miércoles, 16 de mayo de 2018

Manuel Neila, ética y estética


J

El juego del hombre
Manuel Neila
Renacimiento. Sevilla, 2018.

El auge actual del aforismo entre los escritores españoles debe mucho a la figura de Manuel Neila. Poeta, traductor, ensayista, le ha dedicado al género importantes estudios, recogidos en el volumen La levedad y la gracia, y diversas antologías; además ha editado o reeditado a los principales aforistas en la colección “A la mínima”, que se publica bajo su dirección.
            Es también Manuel Neila un destacado cultivador del género. A sus Pensamientos de intemperie (1912) y a sus Pensamientos desmandados (1915), añade ahora una nueva serie, Pensamientos del malestar, y con ella completa la trilogía que ha titulado El juego del hombre y subtitulado “Discordancias”.
            Manuel Neila, como aforista, descree del ingenio y desdeña la ocurrencia fácil (“No hay tonto más molesto que el ingenioso”, afirma citando a La Rouchefoucauld), aunque a veces –algo que parece inevitable después de Gómez de la Serna– incurre en la greguería: “Hay erratas y erratas. Las últimas deberían escribirse con hache”.
            Conoce bien, y alude a ellos con frecuencia, a los maestros del género, especialmente a los moralistas franceses y a autores como Lichtenberg o Nietzsche, de quien procede el título, “El caminante y su sombra”, de la serie dialogada dispersa por los diversos capítulos de El juego del hombre.
            Aunque a menudo toca temas filosóficos, su especialidad es la crítica de la sociedad contemporánea. La sociedad de masas, la sociedad del capitalismo avanzado encuentra en él uno de sus más radicales detractores. A veces esa crítica se concreta en  el mundo literario, en el que, como él mismo diría, no deja títere con cabeza, aunque sin citar nombres. Los que podríamos llamar metaaforismos, o aforismos sobre el propio aforismo, son también abundantes.
            Llama la atención, en un estilo un tanto arcaizante, el abundante uso de las interjecciones, que lleva a un cierto amaneramiento. Cito algunos ejemplos: “Los mediocres de la clase media atribuyen sus errores a la debilidad de la condición humana… Y ¡hala!, a seguir errando”, “A los cuarenta años, la vida nos parece una tragedia de Esquilo. A los sesenta, una tragedia de Sófocles. Y a los ochenta… A los ochenta, ¡ay!, posiblemente nos parezca una comedia bufa de autor desconocido”, “(Más éiica y menos cosmética). Lo contrario, ¡helas!, es el camino hacia la servidumbre voluntaria. Y, ¡hace!, todos contentos”. Como “jacarandosos” califica a los artistas de la sociedad “lúdico-masiva”.
            Los moralistas franceses, en contra de lo que parece indicar la expresión con la que se los conoce, no se dedicaban a moralizar, sino a reflexionar sobre las costumbres de la sociedad de su tiempo. Como ha escrito Carlos Pujol, “es dudoso que sean edificantes, más bien tienden a cierto cinismo desengañado y de buen tono”. Manuel Neila, por el contrario, adopta con frecuencia un aire de predicador. La literatura contemporánea, repite a menudo con distintas palabras, ha renunciado a ser arte para convertirse en entretenimiento. ¿Pero es ese es rasgo de la literatura contemporánea o de la literatura de cualquier tiempo? En los años veinte no solo publicaban novelas Gabriel Miró o Benjamín Jarnés; los más vendidos eran Pedro Mata o El Caballero Audaz.
            Al criticar al mundo actual, incurre Manuel Neila en la falacia, bastante común, de compararlo con un imaginario pasado que no ha existido nunca. Un ejemplo: “A decir verdad, el vicio más extendido durante los últimos años, y del que menos se habla, es el vicio supremo de la vulgaridad”. Una frase cierta, pero que ya era cierta en tiempos de los romanos (releamos a Juvenal o a Horacio) y me imagino que también en el antiguo Egipto.
            Aunque resulte difícil definir el género, parece claro que no todos los textos que Manuel Neila incluye en El juego del hombre –título un tanto “vintage”: hoy tendemos a no utilizar “hombre” para referirnos al hombre y a la mujer– pueden considerarse tales. Es el caso de las notas dedicadas a Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado o Gabriel Insausti, que más bien parecen borradores para la solapa de alguno de sus libros. Y aunque en el “Glosario del descreído” que figura como apéndice, los términos se definen como en un diccionario (“Azar: Una de las pocas eventualidades que podemos dar por seguras”), resulta dudoso que se pueda considerar como aforismo personal una definición que parece tomada de la Wikipedia: “El término ‘empatía” (del griego ‘empathés”, ‘emocionado’) es la capacidad cognitiva de percibir lo que otro individuo puede sentir. También es un sentimiento de participación afectiva de una persona en la realidad que afecta a otra”.
            Solemnizar lo obvio es uno de los riesgos que acechan al Manuel Neila aforista; otro, un cierto tono moralista. Acierta cuando abandona la crítica de brocha gorda –sus discordancias son a veces muy concordantes con las de ciertos telepredicadores– y se deja llevar por el humor (“Cualquier político sabe que a la masa hay que agitarla antes de usarla”) y la poesía, las dos armas favoritas de la inteligencia: “Relámpago verbal, el aforismo vuelve visible la noche y audible el silencio”.

sábado, 12 de mayo de 2018

Noche y niebla



La extraña retaguardia
Fernando Castillo
Fórcola. Madrid, 2018.

¿Queda algo por decir del Madrid de la guerra? Docenas y docenas de libros se han dedicado a glosar el heroísmo y la barbarie de aquellos años. Primero fueron las memorias, más o menos noveladas, de los escritores del bando nacional que buscaron refugio en las embajadas (Una isla en el mar rojo, de Fernández Flórez, puede servir de ejemplo); luego llegarían los testimonios del otro lado y los estudios, no siempre más imparciales, de los historiadores.
            Creemos saberlo todo sobre ese Madrid, pero las más de quinientas páginas que Fernando Castillo le dedica (con alguna incursión a Valencia y Barcelona) en La extraña retaguardia  nos demuestran lo equivocado que estábamos. El subtítulo explicita su punto de vista, “Personajes de una ciudad oscura”, y también que el período abarcado llega más allá de los años de la guerra civil hasta incluir el tiempo no menos sombrío en que transcurre La colmena: “Madrid 1936-1943”.
            Fernando Castillo, que no es historiador de profesión, ha sentido desde siempre una especial fascinación hacia el París ocupado por los alemanes, al que ha dedicado dos libros ejemplares: Noche y niebla en el París ocupado. Traficantes, espías y mercado negro (2012) y París-Modiano (2015), que se refiere también de los años posteriores, como indica el subtítulo: “De la Ocupación a Mayo del 68”.
            El modelo de esos libros es el que quiere aplicar a Madrid en este nuevo volumen. No le interesan los grandes personajes históricos, bien conocidos, sino las figuras menores y las zonas de sombra, los agentes provocadores que se mueven entre un bando y otro, entre el hampa y la legalidad.
            La extraña retaguardia se lee como una novela de novelas, esbozadas unas, más desarrolladas otras, como una novela plural y de no ficción donde casi nada es lo que parece.  El comienzo ya nos indica el tono literario que se quiere dar al conjunto: “Amanecía el viernes 17 de julio, espléndido y luminoso, con el fresco olor de la pinada de la Sierra antes de que lo agostase el calor. Desde el Guadarrama, en el Alto del León, Castilla, como salida de un óleo de Darío de Regoyos o de Díaz Caneja, parecía una alfombra amarilla con algunos manchones marrones y verdes, bajo un cielo azul límpido”. Antonio de Goicochea, dirigente del partido monárquico Acción Nacional, avisado de lo que se avecinaba, sale de Madrid en un coche que conduce su chófer y guardaespaldas, Alfonso López de Letona, que será uno de los protagonistas del libro. En el índice de personajes que se incluye al final se sintetiza su trayectoria: señorito de buena familia, delincuente de tres al cuarto que acabó en la Legión, militante monárquico durante la República, agente de los Servicios Especiales y delator en el Madrid de la guerra civil. Un personaje de novela de Patrick Modiano, tan admirado por Fernando Castillo, como tantos otros que se entrecruzan en las páginas del libro: Cándida del Castillo, madre del novelista francés Michel del Castillo: David Vázquez Baldominos, responsable del contraespionaje y de las relaciones y de las relaciones con los agentes soviéticos de Alexander Orlov, que participó en todas las actividades de la guerra sucia contra anarquistas y trotskistas; Francisco Cachero, falso cónsul de Finlandia, que se enriqueció ofreciendo refugio en pisos que solo aparentemente estaban bajo la protección diplomática; Alberto Castillo Olavarría, “equívoco y ubícuo”...
            Fernando Castillo nos lleva al cambiante Madrid de aquellos años –nada tiene que ver la euforia y el terror revolucionarios de los primeros meses con el sacrificado heroísmo de después ni con la traición final–, apoyándose tanto en la documentación histórica como en la literatura, si menos fiel en los hechos notariales más útil para revivir ambientes y recrear la vida cotidiana de entonces.
            Pero no es un historiador profesional, y eso se hace notar en algún punto. Su tratamiento de las matanzas de Paracuellos resulta algo simplificador. Mucho se han discutido esos hechos, que siguen llenos de puntos oscuros, pero para él todo está claro, meridianamente claro: el principal culpable es Segundo Serrano Poncela, a sus 24 años recién nombrado Director General de Seguridad cuando comenzaron los traslados que acabaron en masacre, y luego convertido en uno de los más destacados narradores y ensayistas literarios del exilio republicano. Incluso nos lo llega a presentar presenciando algunos de los desmanes de la policía republicana como un malvado de película: “Imaginamos a Serrano Poncela durante el asalto, tenso, con sus rasgos afilados y la expresión sombría por la preocupación, un aspecto que acentuaban la cazadora de cuero negro, el pelo oscuro, su delgadez y unas cejas negras y pobladas. Un aire que recuerda al del actor rumano Béla Lugosi”.
            Pero esto es literatura, solo literatura. Los hechos: el 6 de noviembre, cuando parece que los sublevados están a punto de ocupar la capital, el gobierno de la República abandona Madrid con destino a Valencia, dejando la ciudad a cargo de una Junta de Defensa encabezada por el general Miaja. De la Consejería de Orden Público se ocupa un jovencísimo Santiago Carrillo, quien nombra a Serrano Poncela director de Seguridad, encargado de las prisiones. Los miles de prisioneros que llenan las cárceles, a pocos pasos de donde se combate, pueden ser liberados en cualquier momento y engrosar las filas de los rebeldes; se decide su traslado a un lugar más seguro. Muchos de esos traslados, en lugar de acabar en Chinchilla o en Alcalá de Henares, acabaron en un descampado y en una ejecución masiva. Varias de las autorizaciones para salir de la cárcel llevan la firma de Serrano Poncela. ¿Organizó él esas masacres? A nadie, salvo a Fernando Castillo, se le ha ocurrido afirmar algo semejante. ¿Estaba al tanto del destino final de aquellos presos? Probablemente, al principio no, pero acabaría enterándose, como su jefe directo, Santiago Carrillo. ¿Pudieron hacer algo para impedirlo? Serrano Poncela, que pronto dimitió o fue cesado y que no tardaría en distanciarse de los comunistas, seguro que no, a pesar de que Fernando Castillo le convierte en el malo de la película; Santiago Carrillo, muy probablemente sí. Lo que parece claro es que ninguno de ellos –sobre los que recayó la más complicada tarea en el peor momento– estuvo en el diseño de esa siniestra operación (muy en la lógica soviética: Alexander Orlov, que luego se pasó a Occidente, tendría bastante que decir).
            No disminuyen estas discrepancias –inevitables cuando se trata de la guerra civil– el interés de La extraña retaguardia, otra vuelta de tuerca sobre un tiempo sombrío que parece tardar más que ningún otro en convertirse definitivamente en historia, en dejar de gravitar sobre el presente.



