jueves, 7 de abril de 2011

Jacinto Octavio Picón: Revocar el fallo de la posteridad


Jacinto Octavio Picón
Después de la batalla y otros cuentos
Edición de Esteban Gutiérrez Díaz-Bernardo
Madrid, Cátedra, 2011



“Revocar el fallo de la posteridad no es tarea fácil”, comienza Esteban Gutiérrez el documentado y reivindicativo prólogo que coloca al frente de Después de la batalla y otros cuentos, selección de relatos de Jacinto Octavio Picón, un narrador que en su tiempo se mantuvo en la primera línea de la literatura española y hoy es apenas una nota a pie de página.
Nacido en Madrid el año 1852 –ese mismo año nació Clarín, un año antes Emilia Pardo Bazán, un año después Armando Palacio Valdés—, sus novelas y sus cuentos gozaron desde el comienzo del favor del público y del apreció de la crítica. Él también fue un crítico ponderado y estimable, especialmente en lo que al arte y al teatro se refiere. Lo fundamental de su obra apareció en las últimas décadas del siglo XIX. Luego se fue borrando poco a poco hasta desaparecer en 1923. Era entonces bibliotecario de la Real Academia y en su necrológica escribió Antonio Maura: “¡Hasta en el trance de morir no parece sino que se ausentó caminando de puntillas, para librarnos del amargor de la despedida!”. Su corrección, su discreción, su lejanía de cualquier escándalo, ayudó a que se le olvidara con mayor rapidez.
¿Vale la pena leer hoy a Jacinto Octavio Picón? Esteban Gutiérrez cree que sí, que es algo más que una figura de época con interés solo para los historiadores de la literatura. Escuchamos su afirmación con cierto escepticismo. La erudición académica suele estar ayuna de sentido crítico. Al estudioso le importan los datos que acumula; le preocupa menos el interés de su objeto de estudio para el lector actual; en sus manos la obra literaria suele convertirse en documento al margen de jerarquías y juicios de valor.
“Después de la batalla”, el primero de los relatos, se sitúa en la época de la guerra franco-prusiana de 1870. Comienza bien (con su minuciosa y sugerente descripción de “una soberbia quinta” perdida en uno de los departamentos del este de Francia), termina de una manera un tanto moralizante que no acaba de convencer. Algo similar ocurre con “Boda deshecha”, de impecable técnica, en el que la anécdota se reduce al mínimo y todo ocurre sin que los protagonistas intercambien una sola palabra: una mirada le basta al hombre “que está perdidamente enamorado de la Marquesa, con la cual va a casarse dentro de quince días” para desilusionarse de ella.
Pero el tercer relato, “Virtudes premiadas”, aparecido inicialmente en 1892, es una conmovedora obra maestra, digna de figurar en la mejor antología del cuento español. Comienza en primera persona, algo poco frecuente en el distanciamiento objetivista característico de Jacinto Octavio Picón: “Le conocí hace algunos años en aquel café de Bayona donde, desde hace medio siglo, entre conspiraciones e indultos, refrescan y se aburren los emigrados españoles. ¡Cuántas sonrisas de alegría e incredulidad han reflejado aquellos espejos! ¡Cuántos suspiros de desaliento se han estrellado en los bordes de las tazas! ¡Qué de hombres se han despedido ante aquellas mesas soñando despiertos con la esperanza para verla luego destruida y frustrada más acá de los Pirineos!”. Se nos cuenta luego la historia de León María de Regio, militar y carlista, a la vez que se realiza una crítica indirecta y feroz, que nada tiene que envidiar a Galdós, de la España de la restauración. La ideología del autor es opuesta a la de su personaje, lo que no dificulta la empatía con que lo trata. Jacinto Octavio Picón es un moralista, pero no un propagandista. Escribe siempre con una intención, busca algo más que entretener. Y tras la envejecida retórica de su tiempo muestra, en los mejores casos, una sutileza rara en los escritores de su tiempo y de cualquier tiempo.
En “La amenaza” el mundo burgués en que tan a sus anchas se mueve Picón se cambia en un ambiente proletario. Nos cuenta un accidente en una fábrica, el injusto trato que dan los propietarios al obrero accidentado y la venganza de este. Es el cuento más conocido de su autor, el único reeditado en nuestros días. No es el mejor de los suyos, ni el más característico.
Excelente resulta “El agua turbia”, con su triunfo del amoralismo, con su minucioso reflejo de las costumbres de una época. Jacinto Octavio Picón es un narrador lleno de buenas intenciones, pero sus mejores relatos trascienden esas intenciones, las dejan al margen, como un mero pretexto para una historia que, cuando se logra, va más allá y más hondo de lo que pretendía el autor.
“Desencanto”, el último relato seleccionado, inició en 1907 la revista El Cuento Semanal, una brillante iniciativa de Eduardo Zamacois que pronto tuvo abundantes continuaciones y que daría origen a la época de oro de la novela corta española. Nos habla de antiguos prejuicios y de mujeres fuertes que se atreven a enfrentarse a ellos (algo tan antiguo como moderno).
¿Tendrá éxito Esteban Gutiérrez en su empeño de sacar a Jacinto Octavio Picón del olvido y colocarlo en el lugar de honor de los narradores de su tiempo? Difícil lo tiene. Las inercias de la historia de la literatura son casi imposibles de modificar. Pero vale la pena volver sobre este escritor, releer sus cuentos –más de un centenar— y también sus novelas, casi siempre con protagonista femenina. Descubriremos que no es el inagotable Galdós, ni el punzante y compasivo Clarín, ni Emilia Pardo Bazán (mucho más incorrecta estilísticamente, lo que no siempre es un defecto), pero que, tras ellos, no cede el sitio a ningún otro nombre de la gran época de la narrativa española.

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