jueves, 2 de septiembre de 2010

Rito y poesía


La poesía sigue siendo tan útil hoy como hace un siglo o hace mil años. Anterior al libro, anterior a la escritura, seguirá existiendo cuando desaparezca el libro (no hay riesgo inminente), y también si una catástrofe cósmica hace que la humanidad olvide lectura y escritura.
Una poesía útil, necesaria “como el aire que respiramos trece veces por minuto”, pedía Celaya en tiempos de la poesía social. Cuando hay medios más eficaces para la protesta, ¿deja de ser necesaria la poesía? ¿Se convierte en una antigualla que solo interesa a los poetas y a algunos pocos escogidos?
La poesía es palabra en el tiempo, decía Antonio Machado y se ha repetido hasta la saciedad. Y tenía razón. Pero junto al tiempo lineal de la historia existe el tiempo circular del rito y del mito.
También en las sociedades democráticas, incluso en la imposible democracia perfecta, tiene sitio la poesía social, una poesía que no se limite a ser tediosa materia académica ni culto casi secreto de unos pocos arcaicos aficionados.
Bodas, nacimientos, muertes (y también jubilación, mayoría de edad), la vida humana está punteada por momentos que no pueden reducirse a un trámite administrativo. Las diversas religiones les han dado la solemnidad adecuada, han inventado los ritos que nos permiten aceptar el misterio. Pero lo fundamental es la ceremonia, no la cobertura religiosa, que ha ido cambiando a lo largo de los siglos.
Hay poesía, gran poesía, en las celebraciones religiosas. Y nada mejor que la gran poesía para dar la solemnidad adecuada a cualquier acontecimiento. “Versos para ceremonias laicas” se subtitula El árbol rojo (Demipage), una novedosa antología. Tan hermosos como el texto de San Pablo, que se lee en las bodas católicas, son los poemas de Salinas o Cernuda que propone Andrés Rubio. “Todo dice que sí”, de La voz a ti debida, repite casi una docena de veces la palabra “sí” y peca quizá de una cierta blandura –muy saliniana—; otra fuerza tienen los versos de Cernuda: “Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien / cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío”. Menos conocido es el poema de tres versos de Alejandra Pizarnik: “Recibe este rostro mío, mudo, mendigo. / Recibe este amor que te pido. / Recibe lo que hay en mí que eres tú”.
Una película hizo famoso el “Blues del funeral”, de Auden: “Detened los relojes, descolgad el teléfono, / haced callar al perro con un hueso jugoso…”, pero no menos adecuados resultan los despojados versos de Alberto Caerio –el maestro de los heterónimos pessoanos— que Andrés Rubio selecciona: “Cuando llegue la primavera, / si ya me he muerto, / las flores florecerán de la misma manera / y los árboles no serán menos verdes que la primavera pasada. / La realidad no precisa de mí. / Siento una alegría enorme / al pensar que mi muerte no tiene importancia ninguna”.
En la mayoría de los casos, resulta fácil encontrar la equivalencia laica de la ceremonia religiosa, y así el bautizo se convierte en una “bienvenida a la comunidad”; pero otras veces –primeras comuniones, por ejemplo— habría que buscarle un nombre adecuado para ese “rito de paso”. Los poemas que propone el antólogo resultan más adecuados para la llegada a la adolescencia. Las Hojas de hierba, de Walt Whitman, ofrecen abundantes ejemplos para esta sección como para cualquier otra del libro: “Siéntate un poco, hijo mío, / aquí tienes pan para comer y leche para beber, / mas tan pronto como hayas dormido y te hayas puesto ropa fresca, / te daré un beso de despedida y abriré las puertas para que salgas”.

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