viernes, 4 de mayo de 2018

Raíces y alas



Aforismos e ideas líricas
Juan Ramón Jiménez
Edición de José Luis Morante
La Isla de Siltolá. Sevilla, 2018.

“Es muy frecuente –casi la regla– que el poeta eche a perder su obra al corregirla”, escribió Antonio Machado en el prólogo a sus Páginas escogidas. En contra de lo que suele pensarse, Juan Ramón Jiménez no fue una excepción a esa regla, especialmente en sus últimos años.
            Llegó incluso a tomar la decisión de publicar todos sus versos como si fueran prosa (Antonio Sánchez Romeralo, en el volumen Leyenda, llevó a cabo ese disparate), argumentando que el poema se dirige a los oídos, no a los ojos, y que por eso resultaba artificiosa la disposición gráfica habitual. Ignoraba –como los malos recitadores– la importancia de la pausa versal para la música del texto, para que el verso sea verso. Afortunadamente, los editores modernos no tuvieron en cuenta esa última decisión del autor.
            La obra en prosa de Juan Ramón Jiménez es tan variada y extensa como su obra en verso, pero menos conocida –salvo el caso de Platero y yo– porque aunque la publicó abundantemente en revistas y diarios, apenas la reunió en volumen. Al título que le hizo popular, Platero y yo,solo se le añaden las caricaturas líricas de Españoles de tres mundos.
            Mucha de la obra en prosa de Juan Ramón Jiménez está formada por aforismos, un género que comenzó a cultivar muy joven y al que siguió fiel durante toda su vida. ¿Cuántos llegó a escribir? Alguna vez se refirió a veinte mil; uno de sus editores, Juan Varo Zafra, habla de doce mil; los que se conocen, y no parece que queden muchos por descubrir, no pasan de cinco mil. No todos tienen la misma calidad, los hay que no pasan de notas inanes, apuntes circunstanciales, simples desahogos.
            Se impone por eso, tras la reconstrucción que Antonio Sánchez Romeralo hizo de Ideología, el volumen en que Juan Ramón Jiménez pensaba reunir sus aforismos, publicar una selección que separe el grano de la paja, lo que interesa solo a los estudiosos de lo que sigue siendo válido para cualquier lector.
            Contamos ya con dos excelentes antologías: Aforismos, preparada por Andrés Trapiello, y Río arriba, a cargo de Juan Varo Zafra. Ambos deciden no tener en cuenta las divisiones y subdivisiones que, siguiendo las indicaciones del poeta, aparecen en Ideología. Andrés Trapiello tiene la honestidad de confesar en su prólogo la razón: “Pese a la utilidad del trabajo de Sánchez Romeralo y su esfuerzo por respetar el propósito del poeta, no siempre he comprendido la babélica arquitectura filológica o crítica en que están compartimentados”.
            José Luis Morante tampoco la ha comprendido, pero no se atreve a prescindir de ella y el resultado es un volumen, Aforismos e ideas líricas, no precisamente ejemplar: el editor emborrona y añade confusión.
            Excelente poeta, infatigable estudioso y divulgador de la poesía actual, José Luis Morante no parece especialista en la obra de Juan Ramón Jiménez. Solo así se explica su indicación de que “en vida” escribió únicamente tres libros en prosa: Platero y yo, Españoles de tres mundos y Espacio. ¿Quiere eso decir que sus otros libros en prosa los escribió después de muerto? Y Espacio no es un libro en prosa, sino un largo poema, que primero se publicó en verso (revista Poesía española, 28, abril de 1954, pp. 1-11) y que luego el poeta decidió poner en prosa, pero que naturalmente siempre incluyó entre su poesía –vease la Tercera antología poética–, no entre su prosa.
            El lenguaje rebuscado de la “Nota a la edición” parece reflejo de la confusión conceptual del editor: “Juan Ramón Jiménez, en sus aforismos publicados e inéditos, empleó asertos concretos que daban autonomía y singularidad a cada escrito, aunque esta norma no se cumple siempre y hay aforismos que no llevan título”. En román paladino: unos aforismos llevan título y otros no.
            Lo incompleto del índice se justifica de esta manera: “Recordando que ‘Arte es quitar lo que sobra’ en el índice de este libro solo figuran los seis libros integrados y la relación paginada de los apartados seleccionados”.
            José Luis Morante no ha leído bien el prólogo de la edición que toma como referencia. Cada uno de los libros que componen Ideología consta de dos partes: una con lo publicado por el poeta y otra con el material inédito, y cada una de esas partes a su vez se subdivide en diversas secciones. Morante las señala en el índice en el primer caso, pero no cuando se trata del material inédito.
            No hay así manera de que el lector se aclare del galimatías que constituye su edición, en la que se entremezclan diversas numeraciones que no sabemos muy bien a qué corresponden. Contribuye al caos el que se emplee el mismo tipo y tamaño de letra para indicar los títulos de los diferentes “libros”, de las diversas secciones, de las subsecciones e incluso de los aforismos.
            No se aclara el lector y no se aclara tampoco el editor. Por eso señala en el índice “Muy lento” como título de la parte quinta del libro tercero, pero es solo un aforismo de la parte anterior que lleva el número 5 (la sección 5 se titula “El color del mundo” y de ella no se selecciona ningún texto).
            A cualquiera que haya hojeado este volumen, le parece una burla lo que indica la “Nota a la edición”: “Se han suprimido los números cardinales que a mi entender fragmentaban el diálogo lector. Creo que el conjunto aforístico es un todo unitario ya que participa de un trasvase incesante de asuntos y vivencias”.
            Pero esos números cardinales, escritos en caracteres diminutos en el margen izquierdo de la página, no son del autor de los aforismos, sino del editor, Sánchez Romeralo: no hace falta justificar que no se empleen.
            Y si el conjunto aforístico “es un todo unitario”, ¿a qué ese llenar de números que no se sabe muy bien a qué vienen cada página? Abrimos una al azar, la 80, y nos encontramos con los siguientes cifras separando los textos (y en este orden): 15, 4, 5, 8, 16, 4.
            El índice –que debe ser como el mapa que guía al lector– no nos aclara nada: esos aforismos –de ahí el caos de la numeración– forman parte de diversas secciones o subsecciones que no figuran en él.
            En resumen: el estudioso de la obra juanramoniana, que vaya a la edición de Sánchez Romeralo; el curioso lector, el interesado en los aforismos, que busque Río arriba o la antología preparada por Andrés Trapiello, a la espera de una edición revisada, muy cuidadosamente revisada, de Aforismos e ideas líricas. Editar es ciencia y arte, requiere ideas claras, gusto e inteligencia. Raíces y alas.

