sábado, 23 de julio de 2016

Patricia Gonzalo de Jesús, contención y verdad


Raíces aéreas
Patricia Gonzalo de Jesús
La Bella Varsovia. Córdoba, 2016.

Decía Juan Ramón Jiménez, en una de sus ingeniosas maldades características, que la poesía última de Cernuda parecía traducida del inglés. Y luego añadía: “Lo malo es que Cernuda no sabe inglés”.
            Patricia Gonzalo de Jesús no solo sabe inglés, sino checo, eslovaco y ruso, lenguas de las que es traductora profesional, y en su poesía hay una precisión y una sobriedad ajena a la más verbalista tradición española. Publica su primer libro, Raíces aéreas, cuando se acerca ya a los cuarenta años, y no hay en él ni la borrosa espontaneidad de los tanteos iniciales ni el amateurismo del poeta tardío. Con solo este puñado de poemas –que algo nos recuerdan a poetas norteamericanas de obra breve como Adrianne Moore o Elizabeth Bishop– se hace un sitio entre los nombres imprescindibles de su generación.
            Patricia Gonzalo de Jesús, como otras poetas de ahora mismo, escribe desde un punto de vista inequívocamente femenino, ese punto de vista que las poetas de otro tiempo trataban de disimular en sus obras de más empeño porque parecía incompatible con la gran poesía. Pero no es panfletariamente reivindicativa, no lo necesita: dice su verdad, mira el mundo con sus propios ojos, le basta con saber sentir y sabe decir.
            Buena parte de los poemas de Raíces aéreas se escriben sobre la falsilla de otros textos, a veces tan poco convencionalmente poéticos como un prospecto médico (“Reacciones adversas” o un tratado de botánica (“Raíces aéreas”).
            El comienzo de “Reacciones adversas” puede servir de ejemplo: “El silencio, durante generaciones, / ha sido empleado en mi familia / como analgésico / y antiinflamatorio local / para el alivio sintomático / de la tristeza, / la enfermedad, / la muerte y / todo tipo de contusiones / existenciales / que cursan con dolor leve / o moderado”.
            Los subtextos que están en la base de Raíces aéreas a veces han sido más frecuentados por los poetas. Es el caso de la oración (“Plegaria del poeta sin epifanía”, con su estribillo: “san Juan, ruega por nosotros”, “santa Teresa, ruega por nosotros”…), “Génesis”, que recrea los relatos de los nativos americanos sobre la creación del mundo o “De muliere super bestia”, con sus denuestos apocalípticos.
            “Álbum familiar” se titula uno de los poemas. La memoria de la infancia (con lugar destacado –“Vida útil”, “Calendario zaragozano”– para la figura del abuelo) constituyen otro de los ingredientes del libro. Pero no hay en esas evocaciones concesión ninguna a las mitificaciones de la nostalgia.
            La “Tierra firme” que da título al primer poema del libro es la del desconcierto y el desvalimiento: “Porque dudo. / Porque no sé. / Porque me dijeron que no sabía. / Porque de profesión, mis labores”.
            Esas labores tradicionalmente femeninas, las labores domésticas (“de profesión, sus labores” se leía en el carnet de identidad de la mayoría de las mujeres), sirven de falsilla para la imaginería de muchos de los poemas. “Orear el dolor / antes de doblarlo / con esmero / y colocarlo en el montón de la colada / aún por planchar”, se lee en “Economía doméstica”, y en “Espacio practicado”: “De algún modo esta mesa es el alambique en que se condensan / todos mis miedos: / quedar relegada a una cocina, / las plagas, / no saber, / no entender, / no estar a la altura de quienes me han precedido”.
            Para Patricia Gonzalo de Jesús, como para buena parte de la poesía contemporánea, escribir es reescribir, sin que eso suponga en su caso incurrir en el pastiche ni en el mimetismo. “Museo interior” continúa uno de los más conocidos poemas de Wallace Stevens (“Trece maneras de mirar aun mirlo”): “Hay una decimocuarta manera / de mirar / a un mirlo”, comienza.
            “Orígenes de las sombras y direcciones de los puntos de fuga” incluye una serie de citas (algunas valen como poemas exentos) a las que compara con los remiendos en un pantalón o con las anotaciones en un manual de supervivencia: “Nunca lamentes / tu desnudez / si la alternativa es la mortaja / de la normalidad”, dice una cita anónima; Saul Bellow firma otra: “Inesperadas intrusiones de belleza. / Eso es la vida”.
            En el poema “Juliana de Norwich”, la mística que es considerada como la primera escritora de lengua inglesa, se alude a Virginia Wolf y se reproduce una conocida afirmación suya (irónica en el contexto del libro) que ya había incluido Eliot en el último de sus Cuatro cuartetos: “All shall be well, and all shall be well, and all manner of thing shall be well”.
            “Jacob” es la poco convencional elegía (con mucho tiene de autoelegía) a un perro bastardo, “raro, roto y multialérgico”, que nada tenía que hacer “en este mundo de perros / de exposición”.
            A Juan Ramón Jiménez le sonaba la poesía de Cernuda, del Cernuda que se había alejado de su magisterio, a poesía traducida. La poesía de Patricia Gonzalo de Jesús nos suena a poesía esencialmente traducible, a una poesía cuyo efecto depende menos de las sonoridades y efectos de una lengua concreta que de su arquitectura interior.

            

2 comentarios:

  1. Estupendo descubrimiento, y un consuelo para quienes hemos empezado a escribir tarde. Yo tengo 35 años y este año publicaré mis primeros poemas en revistas. ¡Ojalá algún día sea un libro entero!

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  2. EN UN BELLO PAÍS...

    Hay lugares propicios
    al crecimiento de hongos.
    Como los del cuerpo, no se ven
    pero están ahí.
    Hay quien los deja campar a sus anchas,
    pues muchos son inocuos para el cuerpo.
    Otros, más racionales,
    aplican fungicida.

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