viernes, 8 de enero de 2016

Claribel Alegría y los poetas de Twitter


Pasos inciertos
Antología personal (1948-2014)
Claribel Alegría
Prólogo de Benjamín Prado
Visor. Madrid, 2015.

Las redes sociales han vuelto a poner la poesía de moda. Han surgido infinidad de nuevos poetas que se han hecho populares a través de ella y que luego, en algunos casos, han llevado su popularidad al papel, vendiendo de sus libros miles de ejemplares, algo inusitado en el género. Los poetas y los críticos tradicionales –también de la tradición de la vanguardia– ponen el grito en el cielo y afirman que eso no es poesía, sino banalidad y desahogo sentimental.
            Claribel Alegría no es poeta de Twitter ni su nombre es un pseudónimo, aunque lo parezca. Nacida en 1924, lleva publicando poesía desde hace más de medio siglo (su último libro, Voces, apareció cuando ya había cumplido los noventa años) y muchos de sus versos podrian circular por la red como escritos por un Marwan o una Elvira Sastre para satisfacer el romanticismo postmoderno de los nativos digitales: “Todos los que amo / están en ti / y tú / en todo lo que amo”. Pasos inciertos nos ofrece una amplia selección de su obra con prólogo de otro poeta emocionante y preciso, Benjamín Prado.
            La poesía siempre ha gustado de volar fuera del libro. Nació unida a la música, para ser recitada, para quedarse en la memoria. El libro solo es para ella un almacén, un lugar de reposo, una manera de viajar segura, a salvo de olvidos y variantes, en el tiempo y en el espacio.
            Pero pronto, junto a la poesía fundamentalmente oral, surgió otra para leer y releer en voz baja, poesía erudita, llena de alusiones y elusiones, que necesita del comentario crítico para florecer plenamente en el lector. Bertold Brecht por un lado y Paul Celan por otro, para decirlo con dos nombres de la literatura alemana. O el José Ángel Valente de El fulgor y el Ángel González de Prosemas o menos, para ejemplificarlo con poetas españoles.
            Los poemas que viajan en las redes sociales van en busca del lector común, no del especialista en literatura, tratan de los temas de siempre y no le temen al sentimentalismo. Uno de los poemas últimos de Claribel Alegría se titula “Mi gata”: “Cómo envidio a mi gata / que no sufre de insomnio / sobre el sofá se duerme / sobre el piso / si la despierta un ruido / abre apenas los ojos / y los vuelve a cerrar”. Nos imaginamos el éxito inmediato de este poema en youtube con las imágenes de la gata ronroneando.
            Claribel Alegría, nacida en El Salvador, de familia nicaragüense, gusta del lenguaje directo y coloquial, tan aparentemente fácil, tan difícil de conseguir en poesía sin que se contagie de banalidad. Estudió en Estados Unidos y allí tuvo como mentor a Juan Ramón Jiménez, quien la ayudó a preparar su primer libro, Anillo de silencio (1948). Pero la obra de Claribel Alegría no comienza a interesarnos hasta que deja atrás los presupuestos de la poesía pura juanramoniana, de la poesía despojada de anécdota, y se hace confesional y realista. Huésped de mi tiempo se titula uno de sus libros; “Documental”, uno de sus poemas. La realidad latinoamericana está en sus versos con verdad, sin esquematismos. A Roque Dalton, el poeta asesinado por sus propios correligionarios guerrilleros, se le dedican varios textos, entre ellos una de las prosas autobiográficas de Luisa en el país de la realidad. También gusta de recurrir a la ironía, como en al poema “Desilusión”, sobre la inutilidad de la violencia: “Ametrallé turistas / por la liberación / de Palestina. / Masacré católicos / por la independencia de Irlanda. / Envenené aborígenes / en las selvas amazónicas / para abrirle camino / a la urbanización / y a progreso. / Asesiné a Sandino, / a Jesús, / a Martí. / Exterminé Mai-Le / para bien de la democracia. / De nada me ha servido; / a pesar de todos mis esfuerzos / el mundo sigue igual”.
            Claribel Alegría es maestra en el poema breve y también en el de cierta extensión. Algunos de sus mejores poemas forman una especie de libro de familia. “Raíz madre” es quizá el mejor de todos ellos. Pocas veces una relación de amor odio (“Eres la anaconda / que me va a tragar / la anaconda que ondea / sus escamas jaspeadas / con la mirada fija  / sobre mí”, le dice a la madre) está descrita con tanta minuciosa verdad.
            Engaña la apariencia directa de los versos de Claribel Alegría. Hay en ellos geografía e historia, la torturada peripecia del siglo XX, y también una muy personal recreación de la mitología y de la historia de la cultura. Fedra y Prometeo, Dafne y Selene protagonizan algunos de sus poemas. Pero no hay en ellos arqueología ni distanciamiento. Son otra manera de decirse, de decirnos: “Duerme / duerme, Endimión / no quiero despertarte / con mis besos / déjame que te mire / déjame que te narre / mi odisea / tus ojos medio abiertos / se extravían / y yo sé que me escuchas”.
            ¿El medio es el mensaje, como quería McLuhan? ¿Han creado las redes sociales un nuevo tipo de poesía? Parece que no, y Claribel Alegría, como tantos poetas que escribían para ellas antes de que se inventaran, lo demuestra (“Quiero ser todo en el amor / el amante / la amada / el vértigo / la brisa / el agua que refleja / y esa nube blanca  / vaporosa / indecisa / que nos cubre un instante”).  Solo ayudan a que la poesía llegue mejor a los lectores habituales y a que encuentre nuevos lectores en quienes no tenían costumbre de acercarse a ella

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