           

viernes, 27 de abril de 2018

Arde Troya o cómo leer a los clásicos



La última noche de Troya
Virgilio
Traducción de Vicente Cristóbal López
Madrid. Hiperión, 2018.

Los clásicos no se leen, se releen. Antes de haberlos leído, ya creemos saberlo todo sobre ellos. Y a veces los damos por leídos sin haberlos siquiera hojeado.
            ¿Quién no conoce la historia del caballo de Troya, de las profecías de Casandra, de las serpientes que acabaron con Laocoonte y sus hijos, del amor imposible de Dido por Eneas? Antes de Virgilio ya se habían contado (los autores clásico tenían a gala no inventar nada) y después nos lo volverían a contar –en la literatura, en el arte– infinitas veces.
            Pero Virgilio lo hizo como nadie y ahora tenemos la posibilidad de escucharle en versos españoles que tienen el empaque del original. Vicente Cristóbal, además de destacado latinista, es poeta –excelente poeta– y eso se nota en La última noche de Troya, que es como ha titulado su versión del Libro II de La Eneida.
            No es mutilar el inmenso poema publicar solo uno de sus doce cantos. La Eneida puede considerarse como un poema de poemas, un conjunto de piezas que valen por sí mismas, aunque juntas adquieran un nuevo sentido, que es tanto literario como político: sustentar el imperio de Augusto en el designio de los dioses. Por eso la escritura de esos doce cantos no siguió un orden cronológico.
            El Libro II fue uno de los primeros que se dieron por acabados y Virgilio se lo leyó al emperador y a su corte. El asombro de aquellos primeros oyentes se mantiene en el lector de hoy. Eneas y los suyos, fugitivos de Troya, han llegado a los dominios de la reina Dido, y esta, al final de la comida que les ofrece en señar de bienvenida, le pide que narre su historia: “Todos callaron y atentos fijaban en él su mirada; / desde elevado sitial así entonces habló el padre Eneas”.
            La Eneida se ha traducido repetidas veces al español en verso y prosa. Para Vicente Cristóbal, traducirla en prosa es hacerla cambiar de género, convertir la epopeya en novela. No me parece que esa sea la única, ni siquiera la principal, diferencia entre poema y novela. También se ha traducido en verso: una de las más difundidas versiones –está publicada por Cátedraen su colección Letras Universales– es la de Aurelio Espinosa Pólit, quien convierte los 804 hexámetros del Libro II en 1148 endecasílabos. Al texto original, le añade más de tres mil versos.
            Para Vicente Cristóbal, la “poesía es discurso vestido de fiesta”, dicción solemne. No vale su afirmación para la poesía en general (hay también poesía –y es quizá la mejor poesía de hoy– en traje de calle), pero sí para la epopeya virgiliana.
            Rubén Darío fue el primero, o uno de los primeros, en remedar la alternancia de sílabas largas y breves de la poesía clásica con la de sílabas tónicas y átonas de nuestra lengua romance (recordemos los dáctilos de su “ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda”), después le han seguido otros, como José Hierro (“otoño de manos de oro, ceniza de oro tus manos dejaron caer al camino”). Vicente Cristóbal consigue el raro milagro de que sus hexámetros no necesiten ni de arcaísmos ni de forzados hipérbatos para evocarnos la magia del latín y la solemnidad de la epopeya.
            Eneas nos cuenta su historia. De todo lo que narra fue testigo o protagonista. ¿Cómo no conmoverse ante la muerte del rey Príamo, ante la obstinación de su padre Anquises, que se niega a abandonar la ciudad, ante la pérdida de Creúsa?
            Vuelve Eneas a buscar a su esposa, no quiere partir sin ella, pero “un simulacro infeliz, de la propia Creúsa reflejo” se le aparece y le profetiza un destino glorioso del que los dioses no quieren que ella forme parte: “Ya digo adiós. Y que al hijo que es nuestro tu amor no le falte”.
            En la noche de Cartago, ante la mirada atenta de Dido (otra mujer a la que deberá abandonar), Eneas ha contado la última noche de Troya: “Ya por las cumbres más altas del Ida asomaba el Lucífero / e iba tirando del día y los dánaos tenían cercadas / puertas y accesos, y no se ofrecía esperanza de ayuda. / Me resigné y, con mi padre en los hombros, busqué las montañas”.
            Ni el lector actual –ni probablemente el de la época clásica– es capaz de soportar un festín de más de diez mil hexámetros sin prolongados descansos ni sin intercalarlo con otras lecturas. Pocos de los que dicen haber leído la Eneida la han leído de verdad, de principio al fin. Ocurre a menudo con los clásicos. También con el tan citado Quijote, que no es una novela, como se nos quiere hacer creer interpretando inadecuadamente el término “parte”, sino dos con el mismo protagonista (leerlas unitariamente resulta tan absurdo como terminar El signo de los cuatro y continuar con El perro de los Baskerville pensando que se trata de la misma novela).
            La Eneida es un libro de libros y como tal debe ser leído. La última noche de Troya nos reconcilia con una obra que teníamos por sabida y olvidada, por materia escolar y repertorio de citas (“iban oscuros en la noche sola”). Un sabio traductor nos proporciona la dosis adecuada para reconciliarnos con ella en una lectura hedónica, la única que justifica que un clásico sigue estando vivo y no es mera materia escolar. Quedamos a la espera de otros cantos en versión de Vicente Cristóbal: el IV, por ejemplo, con la tragedia de Dido, o el VI, con el viaje iniciático al país de los muertos.
            Virgilio le dedicó a la Eneida los mejores años de su vida y no pudo darla por terminada. Es lectura a la que volver una y otra vez a lo largo de la vida, sin dejarnos aplastar por la erudición y la veneración, no siempre vana, que ha generado.



sábado, 21 de abril de 2018

Historia de una obsesión



La mariposa en el mapa
Jorge Ordaz
Luna de Abajo. Oviedo, 2018.

