sábado, 7 de marzo de 2015

El arte de la entrevista


Vidas contadas
Marino Gómez-Santos
Renacimiento. Sevilla, 2015.


César González-Ruano, uno de los maestros de Marino Gómez-Santos, definió la entrevista periodística como "la necesidad al servicio de la vanidad". Y lo explicaba --precisamente en una conversación con Gómez-Santos-- de la siguiente manera: "Casi nadie ha ido a hacer una entrevista a nadie con ganas, sino por ganarse unos duros con la colaboración de un tío conocido que, el ochenta por ciento de las veces, a la juventud naturalmente iconoclasta del que le hace la entrevista, le parece una especie de memo afortunado".
            Marino Gómez-Santos, ovetense de 1930 que a los veinte años se plantó en Madrid con un libro sobre Clarín bajo el brazo y lleno de ambiciones literarias, se hizo en seguida un nombre como renovador del no demasiado valorado género de la entrevista. Eran las suyas largas conversaciones no sujetas a la inmediata actualidad ni tampoco atenidas a un cuestionario previo. Sus primeros éxitos los consiguió acercándose a los grandes nombres de la España anterior a la guerra civil. Todo aspirante a escritor que llegaba entonces a Madrid lo primero que hacía era "ir al café Gijón y luego a casa de don Pío para hacerle una entrevista". Él no solo fue al café Gijón sino que le dedicó un espléndido libro que causó cierto escándalo y no entrevistó una vez a Baroja, sino docenas de veces, e incluso le ayudó en alguna de sus obras epigonales, tan reiterativas como llenas de encanto.
            Las entrevistas de Gómez-Santos se publicaban en el diario Pueblo, dirigido por Emilio Romero, a lo largo de toda una semana. Muy pronto comenzaron a recopilarse en libros, como Diálogos españoles, de 1958, o a formar ellas mismas un pequeño volumen, como Gregorio Marañón cuenta su vida, de 1961.
            Vidas contadas reúne una selección de las conversaciones con escritores. Comienza con dos que ya se incluían en la primera recopilación, las dedicadas a Azorín y a Marañón, y que están entre las mejores suyas. La conversación –es un decir-- con Azorín tiene el encanto de sus libros últimos, llenos de minucias eruditas y de destellos de inteligencia bajo su aparente grisura. Azorín ya era entonces, y desde hacía décadas, "el caballero inactual"; esa inactualidad contribuye paradójicamente a que su interés se mantenga intacto.
            A Marañón, una de sus grandes admiraciones, junto a Severo Ochoa, le dedicaría luego Gómez-Santos una ejemplar biografía, que no le quita valor a la síntesis biográfica preparada en varias visitas al mítico cigarral de los Dolores. De los liberales que trajeron la república y que pronto se desengañaron de ella, Marañón fue el único que consiguió ocupar un lugar destacado en la España franquista, como ya lo había ocupado, antes de hacerse republicano, durante el reinado de Alfonso XIII. Y lo hizo sin traicionarse nunca a sí mismo. Algo de su secreto se desvela en estas páginas pioneras.
            De gran interés, nada envejecida, resulta también la entrevista con Alejandro Casona a su vuelta del exilio. Es un Casona que no acaba de entender la paradoja de que le aplaudan los que le denostaban cuando el estreno de Nuestra Natacha y le ataquen los que le aplaudieron entonces, o sus herederos ideológicos. En la entrevista --que algo tiene de testamentario: Casona moriría imprevistamente no mucho después-- rememora su infancia asturiana, las andanzas con las Misiones Pedagógicas, la imposibilidad ya de un verdadero regreso: "A mí me ocurre ahora aquello que decía Rusiñol, que cuando el español va a América y vive un tiempo allí, termina teniendo dos patrias que son España y América, y después acaba teniendo una sola que es el barco, porque siempre quiere venir y cuando ha llegado está deseando volver".
            No todas las entrevistas que se recopilan en este tomo han envejecido igual de bien. Distante nos resulta Ignacio Agustí, tan distante como su literatura, y en exceso elusivo Wenceslao Fernández Flórez, un personaje que, como reconoce el propio Gómez-Santos, "se le escapó casi entero de las manos".
            No ocurre lo mismo con Eugenio Montes, quizá el más brillante estilista de la Falange, y un escritor con muchos recovecos --fue poeta ultraísta antes de dejarse deslumbrar por el clasicismo romano-- que no puede limitarse a su adscripción ideológica.
            A una etapa distinta pertenece la entrevista con Vicente Aleixandre, en la que nos sorprende encontrarnos al poeta Justo Jorge Padrón, momentos antes de recoger el Nobel de Aleixandre, "como un torero en las horas previas de su actuación en la plaza", tumbado en su suite del Gran Hotel, "rodeado de bellísimas mujeres". Luego se pasaría la noche "bailando con aquellas bellísimas mujeres que parecían damas de corte para un príncipe". Fue el máximo momento de gloria, de gloria prestada, del poeta canario.
            En sus entrevistas de la primera época, en sus memorias, tituladas muy significativamente  La memoria cruel, Marino Gómez-Santos ha acertado a contarnos como nadie la novela de la literatura, con sus figuras y sus figurones. Él mismo, a sus ochenta y cinco años, es todo un personaje que no cree haber recibido el reconocimiento que merece; le hace falta un entrevistador con idéntico talento e idéntica ambición que él tenía hace sesenta años.

            

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