sábado, 14 de enero de 2017

Antonio Gamoneda, tribulaciones y mudanzas



La prisión transparente
Antonio Gamoneda
Vaso Roto. Madrid, 2016.

En diciembre de 1976, puso Antonio Gamoneda punto final a su libro Descripción de la mentira, aparecido al año siguiente. Ese extenso poema en versículos --pronto iría abriéndose camino hasta señalar para muchos un antes y un después en la poesía española– constituía una especie de recapitulación personal y generacional cuando llegaba a su fin una dictadura –la del general Franco– que parecía no iba a tener fin. La novedad estaba en el lenguaje, muy lejano de los usos habituales de la poesía social (que el propio Gamoneda había cultivado en Blues castellano, por entonces inédito), muy ajeno también al hermetismo metapoético y esteticista que habían puesto de moda los novísimos: “El óxido se posó en mi lengua con el sabor de la desaparición. / El olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el olvido, / y no acepté otro valor que la imposibilidad”.
            Cuarenta años después, el poeta vuelve de nuevo la mirada atrás y el resultado es La prisión transparente, el largo poema que da título a su nuevo libro, un libro de libros, que también contiene versiones personales de poemas ajenos y unas prosas de fantasiosa erudición al modo de las incluidas en Libro de los venenos.
            Como en Canción errónea, su entrega anterior, el decir se vuelve heridoramente directo, sin el recurso a las habituales metáforas irracionales: “Estoy cansado. / Cansado de mí mismo; de mi enemistad conmigo mismo. / O de vivir, o de no / vivir, no / sé”.
            Ese “no / sé” escrito en dos renglones dará título al segundo conjunto del volumen, una serie de desasosegantes variaciones sobre la vejez y sobre la perplejidad como resumen último de la experiencia vital.
            Al poeta parece que le cuesta levantar el vuelo en estos versos fatigosamente entrecortados. Es consciente de ello y por eso pone en boca de su hija Amelia, sin duda su primera lectora, unas palabras críticas que se convierten en autocríticas al formar parte del poema: “Por qué / esta parodia metalírica. Vas, vienes, preguntas, te extravías. Vuelve al pensamiento impensado. Pronuncia, apenas pronuncia, las palabras inmóviles, su música intransitiva. Retorna, respira, excede los significados. Haz como la luz, como los frutos, que no significan. Vuelve a la imprecisa precisión que se dice a sí misma, solo a sí misma”.
            El pensamiento impensado, la música intransitiva, la imprecisa precisión expresan la poética a la que ha aspirado Gamoneda a partir de Descripción de la mentira y desde la que ha tratado de escribir, o de reescribir, toda su obra. No siempre lo ha conseguido y quizá sea en esos casos –la doliente verdad de una vida asomando en el poema– cuando consigue sus mayores logros, o al menos los que más llegan al corazón de los lectores.
            Más de la mitad del volumen la ocupa la sección “Mudanzas”, poemas ajenos convertidos en propios. El lector, que llega casi sin aliento a esta parte, agradece el nuevo tono. La suave flor azul que tiembla en los acantilados amarillos, el otoño que cobija aún un destello de la extinguida belleza del verano, la armonía del vuelo de los pájaros y los bosques al atardecer en torno a las cabañas silenciosas… La desesperación de Georg Trakl, el poeta expresionista alemán de breve y trágica vida, nunca sonó mejor que en las palabras de Gamoneda que no desdeñan la música de siempre ni los viejos símbolos.
            Los cantos del rey Nezahualcóyotl constituyen otro de los remansos del libro. Miguel Ángel Asturias y Ernesto Cardenal ya se sintieron tentados por la modernidad de la poesía de la América prehispánica, pero el modelo de Antonio Gamoneda es un poeta portugués, Herberto Helder, quien en su libro O bebedor nocturno recrea poemas de los más diversos ámbitos, especialmente de las culturas primitivas en las que el poeta es concebido como un mago que recrea el mundo.
            Algunas de las “Mudanzas” que Gamoneda nos ofrece recrean precisamente las recreaciones de Helder, como un poema de los indios de la América del Norte: “Somos estrellas que cantan; cantamos con nuestra luz. / Somos aves de fuego en los campos interminables”.
            De Stéphane Mallarmé (un poeta muy distante de Gamoneda, aunque teóricamente parezcan estar próximos) se ofrece una versión de “La siesta del fauno”. La nota preliminar nos advierte que ha sido realizada en colaboración con Amelia Gamoneda y que tiene más de traducción en sentido estricto que de apropiación personal. No es la primera colaboración de la profesora y el poeta; en 1996 publicaron una versión del poema “Herodías”.
            Concluye La prisión transparente con una serie de entradas para un diccionario apócrifo (de “Abrótano” a “Víbora”) en las que se recrea información de Plinio, Dioscórides y otros estudiosos de la antigüedad. Son textos que recuerdan a Borges, a Perucho, a Cunqueiro, notables ejercicios de prosa a la manera de Andrés Laguna (un judío-converso por el que Gamoneda siente especial admiración), aunque disuenan quizá en un libro de poemas. Ya sabemos que los géneros literarios son un artificio, pero también que no leemos de la misma manera un texto en prosa si se nos presenta como un artículo periodístico (y entonces nos puede parecer muy poético) o como un poema en prosa (y entonces nos parece muy prosaico).
            Imposible separar en La prisión transparente lo que hay de literatura, de gran literatura trabajosamente hecha pedazos, y de documento humano, constancia del inescrutable fracaso que es finalmente la vida, cualquier vida.      

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