Fue A. J. A Symons, con su En busca del barón Corvo (1934), quien creó el subgénero biográfico que desde entonces recibe el nombre de “quest”, tomado de su título original: The Quest for Corvo. El autor no nos ofrece solo el resultado de su investigación, sino que también se convierte en protagonista y nos cuenta cómo va avanzando en ella, los obstáculos que encuentra, sus propias perplejidades. Buena parte de las exitosas publicaciones de Javier Cercas –El impostor, El monarca de las sombras– se acogen a este esquema.
            También lo hace Jorge Ordaz con La mariposa en el mapa, historia de una obsesión, la que le ligó al escritor Frederic Prokosch desde que a sus dieciséis o diecisiete años se encontró, en un puesto de libros viejos con su novela Tormenta y eco.
            Frederic Prokosch es un escritor norteamericano de paradójica trayectoria literaria: sus mayores éxitos los consiguió con su primer libro, Los asiáticos (1935) y con él último, Voces. Memorias, publicado casi medio siglo después. En medio, un puñado de novelas que tratan de repetir la fórmula de la primera o que intentan sin demasiado éxito nuevos caminos. También era poeta, pero como poeta no tuvo resurrección. En New Poems, una antología de la poesía británica y norteamericana publicada en 1942, se le incluye junto a Auden, Marienne Moore, Stephen Spender, Wallace Stevens o Dylan Thomas, pero a partir de los años cincuenta iría progresivamente desapareciendo de cualquier estudio o antología.
            En España se editaron en los años cuarenta sus primeras novelas, en buenas traducciones de Rafael Calleja. El título de Los asiáticos se cambió por otro más sugerente, pero que disimulaba su condición de novela: Asia misteriosa a través de la aventura y el amor. En el éxito inicial intervino la fascinación por el autor, que gustaba de aparecer en las fotografías con pose de galán de cine, y que se presentaba como un erudito y a la vez un consumado deportista y un aventurero que había recorrido a pie los exóticos países en los que situaba la acción de sus novelas.
            Lo que había de verdad y lo que había de mito en estas afirmaciones lo va descubriendo poco a poco Jorge Ordaz. Los asiáticos nos cuenta el viaje de un joven norteamericano desde Beirut hasta China, pasando por Turquía, Siria, Persia, Rusía, Afganistan, India y lo que entonces se llamaba Cochinchina. El editor español no duda en afirmar que “el autor ha recorrido el trayecto que describe”. En realidad, escribió su novela soñando sobre los mapas sin salir de una biblioteca.
            Luego el sueño se haría realidad y Prokosch se convertiría en una incansable viajero, sin domicilio fijo, hasta recalar en la Provenza, en Grasse, que es donde tardíamente le volvió a encontrar el éxito.
            Las primeras novelas exóticas y cosmopolitas de Prokosch, escritas en una prosa poética que quizá no ha envejecido demasiado bien, tras reeditarse en ediciones populares, se fueron llenando de polvo en las librerías de viejo. La resurrección le llegó al autor en los años ochenta, de la mano, como en Francia, como en el resto del mundo, de Voces, sus fascinantes memorias. En ellas se hace a un lado y quiere aparecer menos como protagonista que como testigo, como el viajero de un siglo que ha conocido a los principales protagonistas del arte y la literatura y acierta a presentárnoslo en su verdad cotidiana.
            ¿Cuánto hay de verdad y cuánto de ficción en esas memorias? Lo que Prokosch nos ofrece no es un documento notarial, sino la novela de la memoria. Recrea, como un buen novelista, a los personajes que ha conocido –Auden, Ezra Pound, James Joyce– y los hace hablar para nosotros, que asistimos fascinados a un viaje en el tiempo donde verdad y mentira resultan igualmente verdaderas gracias a la magia de la literatura. Los párrafos finales que nos presentan al autor envejeciendo “en una casita de campo rodeada de cipreses, en un valle al pie de Grasse” constituyen un emocionante poema en prosa, una hermosa despedida de un autor que jugó a confundir vida y literatura.
            Otra obra maestra escribió Prokosch, El manuscrito de Missolonghi, diario apócrifo de Lord Byron que no desmerecería junto al que podría haber escrito el propio Byron. El prosista algo meloso de los primeros libros es aquí seco, descarnado, ajeno a hipócritas pudores. Lord Byron, sin dejar de serlo (no hay página en la que no tengamos la sensación de estarle escuchando) se convierte en la transparente máscara de lo que Prokosch habría querido ser, de lo que hoy es para los lectores.
            Jorge Ordaz, novelista, geólogo, hombre de raras erudiciones, nos habla de sí mismo tanto como de Prokosch en La mariposa en el mapa, un libro breve y minucioso que algo tiene de cajón de sastre: nos lleva por librerías, rescata cartas de algún amigo, nos cuenta sus peripecias con los editores, reflexiona sobre el éxito y el fracaso, “esos dos impostores”, al decir de Borges.
            Los capítulos propios alternan con otros de textos ajenos que la tipografía lleva en un principio a confundir con los propios. Algunos de ellos sobran claramente (“Pequeños azares”, “Del diario de un aviador”) y el lector pronto siente la tentación de saltárselos. Juega también Jorge Ordaz al apócrifo y con el título de “Catulo en Rottingdean” nos ofrece un supuesto capítulo perdido de las memorias de Prokosch.
            Lo que nos cuenta Jorge Ordaz sobre su trayectoria literaria no deja de resultar interesante, pero el lector hubiera preferido que nos hablara un poco menos de sí mismo y un poco más de ese fascinante mistificador de la vida y los libros que fue Frederic Prokosch, quien en su vejez, como en la adolescencia, soñaba hojeando un libro titulado La vuelta al mundo en ochenta días.
           


sábado, 14 de abril de 2018

Carmen Camacho y la pólvora mojada (con un cameo de Ben Clark)



Fuegos de palabras
El aforismo poético español de los siglos XX y XXI
Edición de Carmen Camacho
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2018.

Los aforismos son textos breves, a veces de una sola frase, de carácter no narrativo (en ese caso se trataría de microrrelatos) que colindan al norte con la filosofía, al sur con la obviedad, al este con la poesía y al oeste con el chiste.
            Durante siglos, los libros de aforismos fueron escasos y muchos de ellos póstumos o colectivos: reunían la labor de un autor a lo largo de su vida o se trataba de recopilaciones temáticas de textos escritos en diversas épocas y lenguas.
            Hoy en día, el aforismo se ha convertido en una moda, sobre todo entre los poetas: apenas hay alguno que no haya publicado más de un volumen. La propia antóloga de Fuegos de palabras, selección del “aforismo” poético español entre 1900 y 2014, es autora de dos: Minimás y Zona franca.
            Gran parte de ese éxito se debe sin duda a la facilidad del género: quien hace un aforismo, hace un ciento. Pocos géneros o subgéneros –quizá solo el haiku supone alguna competencia– se prestan con tanta facilidad al abuso de la buena fe de los lectores.
            Por eso se hacen tan necesarias las antologías de aforismos: alguien ha de separar el grano de la paja, los beneméritos aficionados (¿quién no es autor de una serie de “pensamientos” o de greguerías?) de los maestros del género.
            Carmen Camacho lo intenta, pero es dudoso que lo consiga. Aunque utiliza abundante bibliografía, su trabajo no es estrictamente académico –algo que no tiene por qué resultar negativo–, sino más bien una aportación personal de lectora y cultivadora del género. Por ello, prescinde de indicar la procedencia de los textos de cada autor para “poder desordenarlos de manera que puedan leerse como una muestra representativa y dotada de cierta unidad, en la que cada aforismo, independiente y autónomo, dialoga sin trabas con el resto de la selección”.
            Pronto nos damos cuenta de que su gusto no es muy seguro, que como antóloga es poco de fiar. ¿Puede aparecer Federico García Lorca en una antología de aforismos? Por supuesto, seleccionándolos entre sus textos. Pero Carmen Camacho ha preferido incluir las parodias que hizo de los de Bergamín. Un ejemplo: “El pavo que nuestro director debe en el café es un pavo auténtico, Amadeo”. Otro: “El arte no es lo que creen las gentes. El arte es otra cosa”. ¿Incluir esas y otras bromas circunstanciales entre los mejores aforismos “poéticos” de un siglo no descalifica a una antóloga?
            La selección de Juan Ramón Jiménez concluye con esta eutrapelia: “¡Si renacemos, de veras, yo seré en otra vida guardia civil!”
            De Juan Eduardo Cirlot –ese “raro” que cuenta con tantos admiradores (entre los que no me cuento)– nos ofrece la siguiente vacuidad: “La unidad de la trinidad es la trinidad de la unidad”. Pues qué bien.
            Y de Jordi Doce: “El poeta inglés Peter Redgrove, en 1981, recordando un viejo sueño”.  Recordando un viejo sueño, ¿qué?. se preguntará el lector. Pero ya se sabe que en el aforismo poético, a juicio de Carmen Camacho, cabe todo. Por ejemplo, esta anotación del mismo autor: “En la catedral del Chester, un cura sexagenario pasando la aspiradora delante del altar”.
            Divaga abundantemente en el prólogo Carmen Camacho acerca del aforismo poético, pero no deja claro en qué consiste y para aumentar la confusión, en la “Nota a la edición”, nos dice que en su antología “convergen textos de aforistas puramente poéticos y antipoéticos con aforistas metafísicos y morales que cultivan, además de las formas conceptuales, aforismos de corte metafórico. Junto a ellos, figuran practicantes de los llamados aforismos indirectos, pensadores en cuyos fragmentos aparecen unidos el movimiento indagador de la filosofía y el pálpito poético, y aforistas que, al consignar nociones sobre arte, estética o poética, convierten la formulación de las mismas en poesía”. Idéntico barullo conceptual caracteriza al prólogo, en el que se juega a menudo (también en las introducciones a los autores) con la expresión “fuegos de palabras”, como si se tratara de un concepto preciso.
            No cabe duda de que Carmen Camacho conoce bien la mejor bibliografía sobre el aforismo español contemporáneo –cita a menudo a José Ramón González y a Manuel Neila–, pero no parece conocer tan bien la historia literaria del siglo XX. Al hablar de Eugenio d’Ors, nos dice que sus glosas, escritas entre 1906 y 1917, no están exentas de “lirismo y gracia” y que ella las lee en la versión de Alfonso Maseras. Da la impresión de no haberse enterado de que a partir de esa fecha escribió en castellano y que pocos autores hay tan proclives al aforismo como d’Ors. No ignora, sin embargo, los aforismos de los hermanos Álvarez Quintero. Y yo no puedo resistir la tentación de citar este aforismo de Fernando Arrabal que Carmen Camacho considera digno de figurar entre los mejores aforismos poéticos del siglo XX y lo que va del XXI: “No consigue hablar español, pero ya ha aprendido a no tirar de la cadena después de orinar”.
            ¿Qué es lo que salva, a pesar de todo, a este libro? Que nos permite descubrir a un poligrafo hoy olvidado, como José Camón Aznar; que incluye a nombres, como Andrés Rábago (firma sus viñetas como “Ops” o “El Roto”), poco habitual en la antologías literarias; que nos da una buena selección de Rafael Sánchez Ferlosio, Andrés Trapiello o Andrés Neuman; que incluye nombres poco conocidos, o no suficientemente conocidos, como Ángel Guinda.
            Hay mucha pólvora mojada en estos fuegos de palabras que ha preparado Carmen Camacho, con más laboriosidad que rigor. Pero también hay –para quien sepa encontrarlos– un puñado de dichos memorables que nos hacen pensar, soñar, sonreír y nos acompañarán para siempre.

