sábado, 5 de septiembre de 2015

Tres enigmas y un comisario


La observación de Goethe
Salvador López Arnal
La Linterna Sorda. Madrid, 2015

En 1957 el poeta Gabriel Ferrater fue detenido y torturado por la policía franquista con motivo de un artículo sobre Rafael Alberti que no había escrito; poco después, a Jaime Gil de Biedma se le negaría la entrada en el partido comunista por su condición de homosexual; a comienzos de los sesenta, Manuel Vázquez Montalbán es expulsado del mismo partido (luego reingresaría y llegaría a ser miembro del Comité Central) por sospechoso de colaboracionismo y posible delator.

Detrás de todos hechos, según la opinión más extendida, se encontraba una misma persona: Manuel Sacristán, antiguo falangista, filósofo, experto en lógica formal, el máximo representante de la ortodoxia comunista en los años más duros de la oposición a Franco, un auténtico comisario político al que no le temblaría la mano a la hora de aplicar métodos estalinistas para purgar a disidentes.

Esos son los “Tres momentos en la historia del PSUC” que Salvador López Arnal estudia en La observación de Goethe. Son tres momentos anecdóticos, no demasiado trascendentales desde el punto de vista histórico, pero que han sido utilizados con frecuencia como munición anticomunista. Incluso Esperanza Aguirre y Gil de Biedma, un tiempo la más conspicua representante de una cierta derecha neoliberal, declaró más de una vez que los comunistas, con sus prejuicios homofóbicos y machistas, hicieron una gran favor a su tío al no permitirle que militara en una organización totalitaria.

¿Qué hay de verdad en esas presuntas verdades comúnmente aceptadas? López Arnal actúa como el minucioso detective de una novela inglesa de misterio: recoge pistas, escucha las declaraciones de unos y de otros, busca las contradicciones, descarta lo imposible. Se esfuerza por lograr la objetividad, pero en ningún momento trata de ocultar su toma de partido: es un especialista en la obra de Manuel Sacristán y un admirador de la persona, con sus luces y sombras, que en buena medida son las de su tiempo.

El primer capítulo, “Gabriel Ferrater y Manuel Sacristán”, es el más apasionante. Se lee como una novela policíaca de no ficción, como una crónica ejemplar en la búsqueda de datos y en la trabazón de los mismos.

En las memorias de Carlos Barral, se habla de dos seductores, Ferrater y Sacristán. que competían con su inteligencia por atraer a los más jóvenes, pronto divididos en “sacristanistas” y “ferraterianos”.

La detención de Ferrrater por la Guardia Civil (a la altura de Guadalajara cuando volvía de Barcelona a Madrid en tren), al principio algo confusa, pronto se atribuyó a un descuido, o a algo peor, de Manuel Sacristán. Éste habría publicado en una revista del exilio el artículo “El humanismo marxista de Rafael Alberti” y se lo habría atribuido a un tal Víctor Ferrater (en realidad el artículo no habría sido todavía publicado, se encontró al detener a otro militante). El hermano del poeta, Joan Ferraté, cuenta que cuando él se enteró de la causa de la detención fue al piso de Sacristán y le propuso “hacer las maletas e irse a París, dejando un papel firmado en el que se hiciera responsable del asunto”. Y luego añadió que, aunque no dejara ese papel, iría igualmente a la policía para declarar quién era el verdadero autor.

Manuel Sacristán no firmó ningún papel. Se presentó de inmediato en comisaría, a pesar de ser ya en aquellos momentos uno de los máximos representantes del comité universitario del PSUC. Allí se entrevistó con el comisario Creix, uno de los más acreditados torturadores de entonces, que gustaba jugar al poli comprensivo, y que aparece en las memorias de Juan Goytisolo dándole consejos: “Me habló del mundo cultural y literario, de lo expuestos que estábamos los escritores con alguna debilidad o defecto –no precisó cuáles– a ser chantajeados, a convertirnos sin darnos cuenta en agentes del enemigo”.

Quizá fue esa la razón, y no el rechazo comunista a los homosexuales, por las que no se aceptó la solicitud de militancia del poeta Jaime Gil de Biedma, quien sin embargo colaboró reiteradamente con el partido y siguió siendo “compañero de viaje”, sin sentirse ofendido por la no admisión formal. La vida exigente y ascética del militante no parecía la más adecuada para un poeta que, en su diario de 1956, escribe: “Muy deprimido. Hace dos días que estampé el automóvil nuevo de mi padre –se estaba mirando en él– contra la furgoneta de una absurda fundación religiosa llamada Misión española en París. Eran las cinco de la madrugada y me llevaba a un desconocido a dormir conmigo”.

No parece cierto, para referirnos al tercer caso, que a Manuel Vázquez Montalbán le expulsaran nunca del PSUC, aunque sí es cierto que durante un tiempo le miraron con recelo: trabajaba en un diario del Movimiento, Solidaridad Nacional, y en un determinado momento le pusieron a llevar la sección de sucesos por lo que debía ir a menudo a informarse a las comisarías.

En varias novelas de Vázquez Montalbán (y especialmente en Asesinato en el comité central) aparece una contrafigura de Manuel Sacristán como el dogmático profesor marxista, al que la realidad no le desmiente una buena teoría. También en los diarios de Gil de Biedma aparece como una persona sin ninguna sensibilidad literaria.

Salvador López Arnal, el mejor conocedor hoy de su vida y su obra, nos lo presenta de otra manera. Pero lo que importa de este libro al lector común no es tanto la reivindicación de Manuel Sacristán, que parece haber perdido la partida de la posteridad frente a sus más mediáticos compañeros generacionales, como el rigor con que se busca la verdad de unos hechos, sin importar a quien beneficien o perjudiquen. Como en los trabajos científicos dignos de tal nombre, como en la mejor y más apasionante investigación policial.

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