lunes, 24 de febrero de 2014

Para qué sirve una novela


¡Melisande! ¿Qué son los sueños?
Hillel Halkin
Libros del Asteroide. Barcelona, 2014

Los géneros literarios tienen también su historia, como todo en este mundo. El de la novela es curioso. De ser un subgénero, un entretenimiento menor que ni siquiera merecía unas líneas en los tratados de retórica y poética pasó a ser el género mayor, aquel que todo escritor –como el poema épico durante el siglo XVI– debería intentar al menos una vez en su vida.
            Es lo que hace Hillel Halkin con ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?, su primera novela, aparecida cuando ya había cumplido los 73 años. Hasta entonces había destacado en la traducción (del yidish o del hebreo al inglés), en la crítica, en el ensayo, en el libro de viajes, todo ello –o buena parte–  relacionado con la cultura judía. Hillel Halkin, nacido en Nueva York en 1939, emigró a Israel en 1970.
            Esta primera novela, como suele ser habitual, tiene mucho de autobiográfica. Y no serán pocos los lectores que lamenten haya caído en la generalizada tentación de novelar y no se decidiera directamente a escribir las memorias de sus años de formación en los Estados Unidos de la década del cincuenta y del sesenta, cuando se pasa del maccarthismo a la revolución cultural.
            El artificio para convertir la memoria en novela rechina con cierta frecuencia. Al contrario de lo que suele ser habitual en los escritores norteamericanos, Hillen Halkin no parece haber contado con un editor profesional que le advirtiera de la incongruencia entre el recurso literario utilizado para poner en marcha la narración y el que encontramos al final.
            La novela comienza cuando el narrador –un profesor de filosofía clásica– se encuentra en el aeropuerto de Madrid, donde hace escala para Málaga, con un compañero del bachillerato al que hace décadas que no ve. Charlan de los viejos tiempos y menciona a otros compañeros de entonces, los dos mejores amigos del protagonista, Ricky Silverman y Mellie Milgram. Añade que el verdadero nombre de Mellie era Melisande, “me lo dijo una vez”. “¿Sí?”, pregunta el narrador como si esa noticia le viniera de nuevas. No se vuelve a hablar más de Madrid ni de Málaga ni del fortuito encuentro que sirve de pretexto para rememorar la relación del narrador con los dos amigos, especialmente con Mellie. Ella será –a partir de la tercera página– la destinataria de la evocación, que se inicia con los versos de Heine de los que procede el título (“Melisande! Was ist Traum?”) y con un “¿Recuerdas, Mellie?”. Pero en el capítulo final el autor parece haberse olvidado de ese comienzo. Nos cuenta en él que hace dos meses recibió una carta de Mellie, su exmujer, en la que le anuncia que pasará a visitarle. Las últimas líneas anticipan el encuentro: “Cogeremos un taxi hasta mi casa. Le he pedido a una mujer que ponga un poco de orden en casa y voy a llenar la nevera. Te enseñaré dónde está todo y me trasladaré a la cabaña. Antes de eso, te entregaré este libro. Lo empecé el mismo día en que recibí tu primera carta”. Toda la novela es así una larga carta en la que se rememoran los encuentros y desencuentros con Mellie, desde los tiempos del instituto, cuando ambos –junto con Ricky– formaban el comité de dirección de una revista literaria hasta que el narrador se retira a una isla griega, Sforzos, la más pequeña de las Cícladas. ¿Qué sentido tiene aquel encuentro en el aeropuerto de Madrid? ¿Cuándo tuvo lugar, antes o después de retirarse a la isla griega? ¿No debería comenzar la novela con la llegada de la primera carta, que es la que desencadena la larga respuesta rememorativa (otra carta, como el “De profundis” de Oscar Wilde y no un “libro”, como la denomina el narrador por torpeza autorial)?
            No es ese el único descosido estructural de ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? A lo largo de la novela nos vamos encontrando con referencias a diversos libros y con notas de la protagonista guardados en ellos. Un ejemplo: “Como con Cindy. Saca las chuletas de cordero del congelador” aparece en Éléments de Linguistique Romane de Bourciez, mientras que en Latin Grammar de Gildersleeve y Lodge (“tercera edición, revisada y ampliada” se nos informa) lo que aparece es “Si hierves agua, usa un cazo. Hay lejía en la tetera”. La conservación de esas notas tiene que ver con la antigua costumbre judía “de no destruir jamás ningún escrito que contenga el nombre de Dios, incluso aunque solo fuera una invocación para recibir sus bendiciones escrito en la cabecera de una carta o una nota, incluso si solo era un epíteto dedicado a él. Todos esos fragmentos de papel se guardaban en un almacén especial”. Pero el narrador no los guarda en un ningún sitio especial, sino azarosamente en los libros de su biblioteca, biblioteca que, cuando abandona su carrera académica, parece haberse llevado completa con él a la isla griega: “Leo mucho. Leo libros que ya había leído hace tiempo, los que me traje a Sforzos”. ¿Resulta verosímil que se llevara, para releer, un manual de lingüística románica o una gramática latina? ¿Resulta verosímil que escondiera en cualquier volumen al azar esas notas que le importaban tanto y que fuera descubriéndolas en los dos meses en que escribió sus recuerdos? ¿Y qué sentido tiene –podríamos añadir– el relato bíblico que constituye el capítulo quinto?
            Una vida no tiene por qué ser verosímil, una novela que se quiere realista sí –quien dice verosímil dice coherente en su artificio–, si pretende que el lector le preste atención hasta el final o, si es paciente, no se sienta defraudado por el final.
            ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? vale por todo lo que no tiene de novela, que es mucho: por el relato de una amistad y una iniciación literaria, por la evocación de una ciudad y de un país, por el solitario viaje a París, por el recuento de lecturas (no por la mención de los libros con notas) y películas, por el viaje a Oriente y el final trágico de Ricky, símbolo de tantas desnortadas e ilusionadas vidas de entonces, por los encuentros y desencuentros en la relación matrimonial... Y es quizá en este último aspecto donde encontramos la razón por la que Hillel Halkin ha decidido escribir una novela en lugar de unas memorias: ciertas verdades que no se pueden contar en primera persona si no se dan como ficticias.
            La novela –incluso una novela tan torpe, quizá tan deliberadamente torpe como esta– puede acercarse más a la verdad de una vida que cualquier relato autobiográfico.   

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