[Como curiosidad, reproduzco aquí el elogio que el poeta Ben Clark dedica en "El Cultural" de esta semana a esta antología de aforismos. Su opinión no puede ser más entusiasta.]



viernes, 6 de abril de 2018

Literatura y bla bla bla



La lámpara maravillosa
Ramón del Valle-Inclán
Edición Facsímil
Alvarrellos. Santiago de Compostela, 2018.

A los clásicos hay que leerlos con la misma exigencia que a los contemporáneos. En realidad solo son clásicos, y no simple materia de erudición, cuando siguen siendo contemporáneos.
            La obra menos conocida y más enigmática de Valle-Inclán, La lámpara maravillosa, se ha reeditado facsímilarmente en sus dos ediciones, la primera de 1916, y la de 1922, que corregía algunos errores. Pocas veces tiene tanto sentido una edición de este tipo. La lámpara maravillosa iniciaba la serie de las obras completas de Valle-Inclán, que él denominó, “Opera omnia”, y que constituyen el más acabado ejemplo de la estética editorial modernista, con sus arcaizantes capitulares, sus viñetas y sus florituras. En 1916, ese amaneramiento tan fin de siglo estaba a punto de convertirse en algo de epigonal; en los años veinte, cuando aparecieron la mayoría de los tomos, era ya claramente “vintage” frente a la renovación tipográfica vanguardista y la elegancia minimalista juanramoniana.
            También lo era la estética simbolista que preconizaba Valle-Inclán, con su mezcolanza de elementos ocultistas, herméticos y teosóficos. La lámpara maravillosa cuenta con pasajes espléndidos, con esa musicalidad y esa magia propia del autor, pero entreverados con afirmaciones mistéricas propias de la pseudofilosofía y de la pseudociencia.
            A Valle-Inclán siempre le gustó la mixtificación, y sus entrevistas están llenas de afirmaciones epatantes, pero en este libro algunas de sus afirmaciones más llamativas y más confusas es posible que las hiciera en serio. A fin de cuentas, Yeats, Pessoa y otras de las mentes más brillantes de su tiempo también creyeron en las revelaciones de Hermes Trimegisto, los Rosacruces y Helena Blavatsky. Y Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, en los ectoplasmas del espiritismo.
            La primera edición de La lámpara maravillosa está dedicada a Joaquín Argamasilla de la Cerda, carlista como Valle-Inclán, aficionado como él a la parapsicología y descubridor de una nueva ciencia, la metasomoscopia o capacidad de ver a través de los cuerpos opacos. El caso Argamasilla, que involucró a un premio Nobel de Medicina, Charles Richet, y al famoso mago Houdini, armó considerable revuelo en los años veinte. Valle-Inclán fue uno de los que creyeron a pie juntillas, y siguieron creyendo después de que se desenmascarara públicamente, que el hijo adolescente de su amigo era capaz de leer mensajes escritos guardados en cajas de metal herméticamente cerradas. Hasta el doctor Negrín intervino en uno de esos famosos experimentos, que dejaban con la boca abierta a los científicos españoles –entre ellos, “doce profesores del Instituto Médico y Oftalmológico”– y cuyas falsedades descubrió de inmediato Houdini en una sesión celebrada en el Hotel Pennsylvania de Nueva York.
            “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”, escribió Hölderlin. Valle-Inclán es un dios como artista y un menesteroso teorizador. La lámpara maravillosa se salva por lo que tiene de fantasiosa autobiografía. “Cuando yo era niño –comienza la primera parte–, la gloria literaria y la gloria aventurera me tentaron por igual. Fue un momento lleno de voces oscuras, de un vasto rumor ardiente y místico, para el cual se hacía sonoro todo mi ser como un vasto caracol sonoro”. Seguimos leyendo embelesados por la música de esa prosa, tan de otro tiempo, pero que no ha perdido su capacidad de seducción. Otro ejemplo que sobresale en el barullo conceptual que sirve de argamasa, comienza con “recuerdo un caso de mi vida”: una visión de la Tierra de Salnés, cuando “el campo se entonaba de oro con la emoción de una antigua pintura”, tras fumarse su “pipa de cáñamo índico”.
            Hay muchos más pasajes admirables, como la evocación de Toledo y de Santiago, o el recuerdo de su Madrina –“yo conocí a una santa siendo niño”–, aunque en algunos casos no podamos dejar de sonreír ante el florido amaneramiento del estilo, que Valle-Inclán ya había dejado atrás cuando publicó este libro.
            Buena parte del interés de La lámpara maravillosa lo constituyen las ilustraciones de José Moya, otro personaje que lleva consigo su novela (de pintor favorecido por el rey Alfonso XIII paso a ser el favorito de la burguesía californiana), y que fueron realizadas de acuerdo con las indicaciones de Valle-Inclán.
            Una de las editoriales que ha rescatado La lampara marvillosa en su apariencia primigenia, La Felguera Editores, se presenta como “una sociedad secreta”; eso nos indica que el interés de este libro tiene más que ver con la moda de filosofías alternativas, parapsicología y otros embelecos de gran tirón popular que con lo estrictamente literario.
            El tiempo, tan respetuoso con la obra de Valle-Inclán, no lo ha sido demasiado con este ambicioso embeleco, una heterogénea miscelánea con apariencia de tratado hermético. Aunque se salvan algunos pasajes antológicos, el Valle-Inclán de La lámpara maravillosa tiene menos de clásico que de amarillenta curiosidad de época.
           

jueves, 29 de marzo de 2018

Cómo no escribir un poema



Estos días azules y este sol de la infancia
Poemas para Antonio Machado
Visor Libros. Madrid, 2018.

