domingo, 18 de noviembre de 2012

Julio Neira: Paseos por Nueva York

Geometría y angustia.
Poetas españoles en Nueva York
Edición de Julio Neira
Fundación José Manuel Lara
Sevilla, 2012.


La historia de la poesía española del siglo XX no puede escribirse sin tener en cuenta la ciudad de Nueva York. Tres de los títulos fundamentales la tienen como escenario y como algo más que escenario, casi como protagonista: Diario de un poeta recién casado, de Juan Ramón Jiménez, el libro que inicia la modernidad; Poeta en Nueva York, de García Lorca, y el epigonal Cuaderno de Nueva York, de José Hierro, que tras su narratividad y su culturalismo esconde un secreto que le añade temblor emocional.
           Siguiendo su estela –especialmente la de Lorca–  muchos otros poetas han tomado como pretexto de sus versos a la ciudad de Nueva York. De todos ellos se ha ocupado, con acrítico afán de exhaustividad, Julio Neira en su  Historia poética de Nueva York en la España contemporánea. Completa ahora ese volumen con una antología compilada con el mismo generoso criterio.
            El libro está estructurado para que lo leamos casi como una guía de la ciudad. Comienza con el asombro de la llegada, en barco (preciso Luis Cernuda) o en avión (algo divagatorio Rafael Guillén). Como excepción, no solo incluye poemas –en verso o en prosa–, sino también fragmentos de otros textos: artículos de Rubén Darío y Moreno Villa, una conferencia de Lorca. Esa no bien justificada inclusión nos hace desear otro volumen recopilatorio dedicado a los escritores españoles, al margen de los poetas (pensemos, por ejemplo, en Julio Camba), que se han ocupado de Nueva York.
            Sigue el extenso apartado que Neira denomina, algo inadecuadamente, “Geografías”, con poemas dedicados a distintos lugares de la ciudad. Juan Ramón Jiménez es el primero y el principal: nos habla de un cementerio entre rascacielos en Broadway; de la llegada de la primavera a la ciudad en lucha con el humo y el barro hasta lograr desfilar como una reina por la Quinta Avenida; de los anuncios mareantes de Time Square, donde, cuando aparece la luna, no sabemos si es ella de verdad o un anuncio de la luna. De todos los poetas que se ha ocupado de Nueva York, Juan Ramón es el más preciso, el que más abunda en pequeños detalles exactos. Un siglo después, su Diario puede utilizarse como precisa y sugerente guía.  También uno de sus grandes poemas finales, Espacio, está ambientado en Nueva York, esta vez en la zona norte de Manhattan, la de Columbia University  y la inacabada catedral de St. John the Divine, que antes parece no haber visitado.
            El “Paisaje de la multitud que vomita” y “Ciudad sin sueño”, de García Lorca, nos llevan a Coney Island y al puente de Brooklyn, dos lugares pronto convertidos en tópicos, sobre todo el último. Otro de los tópicos es Central Park y abundan los poemas a él referidos, pero ninguno parece especialmente memorable. Sí lo es el que Marcos Tramón dedica a otro parque menos frecuentado por el turismo habitual, Riverside Park, y al que Antonio Muñoz Molina, cuya residencia neoyorquina se encuentra muy cerca, ha dedicado páginas en prosa que valen por muchos poemas.
Fernando Quiñones se ocupa de St. Barth, “una iglesia episcopaliana rodeada de enormidades”, como el edificio de la Pan-Am (hoy MetLife), el Hemsley, Grand Central; Joan Margarit, del ferry a Staten Island, desde el que contempla, “con ojos entornados por el frío, / el perfil más hermoso de Manhattan”. Dionisia García pasea por Harlem mientras que José María Ripoll lo hace por Canal Street, en el barrio chino. Brooklyn solo aparece como el nombre del más antiguo y más hermoso puente. Incluso Hilario Barrero, que tantas veces se ha ocupado de ese distrito que fue ciudad independiente antes de formar parte de Nueva York a finales del XIX, es antologado con un poema que se inicia con un funeral en la iglesia anglicana de Saint Thomas, en la Quinta Avenida (rivaliza con la católica Saint Patrick), y que continúa con un viaje en metro y el rechazo a un ocasional encuentro erótico (eran los tiempos del Sida). El “Panorama” de Abelardo Linares, ya en la sección siguiente, comienza con la antorcha dorada de la Estatua de la Libertad vista “desde un helicóptero a setenta y dos dólares el viaje” y juega luego con las referencias al oro como símbolo de Nueva York. Si no el mejor poema, sí es la mejor de todas las postales neoyorquinas que en este libro encontramos.
Las críticas a Nueva York, como símbolo del capitalismo, se reúnen en “La ciudad del cheque”. Comienza con unos versos algo ripiosos de Rubén Darío en los que no falta el antisemitismo de la época: “Casas de cincuenta pisos, / servidumbre de color, / millones de circuncisos, / máquinas, diarios, avisos / ¡y dolor, dolor, dolor!”.
“Esa calle”, de Fernando Quiñones, nos describe Wall Street,  que parece haber crecido solo hacía lo alto, y cuyos versos finales –el poema es de 1998– resultan premonitorios: “esta calle que cae desde arriba, cae al fin de lo alto a lo estrecho, / hasta el pie de la piedra y el acero y los vidrios / y los desaforados ramos de flores y de sangre”.
En “Culturas”, la sección siguiente de la antología, José María Álvarez, mientras escucha “ese dúo imperecedero / del primer acto de Rigoletto”, contempla a través de la ventana “la seductora hermosura del Chrysler  Building”. Juan Luis Panero, en “Lectura en un cuarto de hotel”, uno de los más significativos poemas suyos, nos habla de un libro, Spoon River Anthology, hojeado por los amantes una noche feliz de febrero en un hotel neoyorquino “sin saber que allí también –desolación, estupidez, fracaso– / estaba escrito nuestro terco destino”.
Geometría y angustia concluye con “Despedida”, el adiós a la ciudad, que en los dos poemas finales –más ingenioso uno, más emocionante el otro– es algo más que el adiós a una ciudad. “Life vest under your seat”, de Luis García Montero, recrea al clásico motivo de la despedida de los amantes (él ha indicado que su modelo más directo fue un poema de Jovellanos) con novedoso y eficaz artificio; “En son de despedida”, de José Hierro, llena de verdad un libro, Cuaderno de Nueva York, que podía haber sido nada más que un tardío y culturalista cuaderno de ejercicios.
En una irónica presentación, Juan Bonilla escribió “vivo en las afueras de Nueva York / (para ser más exactos en Sevilla)”. Todos vivimos, de algún modo, en las afueras de Nueva York, capital de muchos de los sueños y de algunas de las pesadillas del siglo XX. Pero eso no implica que haya que sentirse obligado a dedicarle malos versos, como a las señoritas del XIX que nos mostraban su álbum o su abanico, cada vez que las visitábamos. Corremos el riesgo de que un amable y benemérito antólogo, como Julio Neira, nos ponga involuntariamente en ridículo.

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