos episodios de la historia argentina, los relatos de Cortázar. Pero son las luces y las sombras que añaden al retrato del escritor y lo que nos dejan entrever de su extraña relación final lo que impide que sean una prescindible pieza más en la inabarcable bibliografía borgiana.