Las antologías temáticas rara vez son antologías; los libros de homenaje no lo son nunca. Una antología supone dos criterios: el primero señala el campo a abarcar (una generación, un siglo, un autor, un movimiento); el segundo, separa el grano de la paja, selecciona solo los mejores poemas.
            En las antologías temáticas –poemas al padre, a Nueva York, al libro o al fútbol– el antólogo suele conformarse con que el asunto elegido aparezca en el poema, aunque sea muy tangencialmente; en los libros de homenaje, se acentúa el todo vale, lo que cuenta es la amistad, la admiración y la buena intención.
            Para celebrar su número mil, algo insólito en una colección de poesía y solo conseguido por algunas ediciones de bolsillo, Visor ha reunido una serie de poemas en homenaje a Antonio Machado. Unos pocos ya habían sido escritos con anterioridad; la mayoría son poemas de encargo, una glosa del último verso de Antonio Machado, que da título al conjunto: “Estos días azules y este sol de la infancia”.
            El resultado es tan heterogéneo que sirve muy bien para representar a una caótica colección de poesìa donde los nombres imprescindibles de las últimas décadas alternan con otros más que prescindibles, ganadores por lo general de algún concurso, y las excelentes traducciones con las manifiestamente mejorables.
            Casi un centenar de poemas contiene Estos días azules y este sol de la infancia pero hace falta muy buena voluntad para encontrar más de una docena de poemas. En su mayor parte resultan naderías (no importa si firmados por nombres respetables: Claribel Alegría, Antonio Colinas); solo en unos pocos casos resultan representativos de su autor. Un ejemplo, las “Diferencias” de Antonio Carvajal, con su cuidada y algo manierista versificación: “Todo respira paz: la misma rosa / de ayer, su igual color, su igual perfume; / el mismo viento y fronda rumorosa; / la misma sed que abrasa y no consume / el cristal del arroyo; los bulbules / –coros de amor astrales– / con su misma canción; la igual fragancia / de las cómodas anchas, maternales. / Pero no son los mismos días azules / ni este es el mismo sol que hubo en tu infancia”. Otro ejemplo: Pablo García Casado y su poema en prosa sobre el acoso escolar. A veces el poeta parece caricaturizarse a sí mismo, como Manuel Vilas en la enumeración feísta de su “Vida de un hombre cualquiera” o Luis Antonio de Villena en la versiprosa de “El tiempo siempre es algo distinto”.
            Muy pocos poetas salen con éxito del encargo: Felipe Benítez Reyes y sus serventesios alejandrinos asonantados, Lorenzo Oliván y su oración al Dios ibero, Luis Alberto de Cuenca y su memoria de infancia.
            Ada Salas, de acuerdo con su estética minimalista, reduce al máximo la glosa, exactamente a dos adverbios, también muy machadianos (“Hoy / todavía / estos cielos azules y este sol de la infancia”), mientras que Joaquín Pérez Azaústre, José Luis Rey, Antonio Lucas o Juan Carlos Mestre dan rienda suelta a su verbalismo habitual (no exento de encanto en el caso de Rey ni de eficacia, aunque más en la recitación que en la lectura, en el caso de Mestre.
            Por lo general, los poemas que se salvan del libro ya se habían escrito antes (no siempre el encargo es la mejor musa) y otro habría sido el valor de esta antología si se hubiera limitado a seleccionar entre los poemas dedicados a Antonio Machado, algunos tan espléndidos como “Fatum”, de Miguel d’Ors, o “Camposanto en Colliure”, de Ángel González. Con este último dialoga el de Luis García Montero, que nos habla de otra visita, años después del famoso viaje generacional de 1959,  a ese cementerio: “Se conmueve el camino a la orilla del mar. / Parece un látigo en el aire / de febrero lluvioso. / Cuando baja del coche, / Ángel González duda, / pone sus pies heridos en la historia / y sube muy despacio, / entre muros franceses / y casas repintadas / con el azul de los veranos / hasta llegar al cementerio”.
            Antonio Machado, tras su muerte en el exilio francés, se convirtió en algo más que un poeta, en un símbolo cívico, lo que acabó transformándole en una figura de cartón piedra y potenciando la parte más caduca de su obra.
            Muchos de estos prescindibles ejercicios insisten cansinamente en esa huida de España y en la muerte en la pensión Quintana. Se agradece por eso el cambio de tema de Jenaro Talens, una elegía a su abuela muerta en tierras distante, e incluso el despiste de Clara Janés, que manda un poema dedicado a Max Planck (donde, por supuesto, no se menciona el verso de Machado) y en la editorial, marca de la casa, no hay nadie que se dé cuenta.
            Aunque incluya algún poema entre tantos ejercicios, el lector de poesía puede prescindir de este libro, que sin embargo dará mucho juego en los talleres literarios, al enseñarnos no cómo escribir un poema, sino cómo no escribirlo.
           

viernes, 23 de marzo de 2018

Susana Benet y el silbido de un mirlo



Grillos y luna
Susana Benet.
La Isla de Siltolá. Sevilla, 2018.

Nada  mejor que el haiku y el soneto para contraponer las poéticas de oriente y occidente. Ambos tienen mucho en común: cada una de esas formas estróficas constituye un poema completo, terminan con un verso (o unos versos en el caso del soneto) que dan sentido al conjunto, se insertan en una tradición que, como todas, vive del enfrentamiento entre ortodoxia y heterodoxias, buscan quedar en la memoria del lector.
            Tienen mucho en común, pero son completamente diferentes: el laborioso juego de rimas y las 154 sílabas del soneto se reducen a las 17 del haiku, donde además sobra la forzada repetición de sonidos al final. El soneto es una pieza arquitectónica, con su andamiaje lógico, sus recurrencias y sus simetrías; el haiku es una iluminación, un caer en la cuenta, un decir apenas y donde siempre se dice más de lo que se dice.
            Aprender a escribir un soneto lleva su tiempo; la técnica del haiku es intuitiva y está al alcance de cualquiera, del niño y del anciano, del sabio y del ignorante. Un buen soneto es una conquista del autor; un buen haiku es un regalo que la poesía nos hace.
            Y de la legión de poetas que hoy cultivan esa veterana tradición japonesa a nadie le ha hecho la poesía tantos regalos como a Susana Benet.
            Desde el inicial Faro del bosque (2006) lleva publicados media docena de libros de haikus, casi un millar de esas prodigiosas miniaturas, y nunca nos cansamos de leerla. ¿Dónde reside su secreto? Los haikus tienen mucho de impersonal, en ellos el autor puede borrarse más fácilmente que en otras formas poéticas; Susana Benet, sin embargo, ha logrado que los suyos sean inequívocamente suyos.
            No gusta, como tantos, de las deliberadas japonerías, del pastiche orientalizante, aunque no falten grillos y luna (así se titula su último libro), gatos y nubes, primaveras y otoños, según parece exigir la evanescente retórica del haiku.
            En sus versos, Susana Benet lava la ropa, la tiende, se asoma a la ventana, da un paseo, va de compras, riega las macetas, se deja asombrar por la lluvia o por el canto de un mirlo.
            Sus haikus pueden parecer hechos de nada, simples anotaciones al paso: ese chopo medio verde, medio amarillo, en un ribazo; las briznas de hierba que encuentra pegadas a sus suelas cuando regresa a casa; las plumas del periquito que caen al agua en que bebe el gato; el semáforo que sigue cambiando de luces en la noche desierta.
            Escribir como escribe Susana Benet no ha resultado un proceso sencillo. De hace un siglo datan los primeros intentos de haiku en lengua española. No podían entonces los poetas abandonar las muletas de la rima ni el rebuscado adjetivo. Un ejemplo de José Juan Tablada: “Garza, en la sombra / es mármol tu plumón. / móvil nieve en el viento / y nácar en el sol…”
            Al poeta modernista sin la rima le parecía que la poesía quedaba demasiado desnuda. El famoso haiku de Basho (“Un viejo estanque, / se zambulle una rana, / ruido del agua”) Valle-Inclán lo “embellece” de la siguiente manera: “y el espejo de la fontana / al zambullirse de la rana / ¡hace chas!”
            Susana Benet observa, recuerda, anota: “Sobre una loma / se empina entre los pinos / la torrecilla”, “No está el colegio. / Solo ha quedado en pie / la buganvilla”, “El viento agita / el reflejo de un árbol / dentro del agua”, “Guarda la lana / la forma de tu cuerpo. / Vieja chaqueta”.
            “Esto lo hago yo”, dirán algunos lectores. Y es posible que tengan razón. El burro flautista de la fábula de Iriarte, si intentara ser poeta en lugar de músico, seguro que lo que se salía “por casualidad” era un haiku y no un soneto.
            Más fácil le resulta escribir un haiku a un niño que a un versificador habitual. Para escribir haikus hay que aprender poco, pero hay que desaprender mucho. No añadir nada, por ejemplo, al contraste entre el blanco y el rojo que nos sorprende de pronto en la cocina: “Partido en dos, / qué blancas sus semillas. / Pimiento rojo”.
            Siempre fiel al esquema de las diecisiete sílabas y al contraste entre los dos versos iniciales y el último, a veces Susana Benet acentúa la sorpresa (“Sobre el chaleco / del anciano dos pétalos. / Ciruelo en flor”), pero más a menudo nos sorprende con su simplicidad: “El hortelano / con el meñique fuera / de la alpargata”.
            Son muchos los haikus que se nos quedan para siempre en la memoria, como  “limpio, vibrante, / el silbido de un mirlo / tras el chubasco”.
            Grillos y luna, un libro para beber a pequeños sorbos, con miedo a que se acabe (aunque no se termine de leer nunca porque resulta nuevo cada vez que volvemos a él).


           

viernes, 16 de marzo de 2018

Para qué sirve la poesía



La policía celeste
Ben Clark
Visor. Madrid, 2018.

