miércoles, 20 de abril de 2016

Luis Bagué Quílez y la teoría ficción


La menina ante el espejo
Luis Bagué Quílez
Fórcola Ediciones. Madrid, 2016.

¿A qué género literario pertenece La menina ante el espejo, el nuevo libro de Luis Bagué Quílez, uno de los mejores conocedores de la poesía española actual, notable poeta él mismo? La pregunta no es baladí, no se trata de una mera preocupación taxonómica. Cambia nuestra actitud de lectores según el género al que adscribamos el texto, condiciona de algún modo la aceptación o el rechazo.
            Una nota final nos indica que se trata de una “investigación” y que se enmarca en el “programa Ramón y Cajal del Ministerio de Economía y Competitividad”. Como cualquier investigación académica, lleva la correspondiente bibliografía y cada cita, explícita o implícita, está minuciosamente documentada. El objeto de esa investigación serían las relaciones entre “la pintura, la poesía y el cine”.
            Pero en seguida nos damos cuenta de que no se trata de un estudio académico más. Muchos de sus fragmentos podían formar parte del último libro de poemas de Bagué Quílez, Paseo de la identidad, o de un libro de cuentos. El ensayo se entremezcla con la ficción, el rigor erudito con una audacia imaginativa que a veces se aproxima a la elucubración fantasiosa.
            “Visita al Museo 3.0” se subtitula el volumen. Y como las salas de un museo se disponen los distintos capítulos. Hay una “Colección permanente” y una “Instalación temporal”.  El prólogo se denomina “Audioguía” y “A pie de lienzo” las notas finales. Los juegos de ingenio continúan en los entretítulos: “Brochazos”, “Especulaciones”, “Tráiler”.
            Esa vistosa estructura trata de dar unidad a una serie de pequeños ensayos de desigual interés, pero que siempre acreditan la múltiple curiosidad intelectual del libérrimo investigador. El capítulo dedicado a Edward Hopper comienza con una enumeración caótica, “Cosas que hacer en un Hopper”, que a ratos se aproxima a la greguería: “Guardar silencio en los bolsillos de la gabardina”. Continúa con una generalización abusiva (no es la única): “Sus cuadros se exponen con esmerada simetría y desorden proporcional en las antesalas de todos los dentistas del orbe”. Incluye afirmaciones de aparente profundidad a las que parece sostener solo un juego de palabras: “En la respiración artificial del lienzo se ausculta la continuidad entre el lapso cronológico y el lapsus mental”. Encontramos también, como no podía ser de otra manera, someras referencias a algunos de los numerosos poemas inspirados en la pintura de Hopper.
            La investigación de Bagué Quílez tiene que ver con la “écfrasis”, con la poesía que se ocupa de la pintura. Por eso en su libro se mencionan docenas y docenas de poetas, de muy desigual interés –John Ashbery, García Nieto, Ana Gorría–, que se han ocupado del arte en sus versos. Pero no se estudian los poemas, solo se citan parcialmente (se incluye completo, en cambio, uno del propio Bagué Quílez).
            La mezcla de erudición, divagaciones teóricas y humorísticos disparates desconcertará seguramente a algunos de los lectores. Así, el comentario al cuadro de Brueghel “Paisaje con la caída de Ícaro” (que inspira uno de los más conocidos poemas de Auden) termina con una “Receta para escabechar una perdiz”. Esta es la primera de las indicaciones de esa peculiar receta: “Póngase a macerar las hojas de Ovidio que narran la metamorfosis de la ninfa Dafne en laurel”.
            Curiosamente, a pesar de su apariencia posmoderna y vanguardista, a quien más nos recuerdan las mejores de estas páginas es a Azorín, siempre gustoso de entremezclar (como luego haría Borges), al Azorín que en algunos de los capítulos de “Los clásicos redivivos” nos presenta a Jovellanos encargándole a Martinez Sierra el estreno de El delincuente honrado o a Góngora yendo a consultar al doctor Marañón.
            El comentario que dedica a la película Jenny (Portrait of Jennie), de William Dieterle, resulta en este sentido ejemplar, lo mismo que las páginas sobre el abrigo de Pascal o los diálogos a propósito de una obra atribuida a Botticelli o entre “La lechera” y “La joven de la perla” de Vermeer.
            En La menina ante el espejo la investigación y la creación borran sus fronteras, no siempre para bien. Más de un lector se sentirá desconcertado al encontrar en una investigación sobre las relaciones entre poesía, pintura y cine financiada por el Ministerio de Economía y Competitividad afirmaciones como la siguiente: “Un vestido rojo no es apropiado para una primera cita. No es la clase de prenda que ella se pondría para despedir a un amante aburrido ni para olvidar los malos tragos de un marido celoso”.
            El rigor de las referencias textuales no casa demasiado bien con el recurso frecuente a las caprichosas ocurrencias. El lector curioso cierra el libro, sale del museo, y duda entre aplaudir la originalidad del empeño o censurar la llamativa, pero  artificiosa, vacuidad de montaje.

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