La primera sociedad astronómica que se conoce fue fundada el año 1800 en un observatorio privado del norte de Alemania. Sus seis integrantes pretendían encontrar el planeta que, de acuerdo con la ley de Titius-Bode, debía situarse entre las órbitas de Marte y Júpiter. Para facilitar el trabajo dividieron el cielo en 24 partes y se dedicaron a observarlas minuciosamente constituyendo la llamada “policía celeste”.
            A esta historia alude Ben Clark al comienzo de La policía celeste. En el epílogo nos cuenta que ese planeta perdido, que no era un planeta sino un asteroide, fue descubierto a comienzos del año siguiente por Giuseppe Piazzi, un religioso italiano, fundador del observatorio de Palermo, que le dio el nombre de Ceres Ferdidandea, en honor de la diosa de Sicilia y del rey de Nápoles.
            Las referencias astronómicas abundan en el libro de Ben Clark. Un poema se titula “Ocho cometas” y alude a los descubiertos por la astrónoma del siglo XIX Caroline Herschel; otro, “La Vía Láctea y Andrómeda”. En esperando al Halley en 2061”, glosa –y traduce sus versos finales– el poema “Halley’s Comet”, del poeta norteamericano Stanley Kunitz, que pudo ser testigo –como Rafael Alberti– de dos de sus apariciones, la de 1910 y la 1986.
            El anecdotario familiar es otro de los integrantes del libro: de la enfermedad del padre, de su ingreso hospitalario, de su actividad de ceramista se habla en diversos poemas; también de una curiosa anécdota que tiene por escenario la isla volcánica de Tristán de Acuña.
            Ese poema –que lleva como título el nombre de la isla en portugués, “Tristán da Cunha”– ejemplifica bien el atractivo y las limitaciones de este volumen. Las dos primeras partes del poema –se separan con un triángulo que recuerda la silueta de la isla– nos cuentan que ha pasado la tarde viendo imágenes suyas en el ordenador; en la parte final, tras comentarlo con su padre, este le refiere una anécdota relacionada con la isla: “Nunca he creído en Dios / y una vez recé a Dios / implorando alcanzar Tristán da Cunha”. El problema es que leemos esa historia, muy a lo Joseph Conrad, y no nos la creemos: una fragata que apenas resiste, que ha perdido hasta los botes salvavidas, busca refugio en Tristán da Cunha, el rincón del planeta más lejano de cualquier otro rincón habitado; no lo consigue, los marinos piensan que van a morir. Así termina el poema: “Cuando / atracamos al fin en Buenos Aires / descubrieron que el casco tenía una gran grieta. / Recuerdo que hubo chistes / y risas y teníamos entonces / menos de veinte años. / Pero muchos / buscamos con la luna un puerto tibio / cerca del puerto frío y sé que todos, / dormidos o despiertos esa noche / susurramos el nombre del volcán”.
            ¿Pero cómo lograron navegar los miles y miles de kilómetros que los separaban de Buenos Aires con una gran grieta en el casco? ¿Y a qué vienen esas risas? ¿Y a qué viene esa moraleja final sobre buscar un puerto tibio cerca de un puerto frío y el susurro del nombre del volcán, incluso por los que dormían? ¿Podía alguien dormir cuando el barco estaba a punto de naufragar? No soy yo de los que opinan que el lector de poesía debe aceptar cualquier cosa, que en el poema cabe cualquier vaguedad y cualquier inanidad.
            El problema de este libro de Ben Clark es que los materiales que utiliza tienen bastante más interés que el uso que hace de ellos. Tecleamos Tristán da Cunha en el ordenador y nos encontramos con una historia fascinante, con una isla que parece sacada de una novela de Julio Verne –de hecho aparece en varias de ellas: Un capitán de quince años, La esfinge de los hielos, Los hijos del capitán Grant–; que está a más de dos mil kilómetros del lugar habitado más cercano, la isla de Santa Elena, donde desterraron a Napoleón; que es de propiedad comunitaria –ninguna familia puede cultivar más tierra ni tener más ganado que otra–; que en 1961 tuvo que ser evacuada completamente y sus 302 habitantes tardaron dos años en volver; que no hay aeropuerto, que un barco anual les abastece de medicinas, libros, revistas, correo…
            Lo mismo pasa cuando queremos saber más de la ley de Titius-Bode, enunciada por el primero, como si de un personaje de Borges se tratara, en dos apócrifos párrafos intercalados a la traducción de un texto ajeno, Contemplation de la Nature, de Charles Bonnet.
            Los poemas de Ben Clark carecen por lo general de tensión estilística, no aciertan a trascender la anécdota. Y deben ser leídos como algunos pretenden que debe ser leída la poesía, dejando aparcado el pensamiento. El poema “Los rotos” homenajea a Anne Sexton y afirma que la única división verdadera es la que separa a los que se han roto y los que no. ¿Y qué es lo que caracteriza a los rotos? Pues que son como todo el mundo: piden que se les quiera, que mascullan viendo las noticias, que hacen el amor con un poco de miedo y también algunas cosas más raras (no tiran las tazas) o más comprensibles: “querer estar solos después de que suene un portazo”.
            Tres o cuatro poemas se salvan del libro. “La habitación”, con su invitación al lector a viajar a la infancia del poeta, puede ser uno de ellos; otro, “La fiesta”, en su despojada sugerencia; también el que da título al conjunto, “La policía celeste”, que busca trascender las diversas anécdotas.
            Se salvan del libro, pero no parece que salven el libro, uno de más de esos volúmenes que se publican solo por ganar alguno de los numerosos e intercambiables premios de poesía que constituyen mala costumbre del mundo literario español. Lo que salva el libro son las referencias que nos llevan fuera de él, al fascinante mundo de la astronomía, a una isla remota que fue base temporal de balleneros y cazadores de focas y en cuya capital, Edimburgo de los Siete Mares, hay solo un bar, pero su consumo de whisky es uno de los más elevados del mundo (cincuenta litros de media por habitante y año).  
             
           

viernes, 9 de marzo de 2018

Jon Juaristi, más es menos



Sonetos de la patria oscura
Jon Juaristi
Edición de Rodrigo Olay Valdés
Renacimiento. Sevilla, 2018.

El soneto, contra todos los pronósticos, sigue gozando de buena salud. Cuando la mayor parte de las estrofas clásicas se ha convertido en arqueología –¿dónde las liras, las octavas reales, los tercetos encadenados?–, en el siglo XX  y en lo que va del siglo XXI se han seguido escribiendo sonetos que no desmerecen junto a los del Siglo de Oro.
            Un puñado de ellos los firma Jon Juaristi, fiel al esquema de los dos cuartetos y los dos tercetos desde su primer libro hasta el último. Ahora nos ofrece esas obras maestras del sarcasmo, la ironía y la melancolía, junto a otros que no parecen ser, para decirlo al modo borgiano, sino “laboriosas naderías”.
            Sonetos de la patria oscura –un título poco afortunado que copia otro de Gabriel Aresti e incluye el del libro más conocido de Juan Manuel Bonet– reúne, en edición de Rodrigo Olay, todos los sonetos publicados hasta la fecha por Jon Juaristi, con el estrambote de un prescindible inédito de agradecimiento al autor de la edición).
            La disparidad de estos textos es rasgo característico de  la poesía de Juaristi, un poeta que gusta del chiste fácil, la ocurrencia circunstancial y la enrevesada alusión erudita, un poeta de obra breve, pero a pesar de eso más de antología que de obras completas.
            Una decena o dos de estos sonetos bastan para otorgarle un lugar de honor en la historia de la poesía española y, lo que es más importante, en la memoria de  los lectores. Nadie como él sabe homenajear a un maestro o a un amigo. Un primer ejemplo lo encontramos en “Gabriel Aresti, 1981”; otro, en “Biblioteca Nacional”, pero quizá mi preferido es el titulado “Para la guitarra de Ángel González”, con su ritmo de corrido mexicano.
            Pocos pueden también equipararse en la expresión del amor-odio hacia su patria (esos sonetos son los que podría justificar el título del libro). Antes de convertirse en bien aprovechado ariete contra el nacionalismo vasco, ya había conseguido Juaristi expresar su conflictiva relación con el propio país en poemas como “Euskadi, 1984” (el más citado de esos poemas, “Spoon River, Euskadi”, es la traducción, aunque no se indique, de un epitafio de Kipling).  
            Con sentimentalismo de tango, escribe “San Silvestre, 1985”, que también lleva la fecha en el título, como subrayando lo que su poesía –una parte importante de ella-- tiene de crónica personal, de investigación sobre su adentramiento en la edad, para decirlo con un título de Bousoño.
            Otras obras maestras: “Dama de Elche”, burlona vuelta de tuerca al tema de las patrias y sus símbolos; el soneto polimétrico “2005”, autorretrato del autor a la altura de la cincuentena, con sus ecos de Manuel Machado y Campoamor; los borgianos, pero nada epigonales, “Denario bizantino” y “Un cruzado húngaro de 1546”; “Encuentro”, que no habría desdeñado en firmar Valle-Inclán.
            Junto a estas piezas memorables, otras esforzadamente ripiosas, circunstanciales o eruditamente enrevesadas. El lector que abra al azar el libro y tropiece con ellas es posible que lo abandone. Por eso habría sido necesario un mayor rigor autocrítico y editorial.
            El editor, Rodrigo Olay, combina cualidades que rara vez se dan juntas: es poeta, excelente lector de poesía y además uno de los más valiosos investigadores universitarios de su generación; aúna sensibilidad lectora y rigor universitario.
            En la introducción a esta antología, sin embargo, acaba ofreciéndonos más un excelente trabajo escolar que lo que debería ser un prólogo dirigido a todo tipo de lectores y muy especialmente al lector hedónico, al que gusta de la poesía, no de sus alrededores académicos.
            Como si participara de la opinión común de que un estudio riguroso  se caracteriza por la abundancia de notas, mientras que su ausencia, en cambio, es propia del ensayo dirigido al lector común, Rodrigo Olay prescinde de ellas.
            ¿Prescinde? No exactamente, sino que las incluye en el texto, ofreciéndonos así páginas –como las que van de la 28 a la 33– donde acumula minucias de dudoso interés y referencias aclaratorias que nos obligan a acudir constantemente al índice. Refiriéndose al soneto “El jardín de Abando” (el lector ha de rebuscar en el índice para ver en qué página se encuentra), nos dice que “el verso 12 rehace el verso gongorino ‘con razón Vega por lo siempre llana’, originalmente dirigido contra Lope”, pero no nos explica lo que significa el verso de Juaristi “con razón sana por lo siempre Mena” (yo no sé, como supongo que tampoco la mayoría de los lectores, a qué se refiere con “Mena”).
            Rodrigo Olay, en lugar de aclararnos las referencias oscuras que abundan en estos sonetos (y le habría sido fácil ya que la edición se hizo en constante comunicación con el autor), prefiere enumerar alusiones literarias, a veces un poco traídas por los pelos, que no siempre es necesario percibir para el disfrute del poema. O se entretiene en hacer estadísticas sobre los sonetos que siguen el esquema italiano o el inglés, los que separan tipográficamente las cuatro estrofas y los que no; ocupaciones quizá interesantes para un trabajo de clase que al lector – y quizá al estudiante– le importan poco.
            El autor de un libro no es el único autor del libro. La labor del editor que selecciona, ordena, prologa o anota  resulta igualmente importante para poner en valor un texto.



viernes, 2 de marzo de 2018

Muñoz Molina y la publicidad engañosa



Un andar solitario entre la gente
Antonio Muñoz Molina
Seix Barral. Barcelona, 2018.

El Robinsón urbano se titula el primer libro publicado por Antonio Muñoz Molina, en 1984, y podría titularse el último. Los paseos por Granada se han ampliado a Madrid, París, Nueva York, pero no son en lo esencial distintos. Le acompaña, ahora como entonces, la sombra tutelar de la literatura. Fueron Thomas de Quincey y Baudelaire quienes le enseñaron a ver la realidad de todos los días de una manera distinta. En Un andar solitario entre la gente –hermoso endecasílabo que Quevedo ha tomado de Camoens– sigue los pasos de esos autores y también los de Poe, Walter Benjamin, Oscar Wilde, Fernando Pessoa.
            Aquel delgado primer libro no engañaba: era una colección de espléndidos artículos; este último, en cambio, mucho más voluminoso (el Robinson urbano parece haber adquirido el síndrome de Diógenes), hace uso de la publicidad engañosa.
            De “fascinante novela”, de “audaz novela”, de “novela ecléctica y singular” se le califica en los paratextos. Se trata de una estrategia comercial de efectos contraproducentes. Es cierto que los límites entre los géneros literarios no resultan nítidos, que el mestizaje caracteriza a la literatura contemporánea, pero no por eso puede aplicarse el término “novela” a cualquier texto en prosa de cierta extensión. Los editores lo hacen a menudo, en la errónea creencia de que así sus productos se van a vender más; desprecian la inteligencia del lector, considerándolo un acrítico consumidor.
            Es posible que calificándolo de “novela” los libreros menos informados presten más atención a Un andar solitario entre la gente y que los suplementos literarios (tan dados a confundir crítica con publicidad) le dediquen una atención que no prestan a las misceláneas autobiográficas, pero no por eso se leerá más: defraudará a las pocas páginas a quien piense que va encontrarse con una nueva novela de Muñoz Molina.
            Pero el engaño no se limita a los paratextos, responsabilidad del editor, sino que el propio autor, al dividir en capítulos el texto, ha contribuido a la ceremonia de la confusión, tratando de disimular, como si eso fuera un defecto, lo que el volumen tiene de recopilación de piezas menores, relacionadas entre sí, pero autónomas.
            Un andar solitario entre la gente consta de dos partes, una bastante más extensa que la otra, y cada una subdivida en breves fragmentos con título en negrita (frases publicitarias, por lo general) que rara vez tienen que ver con su contenido (la ausencia de índice acentúa la confusión). Al lector se le induce a pensar que se trata de textos que pueden leerse independientemente, pero no es así; se agrupan en unidades mayores –los verdaderos capítulos– que el autor diferencia a veces, no siempre, con un salto de página. ¿A qué se debe esa deliberada confusión tipográfica, ese poner obstáculos al lector? A que el libro aparente lo que no es: una novela, ese género que no solo goza de un comprensible prestigio comercial, sino también de otro menos explicable entre los escritores, como si cualquier obra en prosa que no sea una novela fuera ya por eso mismo una obra menor.
            El lector audaz que no se deje desanimar por las trampas que ha puesto el autor, el que consiga no desanimarse con las primeras páginas enumerativas y reiterativas (Muñoz Molina ignora el etcétera y los puntos suspensivos), se encontrará con la sorpresa de un impactante relato (páginas 33-36) cuando creía que estaba leyendo otra cosa; con el continuo ir y venir sobre la biografía de ciertos escritores admirados; con la formulación, medio en broma, medio en serio, de nuevas disciplinas, como la Deambulología (páginas 117–122); con espléndidos poemas en prosa, como los de las páginas 186-187 o 202-203 (su primer párrafo tiene un título despistante: “Estoy solo a una App de ti”, según el habitual capricho del autor); no faltan las notas viajeras, escritas con la habitual caligrafía minuciosa del autor, ni los apuntes autobiográficos: la vida en el hotel mientras arreglan la nueva casa; la preparación ritual del desayuno; el recuerdo de los primeros encuentros clandestinos con su actual pareja; la reciente depresión; sus visitas al Café Comercial, donde se encuentra con un extraño personaje (aparece y reaparece como otro vano intento de dar un hilván novelesco al conjunto) en cuya boca pone sus reflexiones sobre lo que debe ser el arte contemporáneo y que expresan su propia poética al componer este libro: “el gran poema de este siglo solo podrá escribirse con materiales de derribo” (páginas 161-169).
            La segunda parte, bastante más breve, se titula “Don Nadie” y podría –y quizá debería– haberse editado independientemente. Las “ensoñaciones de un paseante solitario” –para decirlo con el título de Rousseau– tienen ahora como escenario Nueva York. El autor, que ha vivido largos años en esa ciudad, se despide de ella en una estancia solitaria de dos meses. Los dedica a pasear y a anotar lo que ve, a registrar voces y sonidos. El resultado puede leerse como un complemento de Ventanas de Manhattan, el otro libro que Muñoz Molina dedicó a una ciudad que es a la vez real y creación del cine y la literatura, de la ensoñación colectiva. Ahora Muñoz Molina nos habla de las calles y las gentes, no de monumentos y museos. Magistral resulta su paseo a lo largo de Broadway; la recreación del barrio en que vive, cerca de Columbia; el adentramiento por la terra incognita del Bronx.
            Unifica una parte y otra –da sentido al volumen– la actividad del autor atento a las voces de la ciudad, a los grandes anuncios y a los pequeños avisos, a los titulares de los periódicos. El paseante parece tener el síndrome de Diógenes y guarda todo lo que encuentra, lo anota sin perdonar minucia, nos lo ofrece en páginas y páginas tediosamente inventariales. El lector común se las saltará tras las primeras líneas, y no se perderá gran cosa. A veces una noticia (páginas 218-219) se dispone cortando las líneas como si fueran versos y el resultado es un poema-relato a la manera de Carver. La recreación del mundo feliz de los anuncios publicitarios (como en las páginas 284-285) supone un pequeño oasis frente a la habitual sequedad enumerativa.
            Revuelta almoneda, donde se entremezclan la reiterada pacotilla con piezas únicas de deslumbrante magisterio, Un andar solitario entre la gente habría ganado con una rigurosa labor de poda. También si autor y editores no se hubieran dedicado a ponerle trabas al lector, tratando de hacer pasar una fascinante miscelánea viajera, autobiográfica, metaliteraria (con páginas que oscilan entre el collage, el ensayo y el poema en prosa), por lo que no es: una novela, el más bulímico de los géneros literarios, el más incomprensiblemente sobrevalorado.
           
[Hablo de publicidad engañosa a propósito del libro de Muñoz Molina y, para no demostrar que no exagero, Babelia dedica la última del suplemento a anunciarlo como "una fascinante novela". Mentir sin complejos se llama esa figura, aunque como ejemplo de publicidad engañosa podían servir la mayoría de las reseñas del suplemento, por ejemplo la que Juan Luis Cebrián dedica a Vargas Llosa. ]